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LA FRASE

"Los españoles pertenecemos a la categoría de colectivos a los que tradicional e históricamente preocupó mucho más la diferencia de clases y la injusticia socialque las libertades individuales.

Se perdona mal a los ricos y empresarios la ostentación y el agravio, mientras que los funcionarios públicos pueden difundir secretos, realizar escuchas, propagar infamias y otras mil maneras pergeñadas para el abuso del poder."

lunes, febrero 26, 2007

Lectura: El cálculo económico en el sistema socialista (por Ludwig Von Mises) (1)

EL CÁLCULO ECONÓMICO Y LA ECONOMÍA CAPITALISTA


1. Contribución a la Crítica del concepto "actividad económica"

La ciencia económica tuvo su origen en la discusión sobre el precio, en dinero, de bienes y servicios. Sus inicios se encuentran en investigaciones sobre el acuñamiento de monedas, que derivaron hacia investigaciones sobre las fluctuaciones de precios. El dinero, los precios en dinero y todo lo concerniente a cálculos en dinero, constituyen los problemas de los cuales surgió la ciencia de la economía. Tales intentos de investigación econ6mica, discernibles ya en tratados sobre administración casera y organización de la producción, especialmente de tipo agrícola, no siguieron desarrollándose en la misma dirección. Pasaron a ser sólo el punto de partida para diversos departamentos de tecnología y de ciencias naturales. No sucedió así por accidente, pues solo a través de la racionalización inherente a los cálculos económicos basados en el empleo del dinero podía la mente humana comprender y seguir la huella de su acción.

Los primeros economistas no se preguntaron qué significaban en realidad "economía" y "actividad económica". Ya tenían suficientes problemas con las grandes tareas que presentaban los temas específicos que los preocupaban. No los inquietaba la metodología. Sólo mucho después empezaron a lidiar con los métodos y objetivos finales de la economía y con su lugar dentro del sistema general de conocimientos.

Fue entonces cuando se encontraron con un obstáculo aparentemente insuperable: el problema de definir el tema mismo de la actividad económica.

Todas las investigaciones teóricas, tanto las de los economistas clásicos como las de los modernos, se inician con el principio económico. Sin embargo, como se vio muy luego, éste no proporciona una base para definir claramente el tema mismo de la economía. El principio económico es un principio general de acción racional y no un principio específico de la acción que constituye el tema de la investigación económica [i]. El principio económico es un principio que dirige toda acción racional, toda acción capaz de llegar a ser el tema base de una ciencia. En cuanto a lo que a problemas económicos tradicionales se refiere, parecía absolutamente ineficaz para separar lo "económico" de lo "no económico"[ii] .

Por otra parte, era igualmente imposible dividir las acciones racionales de acuerdo a los fines inmediatos a los cuales estaban dirigidas y a considerar como tema de la economía sólo aquellas acciones dirigidas a proporcionar a la humanidad artículos de comercio del mundo exterior. La objeción decisiva contra tal procedimiento es que, en último análisis, la provisión de bienes materiales no sólo sirve aquellos fines generalmente denominados "económicos", sino también otros fines.

Tal división de los motivos de acción racional involucra una doble concepción de la acción: por una parte, la acción basada en motivos económicos y, por otra, la acción fundada en motivos no-económicos, concepto que es absolutamente irreconciliable con la necesaria unidad de voluntad y acción. Una teoría de la acción racional debe concebir esa acción como unitaria.

2. Acción racional

La acción basada en la razón, que por lo tanto sólo puede ser comprendida por la razón, sólo tiene un objetivo: el mayor placer del sujeto actuante. Sus intenciones son: lograr el placer y evitar el dolor. Naturalmente, al hablar de placer y dolor no usamos estos términos en el sentido tradicional.

En la terminología del economista moderno, por placer se entiende todo aquello que los hombres encuentran deseable, todo aquello por lo cual luchan y se esfuerzan. No cabe, por lo tanto, ninguna comparación entre la "noble" ética del deber y la baja ética hedonista. El concepto moderno del placer, de la felicidad, de la utilidad y de la satisfacción incluye todos los fines humanos, sean los motivos de la acción morales o inmorales, nobles o innobles, altruistas o egoístas[iii].

En general, los hombres actúan porque no están totalmente satisfechos. Si gozaran siempre de felicidad completa, carecerían de voluntad, de deseos, de acción. En el país de los comedores de lotos no existe la acción. La acción surge de la necesidad, de la insatisfacción. Es una lucha por conseguir algo. Su objetivo final es salir de una condición considerada deficiente, llenar una necesidad, lograr una satisfacción o aumentar la felicidad. Si los hombres contaran con todos los recursos de la naturaleza en abundancia, para lograr la satisfacción completa por medio de la acción, utilizarían esos recursos indiscriminadamente; sólo tendrían que considerar sus propios poderes y el tiempo limitado del cual dispondrían. Porque, comparada con la suma de sus necesidades, sólo tendrían una fuerza y un plazo de vida limitado con el cual contar. Tendrían que economizar siempre tiempo y trabajo, pero permanecerían indiferentes a la economía de materiales. De hecho, los materiales también son limitados, por lo cual deben ser empleados en forma tal que se satisfagan primero las necesidades más urgentes, con el gasto mínimo de materiales para satisfacer cada necesidad.

Por lo tanto, las esferas de acción racional y de acción económica son coincidentes. Toda actividad económica es una acción racional. Toda acción racional es, ante todo, una acción individual. Sólo el individuo piensa. Sólo el individuo razona. Sólo el individuo actúa. Lo que demostraremos más adelante en nuestra exposición es cómo de la acción de los individuos surge la sociedad.

3. Cálculo económico

Hasta donde es racional, toda acción humana aparece como el intercambio de una condición por otra. El hombre invierte bienes económicos, tiempo y trabajo en aquello que en determinadas circunstancias le promete un mayor grado de satisfacción, abandonando la satisfacción de necesidades menores para satisfacer necesidades más urgentes. Esta es la esencia de la actividad económica: la ejecución de actos de intercambio[iv].

Todo hombre que en el curso de la actividad económica elige entre dos necesidades, de las cuales sólo puede satisfacer una, está ejerciendo un juicio de valor[v]. Este juicio se refiere en primer lugar y directamente a las satisfacciones mismas; de ellas pasa a reflejarse sobre los bienes. En general, toda persona en pleno uso de sus sentidos es capaz de evaluar bienes dispuestos para el consumo. En condiciones simples, tampoco le sería muy difícil formarse un juicio respecto al significado relativo de los factores de producción. Sin embargo, cuando las situaciones se complican y se hace más difícil detectar la relación entre las cosas, tendremos que efectuar operaciones más delicadas si pretendemos evaluar esos instrumentos. El hombre individualmente puede decidir fácilmente si aumentará sus cacerías o sus cultivos. Los procesos de producción que tiene que tomar en cuenta son relativamente breves. Los gastos que demandan y el producto que entregan pueden calcularse simplemente en conjunto. Pero decidir si se utilizará una caída de agua para la producción de electricidad, o para expandir una mina de carbón y aprovechar la energía contenida en el carbón, ya es cosa muy distinta. En tal caso los procesos de producción son tan largos y variados, las condiciones requeridas para el éxito de la empresa son tan múltiples, que ya no bastan las ideas vagas. Para averiguar si una empresa es segura, tenemos que efectuar cálculos minuciosamente.

La computación exige unidades. No puede haber unidad de valor-uso subjetivo de las necesidades. La unidad marginal no da unidades de valor. El valor de dos determinadas necesidades no es necesariamente el doble de una, aunque es forzosamente mayor o menor que la de una. Los juicios de valor no constituyen una medida: sólo ordenan y gradúan[vi]. Hasta el individuo aislado, en aquellos casos en que la solución no es evidente a primera vista, no logrará llegar a una decisión basada en computaciones más o menos exactas si sólo cuenta con una evaluación subjetiva. Para apoyar sus cálculos tiene que establecer relaciones de sustitución entre las necesidades. En general, no le será posible reducir todos los elementos de computación a una unidad común, pero podría lograr reducirlos a aquellas necesidades que pueden evaluarse inmediatamente, es decir, a bienes listos para el consumo y a la inutilidad del trabajo, para luego basar su decisión sobre esas evidencias. Hasta eso, obviamente, es imposible, salvo en casos muy sencillos. No podría aplicarse en procesos de producción largos y complicados.

En una economía de intercambio, el valor objetivo de intercambio de los bienes de consumo pasa a ser la unidad de cálculo. Esto encierra tres ventajas. En primer lugar, podemos tomar como base del cálculo la evaluación de todos los individuos que participan en el comercio. La evaluación subjetiva de un individuo no es directamente comparable con la evaluación subjetiva de otros. Sólo llega a serlo como valor de intercambio surgido del juego de las evaluaciones subjetivas de todos aquellos que participan en la compra y venta. En segundo lugar, los cálculos de esta índole proporcionan control sobre el uso apropiado de los medios de producción. Permiten a aquellos que desean calcular el costo de complicados procesos de producción, distinguir inmediatamente si están trabajando tan económicamente como otros. Si a los precios del mercado no logran sacar ganancias del proceso, queda demostrado que los otros son más capaces de sacar provecho de los bienes instrumentales a que nos referimos. Finalmente, los cálculos basados sobre valores de intercambio nos permiten reducir los valores a una unidad común. Desde el momento que las variaciones del mercado establecen relaciones sustitutivas entre los bienes de consumo, se puede elegir para ello cualquier bien de consumo que se desee. En una economía de dinero, el dinero es el bien elegido. Mas, los cálculos de dinero tienen su límite. El dinero no es una medida de valor o de precios. El dinero no "mide" el valor. Tampoco se miden los precios en dinero: son cantidades de dinero. Y aunque aquellos que describen el dinero como "standard de pago diferido" lo crean ingenuamente, un bien de consumo no es un valor estable. La relación entre el dinero y los bienes de consumo no sólo fluctúa en cuanto a los bienes de consumo, sino también en cuanto al dinero. En general, tales fluctuaciones no son muy violentas. No perjudican en forma importante a los cálculos económicos, porque en un estado de continuo cambio de las condiciones económicas, este cálculo sólo abarca períodos relativamente cortos, en los que la "moneda dura", por lo menos, no cambia su valor adquisitivo en forma importante.

Las deficiencias de los cálculos en dinero surgen, generalmente, no porque se hayan hecho en términos de un medio de intercambio general, sino porque se basaron en valores de intercambio más que en valores subjetivos de uso. Por ejemplo, si estamos estudiando las conveniencias de una planta hidroeléctrica, no podremos incluir en los cómputos el perjuicio que ella podría significar en la belleza misma de la caída de agua, salvo que tomáramos en cuenta la baja del valor que produciría la disminución del movimiento turístico en esa región. Sin embargo, tendremos forzosamente que tomarlo en cuenta cuando decidamos si se llevará a cabo la empresa.

Tales consideraciones son frecuentemente juzgadas como "no-económicas". Aceptaremos la terminología, porque la discusión respecto a términos no nos llevaría a ninguna parte. Pero no se puede decir que todas las consideraciones de esa índole sean irracionales. La belleza de un lugar o de un edificio, la salud de toda una raza, el honor de los individuos o de todo un país, aun cuando no tienen relaciones de intercambio (porque no se comercian en el mercado), son otros tantos motivos de acción racional, siempre que la gente las considere significativas como aquellas llamadas normalmente económicas. El que ellas no entren en los cálculos de dinero se debe a la naturaleza misma de tales cálculos. Pero eso no disminuye en absoluto el valor de los cálculos de dinero en los asuntos generales de la economía. Porque todos esos bienes morales son bienes de primer orden. Podemos valorizarlos directamente y luego no encontrar dificultad para tomarlos en cuenta, aunque no caigan dentro de la esfera de los cómputos de dinero. El hecho de que escapen de dichos cómputos no presenta mayores dificultades para tomarlos en cuenta. Si sabemos exactamente cuánto hay que pagar por la belleza, por el honor, por la salud, por el orgullo, etc., nada nos impide tomarlos en cuenta. La gente muy sensible sufrirá al tener que elegir entre lo ideal y lo material, pero no se puede culpar de ello a la economía del dinero. Está dentro de la naturaleza misma de las cosas. Cuando logramos llegar a juicios de valor, sin recurrir a cómputos de dinero, no podemos evitar esa elección. Tanto el individuo como las comunidades socialistas tendrían que hacer lo mismo, y las personas verdaderamente sensibles no lo encontrarían doloroso. Llamados a elegir entre el pan y el honor, sabrán siempre cómo actuar. Si no se puede comer el honor, se puede, por lo menos, dejar de comer por el honor. Sólo aquellos que temen la angustia de la decisión, porque saben en su fuero interno que no pueden prescindir de lo material, considerarán la necesidad de elección como una profanación.

Los cómputos de dinero sólo tienen significado en cuanto a cálculos económicos. Son utilizados para que la distribución de los bienes de consumo se haga de acuerdo al criterio económico. Tales cálculos sólo toman en cuenta las necesidades en la proporción en que, bajo determinadas condiciones, sean intercambiables por dinero. Toda expansión de la esfera de cálculos de dinero induce a error. En la investigación histórica, llevan a error cuando se les utiliza como medida pretérita de valores de bienes de consumo. Inducen a error cuando se utilizan para evaluar el capital o la renta nacional de un país. Igualmente, llevan a error cuando se emplean para calcular el valor de cosas que no son intercambiables, como, por ejemplo, cuando se trata de calcular las pérdidas ocasionadas por la emigración que sigue a una guerra[vii]. Todo eso es diletantismo, aunque sea llevado a cabo por los economistas más competentes. Pero dentro de esos límites —y en la vida práctica no son sobrepasados—, los cálculos de dinero hacen todo aquello que podemos exigirles. Proporcionan un guía dentro de la desconcertante inmensidad de posibilidades económicas. Nos permiten aplicar juicios de valor que se refieren directamente sólo a los bienes de consumo o, cuando mucho, a los bienes de producción más comunes, hasta los bienes más elevados. Sin ellos, toda producción por medio de largos y complicados procesos sería como avanzar en la oscuridad.

Dos cosas son necesarias si van a llevarse a cabo cómputos de valor en términos de dinero. Primero, se intercambiarán no sólo bienes listos para el consumo, sino también bienes de naturaleza más elevada. Si no fuera así, no surgiría un sistema de relaciones de intercambio. Es cierto que si un hombre está "intercambiando" su trabajo por harina para pan dentro de su propia casa, las consideraciones que tiene que tomar en cuenta no son diferentes de aquellas que dirigirían sus actos si se tratara de cambiar pan por ropa en el mercado. Por lo tanto, es perfectamente correcto considerar toda actividad económica, hasta la actividad económica del hombre solo, como intercambio. Pero ningún hombre, aunque fuese un genio, tiene la capacidad intelectual para decidir la importancia relativa de cada uno de un número infinito de bienes de naturaleza más elevada. Ningún individuo podría discriminar tan bien entre el número infinito de métodos alternativos de producción como para aplicar juicios directos acerca de su valor relativo sin cálculos auxiliares. En sociedades basadas en la división del trabajo, la distribución de los derechos de propiedad lleva a una especie de división mental del trabajo, sin la cual sería imposible la economía o la producción sistemática.

En segundo lugar, tiene que haber un medio general de intercambio, de dinero, en uso. Y éste tiene que servir como intermediario en el intercambio de bienes de producción, al igual que del resto: si no fuera así, sería imposible reducir todas las relaciones de intercambio a un denominador común.

Sólo en condiciones muy simples se puede prescindir de cálculos de dinero. En el círculo estrecho del hogar, donde el padre es capaz de supervisarlo todo, puede que éste logre evaluar alteraciones en los métodos de producción sin tener que recurrir a cálculos de dinero, porque en esas circunstancias la producción se lleva a cabo con relativamente poco capital. Se utilizan pocos métodos de producción complicados. En general, la producción se concentra en bienes de consumo o bienes de orden más elevado, que no difieren mucho de los bienes de consumo. La división del trabajo está aún en las primeras etapas. El trabajador saca adelante la producción de un bien de comienzo a fin. Todo esto cambia en una sociedad desarrollada. Es imposible argumentar, de acuerdo a la experiencia de las sociedades primitivas, que en las actuales condiciones modernas podemos desentendernos del dinero.

En las condiciones simples de un hogar es posible vigilar todo el proceso de producción desde su iniciación hasta el final. Es posible juzgar si un determinado proceso entrega más bienes de consumo que otro. Pero en las infinitamente más complicadas condiciones actuales eso ya no es posible. Cierto es que una sociedad socialista vería que 1.000 litros de vino son mejor que 800 litros. Podría decidir si no serían preferibles 1.000 litros de vino a 500 litros de aceite. Esa decisión no exigiría cálculo alguno. La voluntad de un hombre tomaría la decisión. Pero la verdadera administración económica, la adaptación de los medios a los objetivos, sólo empieza cuando esa decisión ya se ha tomado. Esa adaptación sólo es posible mediante el cálculo económico. La mente humana se encontraría perdida en el desconcertante caos de alternativas de materiales y procesos. Al tener que decidir entre diferentes procesos o centros de producción, nos encontraríamos desconcertados[viii].

Suponer que una sociedad socialista podría reemplazar los cálculos en dinero por cálculos en especies, es tan solo una ilusión. Dentro de una comunidad que no practica el intercambio, los cálculos en especies sólo pueden abarcar los bienes de consumo. Fallan por completo cuando se trata de bienes de orden más elevado. Cuando una sociedad abandona la libertad de precios de los bienes de producción, se hace imposible la producción racional. Cada paso que aleja de la posesión privada de los medios de producción y el uso del dinero es un paso más que nos aleja de la actividad económica racional.

Todo esto fue posible porque el socialismo, como sabemos, sólo existe en oasis socialistas, por decirlo así, dentro de lo que para el resto del mundo es un sistema basado en la libertad de intercambio y del uso del dinero. Hasta allí podríamos estar de acuerdo con el otro argumento socialista, empleado sólo para efectos de propaganda: que las empresas nacionalizadas y municipalizadas, dentro de un sistema capitalista en lo demás, no constituyen socialismo. La existencia de un sistema de libertad de precios simultáneo significa tanto apoyo para esas empresas, que no aflora para ellas la particularidad esencial de la actividad económica del socialismo. En las empresas estatales y municipales es posible llevar a cabo mejoras técnicas, porque es posible observar los efectos de mejoras similares en empresas privadas nacionales y extranjeras. En tales asuntos es posible asegurarse acerca de las ventajas de la reorganización, porque están rodeadas de una sociedad que permanece aún basada en la propiedad privada en cuanto a medios de producción y empleo del dinero. Para ellas sigue siendo posible llevar libros y sacar cálculos que estarían absolutamente fuera de lugar en un medio puramente socialista.

La actividad económica es absolutamente imposible sin cálculos. Desde el momento en que los cálculos económicos son imposibles bajo el socialismo, quiere decir que en el socialismo no puede haber actividad económica tal como nosotros la entendemos. La acción racional podría persistir en cosas pequeñas e insignificantes. Pero, en general, no sería posible hablar de producción racional. En ausencia de una racionalidad de criterio, la producción no podría ser conscientemente económica.

Quizás si la tradición acumulada a través de miles de años de libertad económica podría preservar el arte de la administración económica de la desintegración total. Los hombres mantendrían los antiguos procesos, no por ser racionales, sino por estar santificados por la tradición. Sin embargo, las condiciones cambiantes en el intertanto los haría irracionales. Pasarían a ser antieconómicos, como resultado de los cambios impuestos por la decadencia general del pensamiento económico.

Es cierto que la producción ya no sería "anárquica". La autoridad suprema gobernaría el abastecimiento. En vez de la economía de producción "anárquica", pasaría a regir el orden sin sentido racional. Las ruedas girarían, pero sin efecto.

Tratemos de imaginar la posición de una comunidad socialista. Habrá cientos de miles de establecimientos que trabajan continuamente. Una minoría de éstos producirá bienes listos para el consumo. La mayoría producirá bienes de capital y productos semimanufacturados. Todos estos establecimientos estarán estrechamente relacionados entre sí. Cada bien pasará por una serie de establecimientos antes de estar listo para el consumo. Sin embargo, la administración económica no tendrá realmente una dirección en medio de la presión de tantos procesos diferentes. No tendrá manera de asegurarse si tal o cual parte del trabajo es realmente necesaria, o si no se estará gastando demasiado material para completar su fabricación. ¿Cómo podría descubrir cuál de los dos procesos es más satisfactorio? Cuando más, podría comparar la cantidad de productos entregados, pero sólo en contados casos podría comparar los gastos incurridos en su producción. Sabría exactamente, o creería saberlo, qué es lo que está tratando de producir. Por lo tanto, tendría que obtener los resultados deseados con el gasto mínimo. Pero para lograrlo tendría que sacar cálculos, y esos cálculos tendrían que ser cálculos del valor. No podrían ser tan sólo "técnicos", ni podrían ser cálculos sobre el valor-uso de los bienes y servicios. Esto es tan obvio que no necesita pruebas adicionales.

Bajo un sistema basado en la propiedad privada de los medios de producción, la escala de valores es el resultado de las acciones de cada miembro independiente de la sociedad. Todos, hacen un doble papel en ella, primero como consumidores y segundo como productores. Como consumidor, el individuo establece el valor de bienes listos para el consumo. Como productor, orienta los bienes de producción hacia aquellos usos que rendirán más. Es así como los bienes de un orden más elevado también se gradúan en forma apropiada a las condiciones existentes de producción y de la demanda dentro de la sociedad. El juego de estos dos procesos garantiza que el principio económico sea observado tanto en el consumo como en la producción. Y en esta forma surge el sistema exactamente graduado que permite a todos enmarcar su demanda dentro de las líneas económicas.

Bajo el socialismo, todo esto no ocurre. La administración económica puede establecer exactamente qué bienes son más urgentemente necesarios, pero eso es sólo parte del problema. La otra mitad, la evaluación de los medios de producción, no se soluciona. Puede averiguar exactamente el valor de la totalidad de tales instrumentos. Obviamente, ése es igual al valor de las satisfacciones que pueden darse. Si se calcula la pérdida en que se incurriría al retirarlos, también se podría averiguar el valor de instrumentos únicos de producción. Pero no puede asimilarlos a un denominador común de precios, como podría ser bajo un sistema de libertad económica y de precios en dinero.

No es necesario que el socialismo prescinda totalmente del dinero. Es posible concebir arreglos que permitan el empleo del dinero para el intercambio de bienes de consumo. Pero desde el momento en que los diversos factores de producción (incluyendo el trabajo) no pudieran expresarse en dinero, el dinero no jugaría ningún papel en los cálculos económicos[ix].

Supongamos, por ejemplo, que la comunidad de países socialistas estuviera planeando un nuevo ferrocarril. ¿Sería ese nuevo ferrocarril realmente conveniente? Si lo fuera, ¿cuánto terreno debería servir? Bajo el sistema de propiedad privada podríamos decidir esas interrogantes por medio de cálculos en dinero. La nueva red de ferrocarril abarataría el transporte de determinados artículos, y en base a ello podríamos calcular si la diferencia en los cargos de transporte justificaría los gastos de construcción y funcionamiento del ferrocarril. Un cálculo así sólo podría hacerse en dinero. No podríamos hacerlo comparando gastos y ahorros en especies. Es absolutamente imposible reducir a unidades corrientes las cantidades de trabajo especializado y no especializado, el hierro, carbón, materiales de construcción, maquinaria y todas las demás cosas que exige el mantenimiento de un ferrocarril, por lo cual es imposible también reducirlos a unidades de cálculo económico. Sólo podremos trazar planes económicos cuando todo aquello que acabamos de enumerar pueda ser asimilado a dinero. Es cierto que los cálculos de dinero no son completos. Es cierto que presentan grandes deficiencias, pero no contamos con nada mejor para reemplazarlos, y, bajo condiciones monetarias seguras, satisfacen todos los objetivos prácticos. Si los dejamos de lado, el cálculo económico se hace absolutamente imposible.

No queremos decir con esto que la comunidad socialista se encontraría totalmente desorientada. Tomaría decisiones a favor o en contra de la empresa propuesta y dictaría una orden. Pero, en el mejor de los casos, esa decisión se basaría tan sólo en vagas evaluaciones. No podría basarse en cálculos exactos de valor.

Una sociedad estacionaria podría, efectivamente, prescindir de esos cálculos. En tal caso, las operaciones económicas sólo se repetirían. Por lo tanto, si aceptamos que el sistema socialista de producción estaría basado en el último estado del sistema de libertad económica que había superado, y que no habría más cambios en el futuro, podríamos concebir un socialismo racional y económico. Pero sólo en teoría. Un sistema económico estacionario no puede existir. Las cosas cambian constantemente, y el estado estacionario, aunque necesario como apoyo para la especulación, es una suposición teórica que no existe en la realidad. Además, el mantener lazos con el último estado de economía de intercambio sería imposible, ya que la transición hacia el socialismo, con su nivelación de rentas, transformaría necesariamente todo el juego de consumo y producción. Tenemos entonces una comunidad socialista que debe navegar en un océano de todas las permutas económicas posibles e imaginables sin la brújula del cálculo económico.

Por lo tanto, todo cambio económico involucraría operaciones cuyo valor sería imposible predecir con anticipación o de averiguar después. Todo se reduciría a un salto al vacío. El socialismo es la negación de la economía racional.

4. La Economía capitalista

Los términos "Capitalismo" y "Producción Capitalista" son expresiones políticas. Fueron inventadas por los socialistas no para aumentar el conocimiento, sino para ridiculizar, criticar y condenar. Hoy en día, basta pronunciarlos para evocar un cuadro de la inexorable explotación de los asalariados por los implacables ricos. Se les utiliza muy poco, si no es para insinuar algún grave mal en el cuerpo político. Desde un punto de vista científico son tan poco claros y tan ambiguos, que no tienen ningún valor. Los que los usan sólo están de acuerdo en que indican las características del sistema económico moderno, aunque sigue siendo motivo de discusión en qué consisten esas características. Por lo tanto, su empleo es completamente pernicioso, y habría que tomar muy en cuenta la proposición de eliminarlos de la terminología económica y dejárselos a los agitadores profesionales[x].

Sin embargo, si quisiéramos descubrir para ellos una aplicación precisa, deberíamos partir de la idea de cálculos de capital. Dado que sólo nos preocupa el análisis de los fenómenos económicos actuales (excluida la teoría económica en que "capital" se usa frecuentemente en un sentido que responde a fines específicos), debemos antes que nada averiguar qué significado se da al término en el comercio. Así veremos que sólo se emplea para fines de cálculo económico. Sirve para reunir bajo un denominador común las propiedades originales de una empresa, sean ellas de dinero o estuvieren solamente expresadas en dinero[xi]. El objetivo de sus cálculos es permitirnos saber cuánto ha cambiado el valor de esa propiedad en el curso de operaciones comerciales. El concepto de capital es un derivado del cálculo económico. Su verdadero lugar está en la contaduría, el principal instrumento de la racionalidad comercial. El cálculo en términos de dinero es el elemento esencial del concepto de capital[xii].

Si se emplea el término "capitalismo" para designar un sistema económico en que la producción es gobernada por cálculos de capital, adquiere un significado especial para definir la actividad económica. Una vez entendido esto, no es de ninguna manera errado hablar de Capitalismo y de métodos capitalistas de producción; y expresiones como "espíritu capitalista" y "disposición anticapitalista" adquieren una connotación rígidamente circunscrita. "Capitalismo" define mejor la antítesis del socialismo que el término "Individualismo" que se emplea tan frecuentemente. En general, aquellos que se refieren al individualismo como antítesis del socialismo, lo hacen suponiendo tácitamente que .hay una contradicción entre los intereses del individuo y los intereses de la sociedad, y que mientras el Socialismo tiene como fin el bien común, el individualismo tiene como fin los intereses de determinadas personas solamente. Dado que ésta es una de las más graves falacias sociológicas, deberemos evitar cuidadosamente toda expresión que pueda dar cabida a ella.

Según Passow, se emplea correctamente el término "capitalismo" cuando se trata de expresar el desarrollo y extensión de grandes empresas en gran escala[xiii]. Podemos admitirlo, aunque resulta difícil reconciliarlo con el hecho de que la gente generalmente se refiere a "Grosskapital" y "Grosskapitalist" y "Kleinkapitalisten". Pero si consideramos que sólo el cálculo de capital hizo posible el crecimiento de grandes empresas, ello no invalida en absoluto las definiciones que proponemos.

5. Concepto más escueto de lo "Económico"

La costumbre de los economistas de hacer distinciones entre acciones "económicas" o "puramente económicas" y "no-económicas" es tan poco satisfactoria como la vieja distinción entre bienes ideales y bienes materiales. Porque la voluntad y la acción son unitarias. Todos los fines están en conflicto entre sí y es ese mismo conflicto el que los coloca en una escala. La satisfacción de deseos e impulsos puede lograrse por medio de la interacción con el mundo externo, lo mismo que la satisfacción de necesidades más ideales, pero ambas deben ser sometidas a un mismo criterio. En la vida hay que elegir entre lo ideal y lo material. Por lo tanto es esencial someterlos a las mismas alternativas. Al elegir entre pan y honor, fe y fortuna, amor y dinero, estamos sometiendo ambas alternativas al mismo test. En consecuencia, no es legítimo considerar lo "económico" como una esfera específica de la acción humana que puede ser claramente delimitada de otras esferas de acción. La actividad económica es actividad racional. Siendo imposible la satisfacción completa, la esfera de la actividad económica es colimitante con la esfera de la acción racional. Consiste en primer lugar en la evaluación de los fines y luego en la evaluación de los medios que llevan a esos fines. Por lo tanto, toda actividad económica depende de la existencia de fines. Los fines dominan la economía y son lo único que le dan sentido.

Desde el momento en que los principios económicos se aplican a todas las acciones humanas, es necesario ser muy cuidadoso al distinguir dentro de su esfera entre lo "puramente económico" y otras clases de acción. Tal división es indispensable para muchos objetivos científicos. Destaca un solo fin y lo compara con todos los demás. Ese fin (a estas alturas no discutiremos si es definitivo o no) es el logro del mayor producto posible, medido en dinero. Es, por lo tanto, absurdo delimitarlo dentro de una esfera de acción. Es cierto que cada individuo ya tiene tal esfera delimitada, pero eso varía de acuerdo al punto de vista general del individuo en cuestión. Será una cosa para el hombre que aprecia antes que nada el honor, y otra será para aquel que es capaz de vender a su mejor amigo por dinero. No es ni la naturaleza del fin ni la particularidad de los medios lo que justifica la distinción, sino la naturaleza específica de los métodos empleados. Lo único que distingue lo "puramente económico" de otras acciones es que utiliza el cálculo exacto.

La esfera de lo "puramente económico" no es otra cosa que la esfera del cálculo de dinero. El hecho de que dentro de cierto campo nos permita comparar medios con la mayor exactitud, hasta en sus más mínimos detalles, significa tanto para el pensamiento como para la acción que tendemos a investir esa clase de acción de especial importancia. No se destaca el hecho de que tal comparación es sólo una distinción dentro de la técnica de pensamiento y acción y no una distinción del objetivo final de la acción, que es unitario. El fracaso de todos los intentos por mostrar lo "económico" como un capítulo especial de lo racional, y luego destacar dentro de él otro capítulo como "puramente económico", no es culpa del método empleado. No cabe duda de que se ha desplegado gran sutileza de análisis en este problema, y el hecho de que no se haya resuelto indica claramente que la pregunta no tiene contestación satisfactoria. Evidentemente la esfera de lo "económico" es la misma que la esfera de lo racional; y la esfera de lo "puramente económico" no es otra cosa que la esfera en la cual es posible el cálculo de dinero. En última instancia, el individuo puede reconocer un solo fin: el logro de la mayor satisfacción. Esta expresión incluye la satisfacción de todos los deseos y necesidades humanas, sean ellas "materiales" o "inmateriales" (morales). En lugar de la expresión "satisfacción" podríamos quizás emplear la palabra "felicidad", si no temiéramos los malentendidos que originaron las controversias sobre Hedonismo y Eudemonismo.

La satisfacción es subjetiva. La filosofía social moderna ha puesto tanto énfasis en esto frente a anteriores teorías, que hay tendencia a olvidar que la estructura filosófica del género humano y la unidad de puntos de vista y de emoción que surgen de la tradición crean una extensa similitud de opiniones respecto a las necesidades y a los medios de satisfacerlas. Y es esa similitud de opiniones lo que hace posible la sociedad. Por el hecho de tener metas comunes, los hombres pueden vivir en comunidad. Frente a esta situación de que la mayoría de los fines (los más importantes) son comunes a la gran masa humana, el hecho de que existan fines que sólo interesan a unos pocos, reviste escasa importancia.

La división habitual entre motivos económicos y no-económicos queda, por lo tanto, invalidada por el hecho que, por una parte, el objetivo de la actividad económica queda fuera del ámbito económico, y por otra, que toda actividad racional es económica. Sin embargo, hay buenas razones para separar las actividades "puramente económicas" (actividades que pueden evaluarse en dinero) de otras formas de actividad. Porque, como ya lo hemos visto, fuera de la esfera de cálculos de dinero sólo quedan fines intermedios, que se pueden evaluar inmediatamente, y una vez que esta esfera se abandona, hay que recurrir a juicios de esa índole. Es la aceptación de esta necesidad la que nos proporciona ocasión de hacer la distinción que hemos expuesto.

Si, por ejemplo, un país desea ir a la guerra, es ilegítimo considerar irracional ese deseo porque el motivo de guerra yace más allá de los motivos normalmente considerados "económicos", como podría ser el caso en las guerras de religión. Si la nación decide ir a la guerra, con el total conocimiento de todos los hechos, porque considera que el objetivo final es más importante que el sacrificio que involucra, y porque cree que la guerra es el mejor medio de conseguirlo, la guerra no puede ser considerada irracional. No es necesario en este punto decidir si las suposiciones son ciertas o si alguna vez podrían ser ciertas. Es precisamente esto lo que se examina cuando se trata de elegir entre la guerra y la paz. Y es precisamente para aclarar tal examen que hemos introducido la distinción que estamos discutiendo.

Baste recordar cuán frecuentemente se recomiendan guerras o tarifas como "buen negocio", desde el punto de vista "económico", para darse cuenta hasta qué punto esto se olvida. ¡Cuánto más claras habrían sido las discusiones políticas del siglo pasado si se hubiera tenido presente la distinción entre lo "puramente económico" y lo "no-económico" en los campos de acción!

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[i] Le correspondió a la escuela empírico-realista, con toda su horrible confusión de todos los conceptos, explicar el principio económico como específico de la producción bajo la economía de dinero. Lexis, Allgcrneine Volkswirtschaftslehre (Berlín y Leipzig, 1910), p. 15.
[ii] Amonn, Objekt und Grundbegriffe der the oretischen Nationalökonoinie (Viena y Leipzig, 1927), p. 185.
[iii] Mili, Daz Nützlichkeitsprinzip, trans. Wahrmund, Gesammelte Werke, Edición alemana Th. Gomperz (Leipzig, 1869), Vol. 1, pp. 125-200. Nota del editor: Una traducción alemana de Utilitarismo.
[iv] Schumpeter, Das Wesen und der Hauptinhalt der theoretischen Nationalökonamie (Leipzig, 1908), pp. 50, 80.
[v] Los siguientes comentarios reproducen parte de mi ensayo Die Wirtschaftsrechnung in sozialistischen Gemeinwesen (Archiv für Socialwissenschaft, Vol. XLVII. pp. 86-121). Nota del editor: El ensayo de Mises fue traducido al inglés por S. Adler e incluido en el Collectivist Econorme Planning: Critical Studies on the Possibilities of Socialism, por N.G. Pierson, Ludwig von Mises, Georg Halm y Enrico Barone; editado con una introducción y un ensayo final por F.A. Hayek. Londres Routledge & Kegan Paul Ltd., 1935. 293 pp. Bibl. ensayo de Mises titulado "Cálculo Económico en la Comunidad Socialista", en inglés, aparece en pp. 87-130.
[vi] Cuhel, Zur Lehre von den Bedürfnissen (Innsbruck, 1907), p. 198.
[vii] Wieser, Über den Ursprung und die Hauptgesetze des wirtschaftlichen Wertes, Viena, 1884, pp. 185 y siguientes.
[viii] Gotti-Otthlienfeld, "Wirtschaft und Technik", Grundriss der Sozialökonomik, II (Tübingen, 1914), p. 216.
[ix] Neurath también aceptó esto. (Durch die Kriegwirtschaft zur Naturalwirtschaft [Munich, 1919], pp. 216 y siguientes). Asegura que toda la economía administrativa completa (economía planificada) es finalmente una economía natural (sistema de trueque). "Socializar significa, por lo tanto, adelantar la economía natural". Sin embargo, Neurath no reconoció las insuperables dificultades que el cálculo económico enfrentaría en la comunidad socialista.
[x] Passow, Kapitalismus, cine begrifflich-terminologische Studie (Jena, 1918), pp. 1 y siguientes. En la segunda edición, publicada en 1927, Passow expresó la opinión (p. 15, nota 2), en vista de la más reciente literatura, que el término "Capitalismo" podría perder gradualmente el color moral.
[xi] Carl Menger, "Zur Theorie des Kapitals" (Jahibüchern für Nationalökonomieund Statistik), Vol. XVII, p. 41.
[xii] Passow, op. cit. (2ª edición), pp. 49 y siguientes.
[xiii] 13 Passow, op. cit. (2ª edición), pp. 132 y siguientes.


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