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LA FRASE

"Los españoles pertenecemos a la categoría de colectivos a los que tradicional e históricamente preocupó mucho más la diferencia de clases y la injusticia socialque las libertades individuales.

Se perdona mal a los ricos y empresarios la ostentación y el agravio, mientras que los funcionarios públicos pueden difundir secretos, realizar escuchas, propagar infamias y otras mil maneras pergeñadas para el abuso del poder."

UN TOQUE LIBERAL

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domingo, agosto 31, 2008

Lectura: "La Mujer en la Muralla" (una aproximación literaria a la cultura, la política y la filosofía chinas)

Bloque entrecomillado(…) Luego que tomo un poco de confianza, Ton Ton confeso sus dudas a Lai Chú:

- Hace largos años que intento interpretar, tanto el Tao Teh King como las enseñanzas de mi maestro Pu Yi. Cada vez sé menos.

- Quizá porque estás cada vez más cerca.

- Tal vez, pero por momentos se me ocurre que cuando siento que estoy cada vez más lejos, simplemente sucede que cada vez estoy más lejos.

- Debes estar muy cerca, sin embargo.

El discípulo puyista pareció no haberlo escuchado y expreso una duda que, con seguridad, lo agobiaba desde hacía mucho:

- ¿Porque cómo podría yo vivir de acuerdo al Tao si fuese comerciante minorista, por ejemplo? Decir que eso no tiene importancia pues yo no soy comerciante minorista es hacer trampas.

- Por favor, explícame tu duda –pidió Lai.

- Bien. Conocí a un hombre dueño de un hermoso jardín. Sé que ama a los pájaros pues siempre les arroja alimentos y ellos, sin temerle para nada, descienden en bandadas de los árboles no bien le ven aparecer. Este hombre tiene, pues, la pajarera mas rica, grande y surtida que la que tenia el difunto emperador Nan. La jaula no se oxida ni necesita limpieza y es tan intensa como el propio mundo. Nadie es prisionero y los pájaros entran y salen como se les antoja. Hasta puso bebederos y bañaderas para que los disfruten por completo los días de calor. Ese hombre tiene una relación taoísta con las aves. A esa parte de la doctrina la entiendo. Lao Tsé dice que cuando uno exhibe oro y jade en su propiedad, a la vista de los codiciosos, las riquezas no están seguras. El hombre sabio viste andrajos pero lleva jade oculto tras esa ruin apariencia. Si afilas mucho una espada el filo durara poco, el que se muestra a si mismo no es luminoso, etcétera, etcétera. Todo eso ya lo sé. El maestro prueba la sabiduría de similar imbecilidad, la riqueza de aparentar pobreza, la infinita magistratura de pasar por iletrado. Si yo quisiera y usted tuviese paciencia podría hablarle toda la tarde y la noche y la mañana de mañana, de taoísmo, sin parar, y usted estaría encantado de cuan buen discípulo soy y que bien aprendí la lección. Puedo también hablarle de mi maestro Pu Yi y su doctrina de la limpieza sucia de las Puertas del Cielo donde jamás entrara ninguna manija así venga lanzada por el hechizo de un brujo diablo extranjero. Podrá o no compartir usted la sabiduría de Pu Tsé. Pero ciertamente estoy capacitado para hablar de ella. Ahora bien, según me cuentan, en la región de Yunnan hay un pájaro grande y muy malo, de pico ganchudo y de vivos colores, que si usted lo caza y lo domestica puede aprender algunas palabras en nuestro idioma. “¡Oh, que pájaro inteligente!”, dirá usted, “¡Habla chino!” pero no habla chino. Repite los sonidos sin entender. Si se lo somete a un interrogatorio enseguida se da cuenta. Por ejemplo, Si le enseño a decir “buenos días” y lo saluda en la forma debida, él contesta “buenos días” (aunque sea tarde o noche cerrada). Si le pregunta su nombre, él contesta “buenos días”, y si le dice “honorable pájaro, usted es un imbécil”, él también contesta “buenos días”. Ahí usted entonces comprende que él no sabe chino. Yo soy como ese pájaro de Yunnan. Puedo repetir las cinco mil palabras del Tao de memoria, creo que incluso al revés. Si todas las copias del
Tao Teh King se perdiesen, yo podría reproducir los caracteres en su orden y sin falla. Lo mismo respecto de las enseñanzas de Pu Yi Tsé. Sin embargo no lo entiendo. Soy como el abominable parajazo de Yunnan. Si fuese comerciante minorista no sabría que hacer. El comerciante al por menor no puede practicar el ocultamiento de Lao Tsé pues si no exhibe su mercancía no vende. Para no excitar a los ladrones debería tener su comercio vacío y los artículos en trastienda. Si usted pide algo él lo saca y se lo vende. Pero ése es mal método y el comerciante que hiciese esto seria aventajado muy rápido por otros vendedores y moriría de hambre con su mujer y sus hijos. ¿Y por qué? ¿Nunca vio a los hombres trabajar en sus oficios? Yo sé todos los pasaos para cortar la carne y no soy carnicero. También sé fabricar un carro, aunque jamás hice uno, pues cuando era chico era amigo de un hombre que los hacia y le vi la confección de las ruedas (que es lo mas difícil) las lanzas y el cuerpo general. Dónde hay que dejarlo más sólido para que dure. Como hacer para que los ejes guarden centro. Quizá imagine usted que el secreto de la rueda esta en lo rayos, o tal vez en los arcos, pero no es así: el secreto de la rueda esta en su eje. Si éste se encuentra bien centrado: larga vida para la rueda y el carro. De la misma forma me fijo en los comerciantes. No todos los clientes llevan listas de cosas para comprar, porque pocos saben escribir, y deciden o se acuerdan al ver los artículos. Pero aunque usted tuviera memoria prodigiosa, o fuese letrado, y aun suponiendo que no enviara a un sirviente, puede que no recordara algo y al verlo dijese: “¡Oh, cierto, deme vino!”. O trigo, o arroz. De modo que el comerciante minorista, si no quiere arruinarse, debe tener todo a la vista ¿Quiere decirme usted maestro, por favor, como puedo obrar de acuerdo al Tao siendo comerciante minorista?

Lai Chú demoró un largo rato en contestar, tanto que el discípulo puyista creyó haberlo ofendido. Con un gesto lo invito a seguirlo a su casa. (…) Previa reverencia del recién llegado al sudeste pararon al recibo. Las casas japonesas han tomado bastante de las chinas sólo que aquellas son más austeras. (…)

- Tu pregunta no es fácil de contestar. El universo entero esta construido con mentiras. Con mentiras sabias. Todo es escaso y generoso. Siempre falta algo en algún sitio y los alrededores suponen que está, y porque los alrededores suponen que esta es por lo que el todo funciona. El decreto del Tao consiste en ser confucionista cuando hace falta. Los maestros tienen la obligación de pelearse entre sí. Los discípulos de armonizar, ser disciplinados, tolerantes y humildes. Habrás notado que en las escuelas de hoy sucede exactamente al revés: los discípulos se pelean entre ellos y con los de otras escuelas, y entonces a los maestros no les queda otro camino que armonizar. Otro secreto es que el discípulo debe armonizar pero no demasiado. Cuando el discípulo aprende a conciliar pero no demasiado y se pelea con otros discípulos que también ponen en consonancia pero no excesivamente, es que todos ellos se transforman en maestros.

El puyista sintió que le maestro Lai era tan incomprensible como cualquier maestro, cosa que le daba gran tranquilidad, pero que después de todo, no era tan incomprensible, lo cual también le daba una gran tranquilidad. Como lo veía abierto pero lleno de dudas, Lai Chú sonrió con simpatía y agregó:

- Si eres comerciante al por menor, discípulo de Pu Yi Tsé o cualquier otra cosa, deberás solucionar el enigma como cualquier chino del País Central. Aprende de la astucia del hombre común y sé taoísta en lo que puedas y confuciano en el resto.

- ¿Pero eso es hacer trampas?

- No.

Al rato y luego de comer unas pocas legumbres picantes, cuatro cubitos de lechón y un picotazo de radicha en salmuera, Lai prosiguió:

- O si, pero trampas legales, compatible con la vida. El discípulo no debe permitir que el maestro lo destruya. Y a este concepto no tienes que entenderlo como que te estoy invitando a la rebelión. Se trata de otra cosa. Hay que tomar lo mejor de los sabios y, luego de un detenido estudio, aislar o rechazar el resto.

- Lo de rechazar lo comprendo, pero ¿qué significa “aislar”, en este caso?

- Mantener en guardia ciertos conceptos de los maestros, cuando uno todavía no los comprende. Sin abrir juicio ni actuar, hasta que, con el paso de los años, logremos entenderlos mejor. (…) Pero te repito este concepto único: mal taoísta será quien no sea confuciano. Quien siendo confuciano no siga ni respete a Lao Tsé, no respeta ni sigue a Confucio ¿No dice acaso el maestro Lao “a los buenos los llamo buenos, a los malos también lo llamo malos”? Y ya que sabes fabricar carros, te recuerdo que el carro pisa. No té pongas bajo las ruedas. Sé tolerante y humaniza las doctrinas que están rígidas en el papel y endurecidas en los ritos y en las bocas de los dignatarios.

El puyista sintió, por primera vez años, que sus espaldas descansaban. Dijo son juzgar:

- Es una idea notable, aparentemente acomodaticia aunque sé que no es así: ser taoístas cuando nos convenga y, cuando no, confucianos.

- O realistas. Como todo chino.
(…)"


Nota del autor del blog: fragmento editado del Capítulo 8 de La mujer en la Muralla (1990), de Alberto Laiseca. La obra narra, en forma novelada, y a través de las experiencias de varios personajes, reales y fictícios, el gobierno del Emperador Ch'in Hsih Hwang Ti, unificador y pacificador de China y constructor de la Gran Muralla. La reproducción se realiza sin ánimo de lucro y con único afán divulgativo.

sábado, abril 05, 2008

40º Aniversario de Martin Luther King

Me entero vía blog de la ASOCIACIÓN UDE de que se conmemora el 40 aniversario del fallecimiento (asesinato) de Martin Luther King, el campeón en la lucha por los derechos civiles de la población negra en los EEUU. Su discurso “Tengo un sueño”, pronunciado ante los participantes en la Marcha sobre Washintong del 28 de Agosto de 1963 en la que se reclamaron los mismos derechos y obligaciones, la “igualdad ante la ley”, para los negros estadounidenses ha pasado a la historia como uno de los speechs fundamentales. Así lo recogió EL MUNDO en su reciente colección sobre Las Voces de la Democracia. En UDE lo han comparado, no sin razón, con el discurso libertario del candidato a la presidencia estadounidense Ron Paul.

Sin embargo el texto de MLK que mas me ha influido y al que tengo un especial aprecio, por la cantidad de detalles y aportaciones a la teoría social y política que pueden encontrarse en él, es su imprescindible "Carta desde la Cárcel de Birmingham" y que escribió mientras se encontraba recluido en este presidio por participar en manifestaciones por la causa. Prometo que próximamente publicaré un pequeño ensayo comentado los que creo son los aspectos mas importantes de esta carta. Pero ahora, les dejo con MLK en bruto, como una de mis Lecturas seleccionadas. Que la disfruten.


Blockquote16 de abril de 1963.


Mis queridos sacerdotes y compañeros:

Mientras me hallo recluido aquí, en la cárcel de la ciudad de Birmingham, me llegó vuestra reciente declaración calificando mis actividades presentes de “poco hábiles e inoportunas”. Son pocas las veces en que me detengo a contestar a las críticas formuladas contra mi trabajo e ideas. Si tratase de contestar a todas las críticas que pasan por mi mesa de trabajo, mis secretarios tendrían poco tiempo disponible para cualquier otra cosa en el curso del día, y a mí no me quedaría ni un instante para realizar una tarea constructiva.

Pero, como creo que sois hombres de intenciones fundamentalmente buenas, y que vuestras críticas han sido formuladas sinceramente, quiero intentar responder a vuestra declaración con unas pocas palabras que espero sean pacientes y razonables. Creo que debiera indicaros por qué estoy aquí, en Birmingham, puesto que parecéis influidos por la opinión que anatematiza a los “forasteros que se inmiscuyen en los asuntos ajenos”. Tengo el honor de ser presidente de la Southern Christian Leadership Conference, una organización que actúa en todos los estados del Sur, con su cuartel general en Atlanta (Georgia). Tenemos en todo el Sur unas 85 organizaciones afiliadas, y una de ellas es el Alabama Christian Movement for Human Rights. Compartimos a menudo nuestra dirección y nuestros recursos tanto educativos como financieros con nuestras filiales. Hace varios meses, la filial de aquí, de Birmingham, nos pidió que estuviésemos dispuestos a emprender un programa de acción directa no violenta si ello resultaba necesario. Consentimos enseguida y, cuando llegó la hora, cumplimos nuestra promesa. Por eso, yo, y conmigo varios de mis colaboradores de la dirección, estamos aquí, por habérsenos invitado a que viniésemos. Estoy aquí porque aquí tengo vínculos de organización.

Pero, lo que es más importante: estoy en Birmingham porque también está aquí la injusticia. Así como los profetas del siglo VIII antes de Cristo abandonaban sus pueblos y difundían su mensaje divino muy lejos de los límites de las ciudades originarias; así como el apóstol Pablo dejó su pueblo de Tarso y difundió el Evangelio de Cristo hasta los lugares más remotos del mundo grecorromano, así me veo yo también obligado a difundir el Evangelio de la Libertad allende los muros de mi ciudad de origen. Lo mismo que Pablo, tengo que responder sin dilación a la petición de ayuda de los macedonios. Y, lo que es más, soy consciente de la interrelación existente entre todas las comunidades y los estados. No puedo permanecer con los brazos cruzados en Atlanta sin sentirme afectado por lo que en Birmingham acontece. La injusticia, en cualquier parte que se cometa, constituye una amenaza para la justicia en todas partes. Nos encontramos cogidos dentro de las ineludibles redes de la reciprocidad, uncidos al mismo carro del destino. Cualquier cosa que afecte a uno de nosotros directamente, nos afecta a todos indirectamente. Nunca más podremos permitirnos el lujo de aferramos a la idea estrecha, provinciana de “agitador forastero”. Quienquiera que vive dentro de las fronteras de los Estados Unidos tiene derecho a que no se le vuelva a considerar nunca más forastero en el territorio de la nación.

Deploráis las manifestaciones que ahora tienen lugar en Birmingham. Pero vuestra declaración, siento decirlo, hace caso omiso de las condiciones que dieron lugar a estas manifestaciones. Estoy seguro de que ninguno de vosotros quiere limitarse a esa clase de análisis social superficial que no se ocupa más que de los efectos, sin detenerse a aprehender las causas subyacentes. Es una pena que las manifestaciones tengan lugar en Birmingham, pero es todavía más lamentable que la estructura del poder blanco de la ciudad no dejase a la comunidad negra otra salida que ésta.

Toda campaña no violenta tiene cuatro fases básicas: primero la reunión de los datos necesarios para determinar si existen las injusticias; luego la negociación; después la autopurificación; y, por último, la acción directa. Hemos pasado en Birmingham por todas estas fases. No cabe discutir el hecho de que la injusticia racial embarga a esta comunidad. Birmingham es probablemente la ciudad más drásticamente segregada de toda Norteamérica. Su horrenda lista de violaciones es conocida de todos. Los negros han sufrido de modo flagrante un trato injusto por parte de los tribunales; ha habido más destrucciones de domicilios e iglesias negros a consecuencia de bombas y que han quedado sin resolver en Birmingham que en cualquier otra ciudad de la nación. Éstos son los hechos, duros, palmarios, determinantes de la situación. Con estas condiciones por base, los líderes negros trataron de negociar con los prohombres de la ciudad. Pero éstos se negaron una y otra vez a entablar negociaciones de buena fe.

Entonces, en septiembre último se presentó la oportunidad de hablar con los representantes de la comunidad económica de Birmingham. Durante las negociaciones, los comerciantes formularon ciertas promesas, entre ellas la de suprimir los humillantes símbolos raciales de los almacenes.

Apoyándose en estas promesas, el reverendo Fred Shuttlesworth y los líderes del Alabama Christian Movement for Human Rights concedieron una tregua en todas las manifestaciones. Pasaron las semanas y los meses, y comprobamos que éramos víctimas de un perjurio. Unos cuantos emblemas, tras haber sido suprimidos por un tiempo, volvieron a surgir; el resto permanecieron donde estaban.

Como en tantos otros casos, se habían defraudado nuestras esperanzas y se apoderó de nosotros la sensación de un profundo desaliento. No teníamos más salida que la de apercibirnos para la acción directa, en la que presentaríamos nuestros propios cuerpos como instrumentos de exposición de nuestro caso ante la conciencia de la comunidad local y nacional. A sabiendas de las dificultades existentes, decidimos emprender un proceso de autopurificación. Dimos comienzo a la creación de toda una serie de seminarios para aleccionar sobre la no violencia, y nos preguntamos reiteradas veces: ¿sabrás aceptar los golpes sin devolverlos? ¿Sabrás prevalecer en la prueba del encarcelamiento? Decidimos lanzar nuestro programa de acción directa en la temporada de Semana Santa, porque sabíamos que, excepto la Navidad, éste era el periodo principal de compras durante el año. Conscientes de que un programa enérgico de boicot económico sería la consecuencia de la acción directa, pensamos que éste sería el mejor momento para poner en marcha la presión que pensábamos ejercer sobre los comerciantes para provocar el cambio necesario.

Entonces caímos en la cuenta de que los comicios para la elección de alcalde en Birmingham estaban señalados para el mes de marzo, y decidimos rápidamente posponer la acción hasta el día siguiente al de las elecciones. Cuando descubrimos que el responsable del orden público, Eugene “Bull” Connor, había reunido votos bastantes para presentarse al desempate, nuevamente decidimos posponer la acción hasta el día siguiente al de los comicios finales para que no se utilizaran las manifestaciones con el fin de velar los problemas reales que se debatían. Como muchos otros, esperábamos asistir a la derrota del señor Connor, y para ello nos avinimos a retrasar una y otra vez la fecha de nuestra acción. Después de haber prestado nuestro auxilio a la comunidad en esta necesidad, creímos que ya no se podía demorar más nuestro programa de la acción directa.

Preguntaréis: “¿Por qué acción directa?” “¿Por qué sit-ins, marchas y demás?” “¿Acaso no es el de la negociación el camino mejor?” Tenéis razón para abogar por la negociación. De hecho, esto es lo que realmente se propone la acción directa. La acción directa no violenta trata de crear una crisis tal, y de originar tal tensión, que una comunidad que se ha negado constantemente a negociar se ve obligada a hacer frente a este problema. Trata de dramatizar tanto la cuestión, que ya no puede ser desconocida bajo ningún concepto. Podrá parecer raro que yo cite la creación de un estado de tensión como parte del trabajo que incumbe al resistente no violento. Pero tengo que confesar que no me asusta la palabra “tensión”. No he dejado nunca de oponerme a la tensión violenta, pero existe una clase de tensión no violenta constructiva, necesaria para el crecimiento. Así como Sócrates creía que era necesario crear una tensión en la mente para que los individuos superasen su dependencia respecto de los mitos y de las semiverdades hasta ingresar en el recinto libre del análisis creador y de la evaluación objetiva, así también, hemos de comprender la necesidad de “tábanos” no violentos creadores de una tensión social que sirva de acicate para que los hombres superen las oscuras profundidades del prejuicio y del racismo, elevándose hasta las alturas mayestáticas de la comprensión y de la fraternidad.

La meta de nuestro programa de acción directa radica en crear una situación tan pletórica de crisis que desemboque inevitablemente en la salida negociadora. Me uno, pues, a ustedes en su apología de la negociación. Nuestro querido Sur ha permanecido demasiado tiempo encerrado en un trágico esfuerzo de vivir monologando en vez de dialogar.

Uno de los puntos básicos de su declaración es que la acción que yo y mis colaboradores hemos emprendido en Birmingham es inoportuna. Han preguntado algunos: “¿Por qué no habéis dado a la nueva administración urbana tiempo para obrar?” La única contestación que se me ocurre para esta pregunta es que la nueva administración de Birmingham tiene que ser tan zarandeada como la anterior, si se quiere que obre. Estamos profundamente equivocados si creemos que la elección de Albert Boutwell para el cargo de alcalde convertirá los sueños en realidad en Birmingham. Pese a ser el señor Boutwell persona mucho más pacífica que el señor Connor, ambos son segregacionistas, empeñados en el mantenimiento del status quo. Espero que el señor Boutwell será lo bastante razonable como para percatarse de la insignificancia de una resistencia denodada a la integración. Pero no lo verá sin la presión de los partidarios incondicionales de los defensores de los derechos civiles. Amigos míos, tengo que decirles que no nos hemos apuntado ni un solo tanto en materia de derechos civiles sin una empecinada presión legal y no violenta. Desgraciadamente, es un hecho histórico incontrovertible que los grupos privilegiados prescinden muy rara vez espontáneamente de sus privilegios. Los individuos podrán ver la luz de la moral y abandonar voluntariamente una postura injusta; pero, como nos recordara Reinhold Niebuhr, los grupos tienden a comportarse más inmoralmente que los individuos.

Sabemos por una dolorosa experiencia que la libertad nunca la concede voluntariamente el opresor. Tiene que ser exigida por el oprimido. A decir verdad, todavía estoy por empezar una campaña de acción directa que sea “oportuna” ante los ojos de los que no han padecido considerablemente la enfermedad de la segregación. Hace años que estoy oyendo esa palabra “¡Espera!”. Suena en el oído de cada negro con penetrante familiaridad. Este “espera” ha significado casi siempre “nunca”. Tenemos que convenir con uno de nuestros juristas más eminentes en que “una justicia demorada durante demasiado tiempo equivale a una justicia denegada”.

Hemos aguardado más de trescientos cuarenta años para usar nuestros derechos constitucionales y otorgados por Dios. Las naciones de Asia y de África se dirigen a velocidad supersónica a la conquista de su independencia política; pero nosotros estamos todavía arrastrándonos por un camino de herradura que nos llevará a la conquista de un tazón de café en el mostrador de los almacenes. Es posible que resulte fácil decir “espera” para quienes nunca sintieron en sus carnes los acerados dardos de la segregación. Pero cuando se ha visto cómo muchedumbres enfurecidas linchaban a su antojo a madres y padres, y ahogaban a hermanas y hermanos por puro capricho; cuando se ha visto cómo policías rebosantes de odio insultaban a los nuestros, cómo maltrataban e incluso mataban a nuestros hermanos y hermanas negros; cuando se ve a la gran mayoría de nuestros veinte millones de hermanos negros asfixiarse en la mazmorra sin aire de la pobreza, en medio de una sociedad opulenta; cuando, de pronto, se queda uno con la lengua torcida, cuando balbucea al tratar de explicar a su hija de seis años por qué no puede ir al parque público de atracciones recién anunciado en la televisión, y ver cómo se le saltan las lágrimas cuando se le dice que el “País de las Maravillas” está vedado a los niños de color, y cuando observa cómo los ominosos nubarrones de la inferioridad empiezan a enturbiar su pequeño cielo mental, y cómo empieza a deformar su personalidad dando cauce a un inconsciente resentimiento hacia los blancos; cuando se tiene que amañar una contestación para el hijo de cinco años que pregunta: “Papá ¿por qué tratan los blancos a la gente de color tan mal?”; cuando se sale a dar una vuelta por el campo en coche y se ve uno obligado a dormir noche tras noche en algún rincón incómodo del propio automóvil porque no están abiertas las puertas de ningún hotel para uno; cuando se le humilla a diario con los símbolos punzantes de “blanco” y “colored”; cuando el nombre de uno pasa a ser “negrazo” y el segundo nombre se torna “muchacho” (cualquiera que sea la edad que se tenga), volviéndose su apellido “John” en tanto que a su mujer y a su madre se les niega el trato de “señora”; cuando se viene estando hostigado de día y obsesionado por la noche por el hecho de ser un negro, viviendo en perpetua tensión sin saber nunca a qué atenerse, y rebosando temores internos y resentimientos exteriores; cuando se está luchando continuamente contra una sensación degeneradora de despersonalización, entonces, y sólo entonces se comprende por qué nos parece tan difícil aguardar. Llega un momento en que se colma la copa de la resignación. Espero, señores, que comprenderán nuestra legítima e ineludible impaciencia.

Expresan una profunda ansiedad en torno a nuestra decisión de quebrantar las leyes si es preciso. No cabe duda de que su preocupación es legítima. Como pedimos con tanta diligencia a nuestro pueblo que obedeciese a la decisión del Tribunal Supremo que declaraba ilegal la segregación en las escuelas oficiales, podrá parecer paradójico, de buenas a primeras, nuestra desobediencia consciente de las leyes. Podrán preguntar: “¿Cómo pueden ustedes defender la desobediencia de unas leyes y el acatamiento de otras?”. La contestación debe buscarse en el hecho de que existen dos clases de leyes: las leyes justas y las injustas. Yo sería el primero en defender la necesidad de obedecer los mandamientos justos. Se tiene una responsabilidad moral además de legal en lo que hace al acatamiento de las normas justas. Y, a la vez, se tiene la responsabilidad moral de desobedecer normas injustas. Estoy de acuerdo con San Agustín en que “una ley injusta no es tal ley”.

Pero ¿cuál es la diferencia entre ambas clases de leyes? ¿Cómo se sabe si una ley es justa o no lo es? Una ley justa es un mandato formulado por el hombre que cuadra con la ley moral o la ley de Dios. Una ley injusta es una norma en conflicto con la ley moral. Para decirlo con palabras de Santo Tomás de Aquino: “Una ley injusta es una ley humana que no tiene su origen en la ley eterna y en el derecho natural. Toda norma que enaltece la personalidad humana es justa; toda norma que degrada la personalidad humana es injusta.” Todos los mandatos legales segregacionistas son injustos, porque la segregación deforma el alma y perjudica la personalidad; da al que segrega una falsa sensación de superioridad y al segregado una sensación de inferioridad asimismo falsa. La segregación, para valernos de la terminología del filósofo judío Martin Buber, sustituye la relación “yo-tú” por una relación “yo-ello”, y acaba relegando a las personas a la condición de cosas. Por eso, la segregación es, además de inadecuada política, económica y sociológicamente, moralmente equivocada y pecaminosa. Dijo Paul Tilich que “pecado es separación”. ¿Acaso no es la segregación una manifestación existencial de la trágica separación del hombre, su aislamiento horrible, su tremenda condición de pecador? Por eso precisamente puedo pedir a los hombres que cumplan la decisión de 1954 del Tribunal Supremo, por ser moralmente recta; y por eso puedo instarles a que desobedezcan las ordenanzas segregacionistas, por ser éstas moralmente equivocadas.

Consideremos un ejemplo más concreto de normas justas e injustas. Una ley injusta es una norma por la que un grupo numéricamente superior o más fuerte obliga a obedecer a una minoría pero sin que rija para él. Esto equivale a la legalización de la diferencia. Por el mismo procedimiento, resulta que una ley justa es una norma por la que una mayoría obliga a una minoría a obedecer a lo que ésta mande, quedando a la vez vinculada al texto normativo dicha mayoría. Esto equivale a la legalización de la semejanza.

Permítaseme dar otra explicación. Una ley es injusta si es impuesta a una minoría que, al denegársele el derecho a votar, no participó en la elaboración ni en la aprobación de la ley. ¿Quién podrá decir que la legislación de Alabama de la que emanaron las leyes del estado sobre la segregación fue elegida democráticamente? Por todo Alabama se utilizan toda suerte de métodos sutiles encaminados a evitar que los negros pasen a figurar en los censos electorales; y condados hay en que, por más que los negros constituyan una mayoría de la población, no consta ni un solo negro en las listas. ¿Puede decirse que una ley promulgada en tales circunstancias está estructurada democráticamente?

Algunas veces una ley es justa por su texto e injusta en su aplicación. Por ejemplo, se me arrestó por manifestarme sin permiso. Ahora bien; nada hay de malo en que exista una ordenanza que exige un permiso para manifestarse. Pero esta norma se vuelve injusta cuando es puesta al servicio de la segregación, denegando a los ciudadanos el derecho de reunión y protesta pacíficas concedido por la primera enmienda.

Espero que sabrán percatarse de la diferencia que trato de mostrarles. Bajo ningún concepto preconizo la desobediencia ni el desafío a la ley, como haría el segregacionista rabioso. Esto nos llevaría a la anarquía. El que quebranta una ley injusta tiene que hacerlo abiertamente, con amor y dispuesto a aceptar la consiguiente sanción. Opino que un individuo que quebranta una ley injusta para su conciencia, y que acepta de buen grado la pena de prisión con tal de despertar la conciencia de la injusticia en la comunidad que la padece, está de hecho manifestando el más eminente respeto por el derecho.

Naturalmente, no hay ninguna novedad en esta clase de desobediencia civil. La encontramos, en una de sus manifestaciones sublimes, en la negativa de Shadrach, Meshach y Abednego a obedecer las órdenes de Nabucodonosor, en aras a la ley moral superior. La practicaron de modo soberbio los cristianos primitivos, que estaban dispuestos a enfrentarse con leones hambrientos, con el dolor insoportable de la tortura antes que someterse a ciertas leyes injustas del imperio romano. Hasta cierto punto, la libertad académica es actualmente una realidad porque Sócrates practicó la desobediencia civil. En nuestra nación, el Boston Tea Party (1) fue un acto colectivo de desobediencia civil.

No hemos de olvidar jamás que todo cuanto hicieron los húngaros que luchaban por la libertad se reputaba “ilegal” en Hungría. “Ilegal” era ayudar y consolar a un judío en la Alemania de Hitler. Aún así, estoy seguro de que, si hubiera vivido entonces en Alemania, hubiese ayudado y consolado a mis hermanos judíos. Si actualmente viviese en un país comunista donde han sido suprimidos ciertos principios inherentes a la fe cristiana, abogaría abiertamente por la desobediencia a las leyes antirreligiosas del país.

Tengo que confesarles honradamente dos cosas, hermanos míos cristianos y judíos; tengo que confesar, primero, que en los últimos años he quedado profundamente desencantado del blanco moderado. Casi he llegado a la triste conclusión de que la rueda de molino que lleva amarrada el negro y que traba su tránsito hacia la libertad, no proviene del miembro del Consejo de Ciudadanos Blancos, o del Ku-Klux-Klan, sino del blanco moderado que antepone el “orden” a la justicia; que prefiere una paz negativa que supone ausencia de tensión, a una paz positiva que entraña presencia de la justicia; quien dice continuamente: “Estoy de acuerdo con el objetivo que usted se propone, pero no puedo aprobar sus métodos de acción directa”; que cree muy paternalmente que puede fijar un plazo a la libertad del prójimo; quien vive de un concepto mítico del tiempo y aconseja al negro que aguarde a que llegue “un momento más oportuno”. La comprensión superficial de los hombres de buena voluntad es más demoledora que la absoluta incomprensión de los hombres de mala voluntad. Resulta mucho más desconcertante la aceptación tibia que el rechazo sin matices.

Esperé que el blanco moderado comprendería que la ley y el orden existen para la elaboración de la justicia, y que, cuando fracasan en este empeño, se convierten en unas trabas peligrosamente estructuradas que impiden el fluir del progreso social. Esperé que el blanco moderado comprendería que la actual tensión en el Sur es una fase necesaria para la transición desde una odiosa paz negativa en la que el negro aceptaba pasivamente su carga injusta, a una paz muy otra, real y positiva, en la que todos los hombres respetarán la dignidad y el valor de la personalidad humana. De hecho, los que seguíamos la senda de la acción directa no violenta no somos quienes creamos la tensión. Nos limitamos a traer a la superficie la tensión oculta que se hallaba en estado latente desde mucho antes. La sacamos a la luz, porque así se la puede ver y actuar en consecuencia. Lo mismo que un tumor que no se puede curar mientras siga oculto, y que debe abrirse en todo su horror a los remedios naturales del aire y de la luz, la injusticia tiene que exponerse, con toda la tensión que esta exposición crea, a la luz de la conciencia humana y al aire de la opinión nacional si es que existe el deseo de subsanarla.

Afirman ustedes en su declaración que nuestras acciones, aunque pacíficas, tienen que ser condenadas porque conducen a la violencia. ¿Pero es éste un aserto lógico? ¿No es ello lo mismo que condenar a un hombre víctima del hurto porque el hecho de haber poseído dinero determinó la pecaminosa acción de robarle? ¿Acaso no es como si se condenara a Sócrates porque su absoluta entrega a la verdad y sus investigaciones filosóficas causaron la actitud del populacho mal aconsejado que le condenó a beber la cicuta? ¿No les parece que esto equivale a condenar a Jesucristo porque su incomparable ciencia divina y su incesante acatamiento de la voluntad de Dios precipitó aquella pecaminosa crucifixión? Hay que reconocer que, como han venido afirmando una y otra vez los tribunales federales, no está bien pedir a un individuo que abandone sus esfuerzos por conquistar sus derechos constitucionales básicos sencillamente porque esta petición pueda determinar la violencia. La sociedad tiene que proteger al robado y castigar al ladrón.

También esperé que el blanco moderado abandonaría ese mito acerca del momento oportuno para librar la batalla por la libertad. Acabo de recibir una carta de un hermano blanco de Texas. Escribe:

Cualquier cosa que afecte a uno de nosotros directamente, nos afecta a todos indirectamente.

Una ley injusta es una ley humana que no tiene su origen en la ley eterna y en el derecho natural. Toda norma que enaltece la personalidad humana es justa; toda norma que degrada la personalidad humana es injusta.

Una ley es injusta si es impuesta a una minoría que, al denegársele el derecho a votar, no participó en la elaboración ni en la aprobación de la ley.

Todos los cristianos saben que, a la postre, el pueblo negro gozará de iguales derechos que los blancos; pero es posible que tengáis excesivas prisas religiosas. La cristiandad ha necesitado casi dos mil años para lograr lo que ahora tiene. Las enseñanzas de Cristo tardan en imponerse al mundo.

Esta actitud procede de un trágico error en cuanto a lo que es el tiempo, de una noción curiosamente irracional a cuyo tenor hay, en el devenir del tiempo mismo, algo que inevitablemente cura todos los males. De hecho, el tiempo en sí es neutro; puede ser utilizado para la destrucción lo mismo que para construir. Se me ocurre cada vez más que los hombres de mala voluntad se han valido del tiempo con una eficacia muy superior a la demostrada al respecto por los hombres de buena voluntad. Tendremos que arrepentirnos en esta generación no sólo por las acciones y palabras hijas del odio de los hombres malos, sino también por el inconcebible silencio atribuible a los hombres buenos. El progreso humano nunca discurre por la vía de lo inevitable. Es fruto de los esfuerzos incansables de hombres dispuestos a trabajar con Dios; y si suprimimos este esfuerzo denodado, el tiempo se convierte de por sí en aliado de las fuerzas del estancamiento social. Tenemos que utilizar el tiempo de modo creador, conscientes de que siempre es oportuno obrar rectamente. En este momento es hora de convertir en realidad palpable la promesa de democracia y de transformar nuestra indecisa elegía nacional en un salmo de hermandad creador. En este momento es hora de sacar nuestra política nacional de las arenas movedizas de la injusticia racial para plantarla sobre la firme roca de la dignidad humana.

Tildan ustedes nuestra actividad en Birmingham de extremada. Al principio quedé algo desconcertado por pensar que unos sacerdotes colegas míos pudiesen ver en mis esfuerzos no violentos la actuación de un extremista. Me puse a pensar acerca del hecho de que me encuentro situado en el centro de dos fuerzas opuestas de la comunidad negra. A un lado está la fuerza de la complacencia, compuesta, en parte, de negros que, tras largos años de opresión, han quedado tan faltos de todo sentido de la propia dignidad, tan despersonalizados, que se han adaptado a la segregación; y, en parte, de un puñado de negros de clase media que, debido a cierto grado de seguridad académica o económica, y porque, hasta cierto punto, sacan provecho de la segregación, se han desentendido de los problemas de las masas. La otra fuerza viene animada por el rencor y el odio, y se acerca peligrosamente a la defensa de la violencia. Trasunto suyo son los varios grupos nacionalistas negros que brotan por toda la nación, el más conocido y más numeroso de los cuales es el movimiento musulmán de Elijah Mohamed. Nutrido por la frustración del negro, hijo de la permanencia de la discriminación racial, este movimiento se compone de gentes que han perdido su fe en los Estados Unidos, que han repudiado definitivamente el cristianismo y que han llegado a la conclusión de que el blanco es un “demonio” incorregible.

He tratado de mantenerme entre estas dos fuerzas, afirmando que no tenemos necesidad de imitar el inmovilismo de los complacientes ni el odio y la desesperación de los nacionalistas negros. Y es que ésta es la mejor forma de protesta amorosa y no violenta. Agradezco a Dios que haya hecho, por el conducto de la Iglesia negra, que la senda de la no violencia pasase a formar parte integrante de nuestro plan de lucha.

Si esta filosofía no hubiese surgido, estoy convencido de que actualmente muchas de las calles del Sur norteamericano estarían inundadas de sangre. Y estoy, además, convencido de que si nuestros hermanos blancos califican de “demagogos” y de “agitadores forasteros” a aquellos de entre nosotros que se valen de la acción directa no violenta, y si se niegan a apoyar nuestros esfuerzos no violentos, millones de negros, presa de la desesperación y de la frustración, buscarán refugio y albergue en las ideologías nacionalistas negras, lo cual, de acontecer, conduciría inevitablemente a una aterradora pesadilla racial.

Los hombres oprimidos no pueden seguir estándolo de por vida. El anhelo de libertad acaba por manifestarse abiertamente, y esto es lo que ha ocurrido con el negro estadounidense. Hay algo dentro de él que le ha recordado que nacía con el derecho a la libertad; y algo, otra cosa fuera de él, le ha recordado que esta libertad podía ser conquistada. Consciente o inconscientemente, se ha dejado embargar por el Zeitgeist (2), y el negro norteamericano, unido a sus hermanos negros de África y a sus hermanos amarillos y cobrizos de Asia, América del Sur y el Caribe, marcha impregnado por un ansia que no puede esperar, hacia la Tierra prometida de la justicia racial. Si se reconoce esta necesidad vital que se ha apoderado de la comunidad negra, se tiene que comprender inmediatamente el porqué de las manifestaciones públicas actuales. El negro lleva dentro de sí muchos resentimientos concentrados y muchas frustraciones latentes, y tiene que liberarlos. Así que déjesele marchar; déjesele participar en procesiones pías en dirección al ayuntamiento; déjesele participar en los “viajes de la Libertad”, e inténtese comprender por qué siente la necesidad de hacerlo. Si sus emociones reprimidas no encuentran escape en actuaciones no violentas, buscarán una manifestación violenta. Con ello no formulo una amenaza; me limito a recordar enseñanzas de la historia. Por eso no he dicho a mi pueblo: “Abandonad vuestro descontento.” Antes bien, he tratado de decir que este descontento normal cuanto sano, puede encauzarse por la vía creadora de la acción directa no violenta. Y ahora, he aquí que se califica de extremista este punto de vista.

Pero, a pesar de que me desconcertó inicialmente el sambenito de extremista, conforme seguía pensando acerca del asunto, fue entrándome cierta satisfacción por la etiqueta que se me colgaba. ¿Acaso no fue Jesús un extremista del amor?: “Amad a vuestros enemigos; perdonad a los que os vejan; haced el bien a los que os odian y rezad por los que abusan maliciosamente de vosotros y os persiguen.” Y Amós, un extremista de la justicia: “Dejad que la justicia discurra como el agua y que la equidad corra como un inagotable manantial.” Y Pablo, un extremista del Evangelio cristiano: “Llevo en mi cuerpo las señales de nuestro Señor Jesucristo.” Y Martín Lutero, un extremista: “A lo dicho me atengo; no puedo obrar de otra manera: que Dios venga en mi ayuda.” Y John Bunyan: “Permanecería en la cárcel hasta el final de mis días antes que asesinar mi conciencia.” Y Abraham Lincoln: “Esta nación no puede sobrevivir esclava a medias y libre a medias.” Y Thomas Jefferson: “Para nosotros hay verdades evidentes de suyo, y una de ellas es que todos los hombres fueron creados iguales [...].” Así que el problema no estriba en saber si hemos de ser extremistas, sino en la clase de extremistas que seremos. ¿Llevaremos nuestro extremismo hacia el odio o hacia el amor? ¿Pondremos el extremismo al servicio de la conservación de la injusticia o de la difusión de la justicia? En la dramática escena del Gólgota fueron crucificados tres hombres. Nunca hemos de olvidar que los tres fueron crucificados por el mismo delito: el delito del extremismo. Dos de ellos eran extremistas de la inmoralidad, y por eso cayeron más bajo que el mundo que les rodeaba. El otro, Jesucristo, era un extremista del amor, de la verdad y de la bondad, y por eso se elevó por encima del mundo que le rodeaba. Bien podría ser que el Sur, la nación y el mundo necesiten muchísimo de extremistas creadores.

Esperé que el blanco moderado se percataría de esta necesidad. Quizás pequé de excesivo optimismo; quizás fueran excesivas mis esperanzas. Supongo que debía haberme dado cuenta de que pocos son los miembros de la raza opresora capaces de comprender la profundidad de los gemidos y la pasión de los deseos de la raza oprimida, y aún son menos los capaces de ver que la injusticia necesita ser extirpada mediante una acción poderosa, persistente y decidida. Estoy, sin embargo, agradecido a algunos de nuestros hermanos blancos del Sur por haber captado el sentido de esta revolución social y haberse puesto a su servicio. Todavía son demasiado pocos en cuanto al número, pero grande es su calidad. Algunos, como, por ejemplo, Ralph McGill, Lillian Smith, Harry Golden, James McBride Dabbs, Ann Braden y Sarah Patton Boyle, han escrito acerca de nuestra lucha con palabras elocuentes y proféticas. Otros han marchado con nosotros por las calles anónimas del Sur; se han consumido en cárceles sucias e infestadas de parásitos, sufriendo los insultos y los malos tratos de policías para quienes ellos eran “despreciables negrazófilos”. Frente a lo que solían hacer sus hermanos y hermanas moderados, ellos reconocieron la urgencia de actuar y sintieron la necesidad de poderosos antídotos “activos” para combatir la enfermedad segregacionista.

Déjenme apuntarles otra razón fundamental de mi desencanto. ¡Cuán grande ha sido éste en lo que hace a la Iglesia blanca y a sus ministros! Cierto es que existen algunas excepciones notables. No desconozco el hecho de que cada uno de ustedes ha adoptado algunas actitudes significativas acerca del particular. Le aplaudo a usted, reverendo Stallings, por su actitud cristiana el domingo pasado, al dar la bienvenida a los negros en el oficio dominical, aceptando el principio de la integración. Aplaudo a los líderes católicos de este estado por haber integrado hace ya varios años el Spring Hill College.

Pero, aparte de estas importantes excepciones, tengo que reiterar honradamente que la Iglesia me ha defraudado. No lo digo como lo diría uno de esos críticos negativos que siempre saben encontrar algo equivocado en la Iglesia. Lo digo en mi calidad de ministro del Evangelio, que ama a la Iglesia; en mi calidad de eclesiástico amamantado en su pecho; que se ha sostenido gracias a sus bendiciones espirituales y que seguirá siendo leal mientras le quede un hálito de vida.

Cuando de pronto me vi lanzado al liderato de la protesta de los autobuses en Montgomery (Alabama), hace de esto unos años, pensé que gozaría del apoyo de la Iglesia blanca. Pensé que los ministros, sacerdotes y rabinos blancos del Sur se contarían entre nuestros más firmes aliados. Mas, he aquí que algunos de ellos han sido incluso enemigos, negándose a comprender el movimiento de la libertad y formándose una idea equivocada de sus líderes. En cuanto a los demás, han sido demasiados los que se han mostrado más precavidos que valientes y que han permanecido silenciosos detrás de la cloroformizante seguridad de las piadosas vidrieras.

A pesar de ver quebrantados mis sueños, acudí a Birmingham con la esperanza puesta en que la dirección religiosa blanca de esta comunidad se percataría de la justicia de nuestra causa y haría, cumpliendo un profundo deber moral, de canal por el que podríamos encauzar nuestras justas quejas hacia las esferas del poder. Esperé que cada uno de ustedes comprendería. Y de nuevo vino el desencanto.

He oído a muchos dirigentes religiosos del Sur aconsejar a sus feligreses que acatasen una sentencia integracionista porque así lo quería la ley. Pero hubiese querido oír a los eclesiásticos blancos declarar: “Acatad este decreto porque la integración es moralmente justa y porque el negro es vuestro hermano.” En medio de las injusticias palmarias infligidas al negro, he visto a los ministros de la religión blancos permanecer al margen mientras formulaban frases piadosas que no hacían al caso y trivialidades mojigatas. En medio de la grandiosa contienda sostenida por librar a nuestra nación de la injusticia racial y económica, he oído a muchos ministros decir: “Son estos problemas sociales con los que el Evangelio no está realmente relacionado.” Y he observado cómo varias iglesias se consagran a una religión perteneciente desde todo punto de vista a un mundo distinto al nuestro; una religión que discrimina curiosamente, de modo antibíblico, entre el cuerpo y el alma, lo sagrado y lo laico.

He viajado por todas partes en Alabama, Mississippi y todos los demás estados del Sur. En bochornosos días de verano y en diáfanas mañanas otoñales, me he quedado mirando las bellas iglesias del Sur con sus elevados campanarios apuntando al cielo. He visto las impresionantes siluetas de sus enormes instituciones dedicadas a la enseñanza confesional. Siempre acababa preguntándome: “¿Qué clase de personas viene aquí? ¿Quién es su Dios? ¿Dónde estaban sus voces cuando salieron de los labios del gobernador Barnett palabras de obstaculización y de anulación? ¿Dónde estaban cuando el gobernador Wallace tocó a rebato dando la señal para desencadenar el odio y la provocación? ¿Dónde estaban sus palabras de apoyo cuando hombres y mujeres negros, magullados y cansados, decidieron abandonar las oscuras mazmorras de la complacencia y pasar a las luminosas colinas de la protesta creadora?”

Sí, sigo preguntándome todo esto. Profundamente desalentado, he llorado sobre la laxitud de la Iglesia. Pero sepan que mis lágrimas fueron lágrimas de amor. No cabe un profundo desaliento sino donde falta un amor profundo. Sí, amo a la Iglesia. ¿Cómo iba a no ser así? Me encuentro en la situación harto frecuente de ser hijo, nieto y bisnieto de predicadores. Sí, la Iglesia es para mí el cuerpo de Cristo. Mas, ¡ay!, cómo hemos envilecido y herido este cuerpo con la negligencia social y con el temor de convertirnos en posibles miembros disconformes.

Hubo una época en que la Iglesia fue muy poderosa: cuando los cristianos primitivos se regocijaban de que se les considerase dignos de sufrir por sus convicciones. En aquella época, la Iglesia no era mero termómetro que medía las ideas y los principios de la opinión pública. Era más bien, un termostato que transformaba las costumbres de la sociedad. Dondequiera que un cristiano penetrase en una ciudad, las personas que entonces detentan las riendas del poder, se perturbaban e inmediatamente trataban de procesar a los cristianos por ser “perturbadores de la paz” y “agitadores forasteros”. Pero los cristianos no cejaron en su empeño, convencidos de que eran “una colonia celestial”, destinados a obedecer a Dios antes que al hombre. Su número era limitado, pero grande su entrega. Estaban demasiado ebrios de Dios para sentirse “astronómicamente intimidados”. Con su esfuerzo y su ejemplo pusieron fin a prejuicios tan remotos como el abominable infanticidio y los funestos combates de gladiadores.

En la actualidad todo ocurre de modo muy distinto. Y es que la Iglesia contemporánea es a menudo una voz débil y sin timbre, de sonido incierto. Es que a menudo es defensora a todo trance del status quo. En vez de sentirse perturbada por la presencia de la Iglesia, la estructura del poder de la comunidad se beneficia del espaldarazo tácito y aún, a veces, verbal, de la Iglesia a la situación imperante.

Pero el juicio de Dios rige para la Iglesia más que nunca. Si la iglesia de hoy no recobra el espíritu de sacrificio de la Iglesia primitiva, perderá su autenticidad, echará a perder la lealtad de millones de personas y acabará desacreditada como si se tratara de algún club social irrelevante, desprovisto de sentido para el siglo XX. Todos los días me encuentro con jóvenes cuyo desengaño por la actitud de la Iglesia se ha convertido en auténtico asco.

Puede que también esta vez me haya pasado de optimista. ¿Acaso está la religión demasiado vinculada al status quo como para salvar a nuestra nación y al mundo? Es posible que tenga que polarizar mi fe en la Iglesia espiritual interior, en la Iglesia dentro de la Iglesia, como verdadera ekklesia y esperanza del orbe. Pero agradezco nuevamente a Dios que algunas almas nobles de las filas de la religión organizada hayan roto las cadenas paralizantes del conformismo y se hayan unido a nosotros en calidad de asociados activos en la lucha por la libertad. Abandonaron sus tranquilas congregaciones y marcharon con nosotros por las calles de Albany. Han descendido por las autopistas del Sur participando en unos “viajes de la Libertad”, por cierto sembrados de obstáculos. Sí, fueron a la cárcel con nosotros; algunos de ellos perdieron sus parroquias, quedaron sin el apoyo de sus obispos y de sus colegas eclesiásticos. Pero obraron creyendo que la razón derrotada puede más que la sinrazón triunfante. Su testimonio ha sido la sal espiritual que ha conservado el verdadero significado del Evangelio en estos tiempos de turbación. Han cavado un túnel de esperanza en la negra montaña del desconcierto.

Espero que la Iglesia en conjunto saldrá a la palestra en esta hora decisiva. Pero, aunque la Iglesia no acuda en ayuda de la justicia, no pierdo mis esperanzas acerca del futuro. No abrigo ningún temor acerca del resultado de nuestra lucha en Birmingham, aunque haya sido dada una interpretación equivocada de nuestros motivos. Alcanzaremos la meta de la libertad en Birmingham y en toda la nación, porque la meta de Norteamérica es libertad. Por más que se nos insulte y se haga burla de nosotros, nuestro destino va unido al de Estados Unidos. Antes de que los peregrinos arribasen a Plymouth, estábamos aquí. Antes de que la pluma de Jefferson escribiera las majestuosas palabras de la Declaración de Independencia en las páginas de la historia, estábamos aquí. Durante más de dos siglos, nuestros antecesores trabajaron en este país sin cobrar salario alguno; hicieron rey al algodón; edificaron las mansiones de sus amos mientras sufrían una injusticia flagrante y padecían una humillación abyecta y, sin embargo, gracias a una vitalidad sin límites, siguieron progresando y multiplicándose. Si las inenarrables crueldades de la esclavitud no pudieron detenernos, menos podrá hacerlo la oposición que tenemos ahora frente a nosotros. Conquistaremos nuestra libertad porque el sagrado legado de nuestra nación y la eterna voluntad de Dios están plenamente integrados en nuestras exigencias.

Antes de terminar, me siento obligado a citar otro punto de la declaración hecha por ustedes que me ha turbado profundamente. Aplaudieron ustedes con calor a la policía de Birmingham por mantener “el orden” y “prevenir la violencia”. Dudo que aplaudiesen tan fervorosamente a la fuerza policiaca de haber visto a sus perros hincar sus colmillos en negros inermes, no violentos. Dudo que aplaudiesen con tanto fervor a los policías de haber observado el horrible e inhumano trato que deparan a los negros aquí, en la cárcel de la ciudad; si les viesen empujar e insultar a las ancianas negras y a las muchachas negras; si les viesen abofetear y golpear a los viejos y a los muchachos negros; si observasen cómo —según hicieron en dos ocasiones— se negaban a darnos de comer porque queríamos cantar para bendecir la mesa juntos. No puedo unirme a ustedes en su alabanza a la policía de Birmingham.

Es cierto que la policía ha demostrado cierta capacidad de disciplina en su trato a los manifestantes. En este sentido, se han comportado más bien de modo “no violento” en público. Pero, ¿por qué? Para preservar el perjudicial sistema de la segregación. Durante los últimos años he predicado sin cesar que la no violencia requiere que los medios de que nos valemos sean tan puros como las metas que nos proponemos alcanzar. He tratado de dejar claramente establecido que está mal valerse de medios inmorales para lograr fines morales. Pero ahora he de afirmar que tan mal está, y quizás aún sea peor, valerse de medios morales para la consecución de fines inmorales. Es posible que el señor Connor y sus policías se hayan mostrado más bien no violentos en público como hiciera el jefe de policía Pritchett en Albany (Georgia), pero han utilizado los medios morales que les brinda la no violencia para mantener la meta inmoral de la injusticia racial. Como dijera el gran escritor T. S. Eliot: “La última tentación es la mayor de las traiciones: obrar bien por malos motivos.”

Hubiese preferido que aplaudiesen a los negros que participaban en los sit-ins y en las manifestaciones de Birmingham, rindiendo así homenaje a su valor sublime, a su aceptación del martirio y su increíble disciplina ante tamaña provocación. Algún día reconocerá el Sur cuáles son sus verdaderos héroes. Se citarán a los James Meredith, con el noble sentido de la misión propia que les arma para enfrentarse a muchedumbres vociferantes y hostiles, y con esa oprimente sensación de soledad que caracteriza la vida del pionero. Se citarán las mujeres negras oprimidas, de edad provecta, desgastadas, simbolizadas por aquella anciana de setenta y dos años que en Montgomery (Alabama) se alzó, movida por su sentido de la dignidad, y decidió con los suyos no viajar más en autobuses segregados, y que respondió con espontánea profundidad a alguien que le preguntaba acerca de su cansancio: “Tengo los pies cansados, pero mi alma descansa.” Se hablará de los jóvenes alumnos de los institutos y de los estudiantes universitarios; de los jóvenes ministros del Evangelio y de toda una pléyade de sacerdotes mayores que ellos, que se sientan en las secciones alimenticias de los almacenes, valientemente y adhiriéndose a la no violencia, a la vez que dispuestos a ingresar en la cárcel porque así se lo pide su conciencia. Día llegara en que el Sur se entere de que, cuando aquellos hijos desheredados de Dios se sentaban en los snack-bar de las galerías, de hecho estaban defendiendo lo mejor del sueño norteamericano y los valores más sagrados de nuestro legado judeocristiano, reconduciendo así nuestra nación a los grandes pozos de la democracia, profundamente cavados por los padres de la nación norteamericana en su formulación de la Constitución y de la Declaración de la Independencia.

Nunca antes de ahora escribí una carta tan larga. Me temo que sea demasiado larga, habida cuenta de lo cargado que están sus horarios. Les aseguro que hubiese sido mucho más corta de haber sido escrita detrás de un cómodo despacho, pero, ¿qué puede hacer uno cuando está solo en una estrecha celda de la prisión, como no sea escribir largas cartas, desentrañar profundos pensamientos y rezar interminables oraciones?

Si hay en esta carta algo que exagera la verdad e indica una impaciencia poco razonable, les pido que me perdonen por ello. Si hay en ella algo que minimiza la verdad e indica que es tanta mi paciencia que me conformo con algo menor que la fraternidad, pido a Dios, bien sinceramente, que me perdone.

Espero que esta carta les halle firmes en su fe. Espero también que las circunstancias me permitirán no tardar mucho en reunirme con cada uno de ustedes no como integracionista ni como líder del movimiento de los derechos civiles, sino en calidad de eclesiástico y de hermano cristiano. Esperemos todos que los oscuros nubarrones del prejuicio racial se alejen pronto y que la densa niebla de la interpretación torcida se apartará de nuestras comunidades presas de miedo, y que algún día no lejano las refulgentes estrellas del amor y de la fraternidad iluminarán nuestra nación con toda su deslumbrante belleza.

Me despido de ustedes, quedando suyo en la causa de la paz y la fraternidad."


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Nota del autor del blog: El anterior texto se reproduce sin ánimo de lucro personal y con fines exclusivos de difusión cultural y social.

jueves, marzo 01, 2007

Complemento a la Lectura sobre Mises en "Propiedad Privada"

Tal vez aquellos que hayan disfrutado de la lectura de Mises que he publicado en dos partes quieran profundizar el alguno de los temas principales de la misma.

Pablo Martín Pozzoni, en su Blog Propiedad Privada, escribe un interesante artículo sobre capitalismo y socialismo en el que hace una critica tanto al "capitalismo de estado" (para algunos una perversión del verdadero socialismo pero que en realidad seria cualquier cosa menos capitalista) como al "socialismo de mercado" (una alternativa socialista que renunciaría al monopolio estatal de los medios de producción sin llegar a aceptar completamente el concepto de propiedad privada típico del capitlaismo). El enfoque es mas próximo a la filosofía política que a la economía, en contraste con el de Mises, pero completa la idea de éste de que solo existen dos alternativas para el ser humano: socialismo o capitalismo, siendo las soluciones intermedias o mixtas atajos que solo confunden sobre los fundamentos de uno y otro sistema. Como otros textos de Pablo puede resultar un poco espeso para los no-iniciados, sin embargo, si se lee con detenimiento, no resultará dificil entresacar las idéas básicas de lo que por otra parte es un artículo de gran calidad intelectual y rico en fuentes. Muy recomendable.

miércoles, febrero 28, 2007

Lectura: El cálculo económico en el sistema socialista (por Ludwig Von Mises) (y 2)


LA ORGANIZACIÓN DE LA PRODUCIÓN BAJO EL SOCIALISMO

1. La Socialización de los Medios de Producción

Todos los medios de producción pertenecen a la comunidad bajo el Socialismo. La comunidad dispone de ellos y decide en qué forma utilizarlos en la producción. La comunidad produce, los productos retornan a la comunidad, y ésta decide qué se va a hacer con ellos.

Los socialistas modernos, especialmente aquellos de tendencias marxistas, dan mucha importancia a designar como Sociedad a la comunidad socialista y a describir la transferencia de los medios de producción al control de tal comunidad como "socialización de los medios de producción". La expresión es aceptable en sí, pero no en el sentido en que se la utiliza, ya que permite ocultar uno de los principales problemas del Socialismo.

La palabra "sociedad" —y su adjetivo correspondiente "social"— tiene tres significados distintos. Primero, implica la idea abstracta de interrelaciones sociales, y segundo, la concepción concreta de la unión de los individuos mismos. Entre estos dos significados completamente diferentes, el lenguaje corriente ha adoptado un tercero: la sociedad abstracta se personifica en expresiones tales como "sociedad humana" o "sociedad civil".

Marx emplea el término con todos sus significados, lo que no importaría si dejara muy en claro la distinción. Pero hace justamente lo contrario. Los intercambia con la destreza de un prestidigitador si lo estima necesario. Cuando se refiere al carácter social de la producción capitalista, está empleando el término "social" en el sentido abstracto. Cuando habla de la sociedad que sufre durante los períodos en crisis, se está refiriendo a la sociedad personificada de la humanidad. Pero cuando habla de la sociedad que expropiará a los expropiadores y socializará los medios de producción, está hablando de un sindicato social de hecho. Y todos los significados se intercambian en los eslabones de sus argumentos cada vez que tiene que probar lo imposible de probar. La razón para ello es evitar el término "Estado" o su equivalente, ya que ese término les suena mal a todos aquellos que aman la libertad y la democracia, cuyo apoyo es necesario inicialmente para los marxistas. Un programa que entregara al Estado la responsabilidad general y la dirección de toda la producción no sería aceptado entre aquella gente. Es por ello que el marxismo tiene que encontrar en todo momento una fraseología que disfrace la esencia del programa, que logre esconder el abismo que separa a la democracia del Socialismo. No habla muy bien de los hombres que vivieron durante las décadas previas a la Guerra Mundial, el hecho que no supieran detectar tales sofismas.

La moderna doctrina del Estado entiende por "Estado" una unidad autoritaria, un aparato de compulsión caracterizado, no por sus metas, sino por su forma. Pero el Marxismo ha limitado arbitrariamente el significado de la palabra "Estado" para que no incluya al Estado Socialista. Sólo se denominan "Estados" aquellos estados o formas de organizaciones estatales que despiertan el disgusto de los escritores socialistas.
Para la organización futura a la cual aspiran, el término es rechazado furiosamente, por deshonorable y degradante. Se le llama "Sociedad". En esta forma la democracia social marxista podría al mismo tiempo contemplar la destrucción de la maquinaria del Estado existente, combatir ferozmente todos los movimientos anarquistas y desarrollar una política que llevara directamente a un estado omnipotente[i].

No importa en lo más mínimo qué nombre se da al aparato coercitivo de la comunidad socialista. Si empleamos la palabra "Estado", tenemos un término de uso corriente —excepto para la poco crítica literatura marxista—, una expresión que es generalmente comprendida y que evoca la idea que se intenta evocar. Pero no hay inconveniente en evitar tal término, ya que despierta sentimientos encontrados en mucha gente, y en reemplazarlo por la palabra "comunidad". La elección de la terminología es simplemente cuestión de estilo y no tiene importancia práctica.

Lo que sí es importante es el problema de la organización de este Estado o comunidad socialista. Cuando se trata de la expresión concreta de la voluntad del Estado, la lengua inglesa ofrece una distinción más sutil, permitiendo el uso del término gobierno en vez del de estado. Nada más indicado para evitar el misticismo extremo inspirado por las costumbres marxistas en ese sentido. Porque los marxistas se refieren locuazmente a expresar la voluntad de la sociedad, sin dar la menor indicación acerca de cómo la "sociedad" procedería a actuar. Sin embargo, la sociedad sólo puede actuar a través de aquellos órganos que ha creado.

Del concepto mismo de la comunidad socialista se desprende que el órgano de control debe ser unitario. Una comunidad socialista sólo puede tener un órgano definitivo de control que combine todas las funciones económicas y gubernativas. Evidentemente se podría subdividir y podría haber oficinas subordinadas a las cuales transmitir instrucciones definitivas. Pero la expresión unitaria de la voluntad común, que es el objeto esencial de la socialización de los medios de producción y de la producción misma, necesariamente implica que todas las oficinas encargadas de la supervisión de diferentes asuntos estarán subordinadas a una oficina. Esta tendrá la autoridad suprema para resolver todas las variaciones del objetivo común y unificar la meta ejecutiva.

Cómo se constituye y cómo logra expresarse la voluntad común a través de ella resulta secundario en la investigación de nuestro problema específico. No importa que tal órgano sea un príncipe absoluto o una asamblea de ciudadanos organizada como democracia directa o indirecta. No importa en qué forma concibe ese órgano su voluntad y cómo la expresa. Para nuestros propósitos debemos considerarlo real y no necesitamos gastar más tiempo pensando si podrá cumplirse, cómo podrá lograrse o si el Socialismo estará condenado a desaparecer porque es irrealizable.

Al comienzo de nuestra investigación deberemos postular que la comunidad socialista no cuenta con relaciones exteriores. Abarca el mundo entero con todos sus habitantes. Si la concibiéramos como limitada, de manera que sólo abarcara una parte del mundo y los habitantes de ella, deberemos suponer que no tiene relaciones económicas con los territorios y con los pueblos ajenos a esos límites. Discutiremos el problema de la comunidad socialista aislada. Las implicancias de la existencia contemporánea de varias comunidades socialistas las discutiremos cuando hayamos estudiado el problema general a fondo.

2. El Cálculo Económico en la Comunidad Socialista

La teoría del cálculo económico demuestra que en la comunidad socialista es imposible el cálculo económico.

En cualquiera empresa grande los departamentos individuales son independientes en cuanto a su contaduría. Pueden presupuestar el costo de materiales y de obra de mano, y resulta posible que un grupo individual efectúe un balance separado y sume los resultados de su actividad en cifras. Es así como es posible asegurarse cuán eficientemente han funcionado los departamentos por separado y tomar las decisiones correspon dientes respecto a la organización, limitación o expansión de dichos departamentos o la creación de nuevos departamentos. Naturalmente es inevitable que se produzcan algunos errores en tales cálculos. Ellos surgen en parte de la dificultad para fijar los costos de funcionamiento. Otros errores surgen de la necesidad de calcular en base a informaciones indefinidas, por ejemplo: cuando se calcula la posibilidad de ganancias de ciertos procesos, la depreciación de la maquinaria utilizada se determina adjudicando a esa maquinaria cierto plazo de vida útil. Pero todos esos errores pueden mantenerse dentro de límites estrechos que no influyen en el resultado total del cálculo. La duda que queda es atribuida a la incertidumbre de las condiciones futuras, inevitables en cualquier estado de cosas.

Parece natural, entonces, preguntar por qué los diferentes departamentos de producción de una comunidad socialista no podrían manejar cuentas separadas en la misma forma. Pero eso es imposible. Las cuentas separadas para un solo departamento de una misma empresa sólo son posibles cuando se establecen en el mercado precios de toda clase de bienes y servicios, dando una base para los cálculos. Allí donde no hay mercado no existe el sistema de precios, y allí donde no hay sistema de precios no puede haber cálculo económico.

Algunos pensarán que es posible permitir el intercambio entre los diferentes grupos de empresas para establecer un sistema de relaciones de intercambio (precios) y crear así una base para el cálculo económico dentro de la comunidad socialista. Sería posible organizar departamentos de industrias con administración separada dentro del marco de un sistema económico unitario que no reconoce la propiedad privada en los medios de producción, sometidos, naturalmente, a la suprema autoridad económica, pero capacitados para transferirse mutuamente bienes y servicios por un precio calculado en un medio común de intercambio. Así es como concibe la gente la organización productiva de la industria socialista cuando se habla de socialización completa y cosas semejantes. Pero nuevamente se evade el punto decisivo. Las relaciones de intercambio de bienes de producción sólo pueden establecerse en base a la propiedad privada de los medios de producción. Si el Sindicato del Carbón entrega carbón al Sindicato del Hierro, puede fijarse el precio sólo si ambos sindicatos son propietarios de los medios de producción de la industria. Pero eso ya no sería socialismo sino sindicalismo.

Para aquellos escritores socialistas que aceptan la teoría del valor de la mano de obra, el problema es, naturalmente, muy simple.

Dice Engels: "Apenas la sociedad toma posesión de los medios de producción y los aplica a la producción directamente social, la obra de mano de todos, por diferente que sea su utilidad específica, pasará a ser de inmediato obra de mano directamente social. La cantidad de trabajo social inherente a cualquier producto no requiere ser confirmada en forma indirecta; la experiencia diaria demostrará cuánto trabajo será necesario como término medio. La sociedad puede fácilmente calcular cuántas horas de trabajo requiere un motor a vapor, un hectolitro de trigo de la última cosecha o cien metros cuadrados de paño de cierta calidad. Evidentemente, la sociedad tendrá que averiguar cuánta obra de mano es necesaria para la fabricación de cada artículo de consumo. Tendrá que basar sus planes en un estudio de los medios de producción con que puede contar, y claro que la fuerza de trabajo cae dentro de esa categoría. La utilidad de los diferentes bienes de consumo comparados entre sí y contra la obra de mano necesaria para su producción determinará finalmente el plan a seguir. El pueblo decidirá fácilmente todo, sin la intervención del tan mentado valor"[ii].

No nos interesa repetir aquí los argumentos críticos contra la teoría del valor de la obra de mano. Sólo nos interesa en cuanto nos sirvan de ayuda para juzgar la posibilidad de hacer de la obra de mano la base del cálculo económico dentro de una comunidad socialista.

A primera vista parecería que los cálculos basados en la obra de mano toman en cuenta las condiciones naturales de la producción, como también las condiciones que surgen del elemento humano. El concepto marxista del tiempo de mano de obra socialmente necesario considera la ley de los rendimientos decrecientes en cuanto a resultados de diferentes condiciones naturales de producción. Si la demanda por un bien aumenta y hay que explotar condiciones naturales menos favorables, también aumenta el tiempo social necesario para la producción de una unidad. Si se descubren mejores condiciones de producción, entonces baja la porción de trabajo social[iii]. Pero eso no basta. La computación de los cambios en los costos de trabajo marginal sólo toma en cuenta las condiciones naturales hasta donde influyen en los costos de trabajo. Más allá de eso, el cálculo del trabajo falla. Por ejemplo, deja fuera el consumo de factores materiales de producción. Supongamos que el tiempo de trabajo socialmente necesario para producir dos bienes P y Q es de diez horas, y que la producción de una unidad de P y Q exige el material A, una unidad del cual requiere una hora de trabajo socialmente necesario, y que la producción de P involucra dos unidades de A y ocho horas de trabajo, y la de Q una unidad de A y nueve horas de trabajo. En el cálculo basado en tiempo de trabajo, P y Q son equivalentes, pero en el cálculo basado en el valor, P debería ser más valioso que Q. Este primer cálculo es falso. Sólo el último corresponde a la esencia y objetivo del cálculo económico. Es cierto que ese exceso con que P sobrepasa a Q, este substratum material "es proporcionado por la naturaleza sin ayuda del hombre"[iv]; pero siempre que sólo esté presente en cantidades tales que pase a ser un factor económico, también tiene que entrar en alguna forma en el cálculo económico.

La segunda deficiencia de la teoría del cálculo de trabajo es que no toma en cuenta las diferencias en la calidad del trabajo. Todo trabajo humano es económicamente homogéneo para Marx, porque siempre es "el gasto productivo del cerebro, músculos, nervios, manos, etc., humanos". "El trabajo especializado es tan sólo el trabajo simple intensificado, o mejor dicho multiplicado, de manera que una pequeña cantidad de trabajo especializado equivale a una mayor cantidad de trabajo simple". La experiencia demuestra que esta solución de trabajo especializado a trabajo simple sucede constantemente. Un bien podrá ser el producto de trabajo altamente especializado, pero su valor lo iguala con el producto del trabajo simple y representa sólo una cierta cantidad de trabajo simple[v]. Boehm- Bawerk tenía razón al describir este argumento como una genialidad de sorprendente candidez[vi]. Al criticarlo, puede convenientemente dejarse en suspenso el posible descubrimiento de una medida fisiológica unitaria de todo trabajo humano, tanto físico como "mental". Porque es un hecho que entre los mismos hombres existen diferencias de capacidad y de conocimientos que dan como resultado distintas calidades en los bienes y servicios producidos. Lo que finalmente resulta decisivo para la solución del problema de la factibilidad de emplear el trabajo como base para el cálculo económico es la interrogante acerca de si es posible asimilar diferentes clases de trabajo a un denominador común sin una evaluación de los productos por los consumidores. Es evidente que el argumento esgrimido por Marx sobre este punto ha fracasado. La experiencia demuestra que los bienes se intercambian sin considerar si son producto del trabajo especializado o del trabajo simple. Esto sólo probaría que una cantidad definida de trabajo simple es igual a una cantidad definida de trabajo especializado, siempre que se demuestre que la fuente del valor de intercambio fue el trabajo. Cosa que no se ha podido probar y es exactamente lo que Marx se dedicó a demostrar. El hecho que en el intercambio haya surgido una nueva relación entre el trabajo especializado y el trabajo simple bajo la forma de tasas de salario, punto al cual no se refiere Marx, no aporta una prueba de esa homogeneidad. Este proceso de igualación es el resultado del movimiento de mercado y no depende de la previa suposición. Los cálculos basados en el costo de la obra de mano, más que en valores monetarios, tendrían que establecer una relación puramente arbitraria para reducir el trabajo especializado a trabajo simple, lo que haría de ellos un instrumento inútil para la organización económica de los recursos. Por mucho tiempo se pensó que la teoría del valor del trabajo proporcionaba la base ética necesaria para la exigencia de socializar los medios de producción. Sabemos que fue un error. Aunque la mayoría de los socialistas han adoptado tal punto de vista y aunque el mismo Marx, con su opinión abiertamente no-ética, no pudo deshacerse de él, es evidente que, por una parte, las exigencias políticas de introducir el método socialista de producción no necesitan ni reciben apoyo de la teoría del valor del trabajo; mientras que, por otra parte, aquellos que piensan en distinta forma respecto a la naturaleza y causa del valor pueden también tender al socialismo. Desde otro punto de vista, empero, la teoría del valor del trabajo sigue siendo un dogma para los que abogan por el método socialista de producción. La producción socialista dentro de una sociedad basada en la división del trabajo sólo parece practicable si existe una unidad objetiva reconocida del valor, lo que permitiría el cálculo económico en una comunidad sin intercambio ni dinero. Y el trabajo parecería ser lo único que serviría ese propósito.

3. Las Recientes Doctrinas Socialistas y los Problemas del Cálculo Económico

El problema del cálculo económico es el problema fundamental del Socialismo. El hecho que durante décadas se haya hablado y escrito sobre Socialismo sin tocar tal problema demuestra claramente lo funestos que fueron los efectos de la renuencia de Marx de estudiar científicamente la naturaleza y el funcionamiento de una economía socialista[vii].

Probar que el cálculo económico sería imposible dentro de la comunidad socialista es probar también que el Socialismo es impracticable. Todo lo que se ha dicho a favor del Socialismo, durante los últimos cien años, en miles de discursos y artículos, toda la sangre derramada por sus partidarios no hacen del Socialismo algo que funcione bien. Las masas podrán desearlo ardientemente, se podrán producir revoluciones y guerras, pero nunca triunfará. Cada tentativa por implantarlo llevará al sindicalismo, o por otro camino, al caos, que muy pronto disolverá la sociedad, basada en la división del trabajo, en pequeños grupos
autosuficientes.

El descubrimiento de este hecho es evidentemente muy poco conveniente para los partidos socialistas, y socialistas de todo tipo han intentado refutar mis argumentos e inventar un sistema de cálculo económico para el Socialismo. No han tenido éxito. No han podido presentar un solo argumento que yo ya no hubiera descartado[viii]. Nada ha logrado descalificar las pruebas de que el cálculo económico es imposible bajo el Socialismo[ix].

Las tentativas de los bolcheviques rusos de hacer del Socialismo algo de la vida real y no un simple programa de partido, no se han enfrentado con el problema del cálculo económico bajo el Socialismo porque las Repúblicas Soviéticas existen en un mundo que crea precios en dinero para todos los medios de producción. Los gobernantes de las Repúblicas Soviéticas basan en esos precios los cálculos de acuerdo a los cuales toman sus decisiones. Si no fuera por esos precios, sus acciones carecerían de objetivos y de planificación. Sólo pueden calcular, llevar libros de contaduría y hacer planes si tienen como referencia ese sistema de precios. Su posición es la misma que la del estado y de las municipalidades socialistas de otros países: no ha surgido aún para ellos el problema del cálculo económico socialista. Las empresas estatales y municipales calculan en base a los precios de los medios de producción y de bienes de consumo que crea el mercado. Pero sería precipitado deducir que porque existen empresas estatales y municipales, es posible el cálculo económico socialista.

Sabemos que las empresas socialistas de un solo rubro de producción resultan únicamente porque reciben ayuda de su entorno no socialista. El estado y las municipalidades pueden mantener sus empresas propias porque los impuestos pagados por las empresas capitalistas cubren sus pérdidas. En la misma forma, Rusia ya se habría derrumbado si no hubiera sido apoyada financieramente por los países capitalistas. Pero mucho más importante que esta ayuda material prestada por la economía capitalista a las empresas socialistas es la asistencia mental. Sin las bases para el cálculo que el Capitalismo pone a disposición del Socialismo bajo la forma de precios de mercado, las empresas socialistas no podrían mantenerse, ni siquiera en rubros únicos de producción o en países individuales.

Los escritores socialistas podrán seguir publicando libros acerca de la decadencia del Capitalismo y el advenimiento del milenio socialista; podrán describir los males del Capitalismo en tonos dramáticos y compararlos con tentadores informes de las bendiciones de una sociedad socialista. Sus escritos podrán seguir impresionando a los insensatos, pero todo eso no cambiará el destino de la idea socialista[x]. El intento de reformar al mundo en tal sentido podría destruir la civilización, pero nunca lograría establecer una comunidad socialista que resultara exitosa.

4. El Mercado Artificial como Solución para el Problema del Cálculo Económico

Algunos entre los socialistas más jóvenes creen que la comunidad socialista solucionaría el problema del cálculo económico mediante la creación de un mercado artificial para los medios de producción. Reconocen que fue un error de los viejos socialistas el tratar de establecer el Socialismo por medio de la suspensión del mercado y de la abolición de los precios fijos para los bienes de orden más elevado. Sostienen también que fue un error ver en la supresión del mercado y del sistema de precios la esencia misma del ideal socialista. Insisten en que si no queremos caer en un caos sin sentido en el cual desaparecería nuestra civilización, tanto la comunidad socialista como la comunidad capitalista deberían crear un mercado en el que todos los bienes y servicios tengan su precio. En base a ese arreglo, creen que la comunidad socialista podría hacer sus cálculos tan fácilmente como los empresarios capitalistas.

Desgraciadamente, aquellos que apoyan esas proposiciones no ven (o no quieren ver) que no es posible el divorcio entre el mercado y sus funciones como regulador de precios, del rodaje de una sociedad basada en la propiedad privada en cuanto a medios de producción, en la cual y de acuerdo a las reglas de tal sociedad, los propietarios, capitalistas y empresarios pueden disponer de su propiedad en la forma que les parezca mejor. Porque la fuerza impulsora de todo el proceso que crea los precios de mercado para los factores de producción es la incesante búsqueda de los capitalistas y empresarios por aumentar sus ganancias acatando los deseos de los consumidores. Sin el esfuerzo de los empresarios (incluyendo a los accionistas) por aumentar sus ganancias, los propietarios sus rentas, los capitalistas los intereses y los trabajadores sus salarios, sería imposible que funcionara con éxito el mecanismo. Sólo la perspectiva de una buena ganancia lleva a la producción hacia esos canales en los cuales la demanda del consumidor se satisface al menor costo. Si la perspectiva de ganancias se pierde, falla el resorte que mueve el mecanismo del mercado, porque es esa perspectiva la que lo mueve y lo hace funcionar. Es así como el mercado constituye el punto focal del orden capitalista de la sociedad; es la verdadera esencia del Capitalismo. Sólo es posible bajo el Capitalismo, y no puede ser imitado "artificialmente" bajo el Socialismo.

Los que abogan por el mercado artificial opinan, sin embargo, que se puede crear un mercado artificial instruyendo a los contralores de las diferentes unidades industriales a actuar como si fueran empresarios de un estado capitalista. Sostienen que hasta en un régimen capitalista, los gerentes de las sociedades de accionistas trabajan no para ellos mismos, sino para las compañías, es decir, para los accionistas. Por lo tanto sería posible para ellos actuar en la misma forma, con la misma circunspección y dedicación al deber. La única diferencia sería que bajo el Socialismo el producto del trabajo del gerente iría a la comunidad y no a los accionistas. Es así como, en contraste con todos los socialistas que escribieran en el pasado sobre el tema, especialmente los marxistas, ellos creen que sería posible construir un Socialismo descentralizado, a diferencia del Socialismo centralizado.

Para poder juzgar tales proposiciones es necesario reconocer que, en primer lugar, esos contralores de las unidades industriales individuales tendrían que ser designados. Bajo el Capitalismo, los gerentes de las sociedades de accionistas son designados directa o indirectamente por los accionistas. Dando a esos gerentes el poder para producir por medio de las acciones de la compañía (de los accionistas mismos), ellos están arriesgando su propiedad o parte de ella. La especulación (porque es una especulación) puede tener éxito y originar ganancias, pero también puede fallar y causar la pérdida de todo o parte del capital. Este riesgo de poner el propio capital a disposición de una empresa cuyo resultado es inseguro, y de hombres cuya habilidad y capacidad no está probada, aunque se conozcan sus actuaciones anteriores, representa la esencia misma de las empresas de accionistas.

Constituye una absoluta falacia suponer que el problema del cálculo económico en la comunidad socialista se refiere sólo a asuntos de rutina diaria para los gerentes de las sociedades de accionistas. Es obvio que tal creencia sólo puede surgir de la concepción exclusiva de un sistema económico estacionario, sistema que, indudablemente, permite solucionar muchos problemas teóricos, pero que no tiene contrapartida en la vida real y que en forma excluyente podría llevar a error. Es evidente que en condiciones estacionarias no surge el problema del cálculo económico. Cuando pensamos en la sociedad estacionaria, pensamos en una economía en la cual todos los factores de producción están utilizados en tal forma que, en las debidas condiciones, proporcionen el máximo de las cosas más solicitadas por el consumidor. Es decir, bajo condiciones estacionarias no existe el problema que requiera el cálculo económico para su solución. La función esencial del cálculo económico ya ha sido efectuada "por hipótesis". No hay necesidad de un aparato calculador. Para emplear un término popular, pero insatisfactorio, podríamos decir que el problema del cálculo económico es de dinámica económica; no es un problema de estática económica.

El problema del cálculo económico es una situación que surge en una economía que está cambiando perpetuamente, una economía que se enfrenta cada día con nuevos problemas que hay que resolver. Ahora bien, para resolver esos problemas es necesario, antes que nada, que se retire el capital de ciertas líneas de producción, de ciertas empresas particulares, para ser aplicado a otras líneas de producción, a otras empresas. No es asunto de los gerentes de las sociedades de accionistas, es esencialmente asunto de los capitalistas, aquellos que venden y compran acciones, que efectúan préstamos y que los recuperan, que hacen depósitos en los bancos y los retiran, que especulan con toda clase de bienes. Son estas operaciones de capitalistas especuladores las que crean las condiciones en el mercado del dinero, en las bolsas de comercio y los mercados al por mayor, que tienen que ser aceptadas por el gerente de la sociedad de accionistas, el que, de acuerdo a los escritores socialistas que estamos analizando, debe concebirse nada más que como el empleado confiable y concienzudo de la compañía. Son los capitalistas especuladores los que crean la información que él tiene que ajustar a sus asuntos y que, por lo tanto, definen la dirección de sus operaciones comerciales.

De todo esto se desprende que la deficiencia fundamental de todas aquellas construcciones socialistas que invocan el "mercado artificial" y la competencia artificial para solucionar el problema del cálculo económico, estriba en que se basan en la creencia de que el mercado para los factores de producción sólo es afectado por los productores que venden y compran bienes. Es imposible eliminar de esos mercados la influencia del abastecimiento de capital por parte de los capitalistas y la demanda de capital por parte de los empresarios sin destruir el mecanismo mismo.

Frente a esta dificultad, el socialista probablemente propondrá que el Estado socialista, como propietario de todo el capital y de los medios de producción, sencillamente aplique el capital a aquellas empresas que ofrecen más ganancias. El capital disponible, sostendrá, debería destinarse a aquellas empresas que den más ganancias, pero eso significaría simplemente que los gerentes menos cautos y más optimistas recibirían capital para expandir sus empresas, en tanto que los gerentes más escépticos y más cautos no obtendrían nada. Bajo el Capitalismo, el capitalista decide a quién le va a confiar su propio capital.

No son en absoluto decisivas las opiniones de los gerentes de sociedades de accionistas respecto a las perspectivas futuras de sus empresas y las esperanzas de los programadores acerca de las posibilidades de ganancias de sus planes.

Lo que decide es el mecanismo del mercado del dinero y del mercado de capitales. De hecho, ésa es su principal función: servir al sistema económico en conjunto, juzgar las posibilidades de ganancias de diferentes alternativas y no obedecer ciegamente lo que proponen los gerentes de determinadas empresas, limitados por el estrecho horizonte de sus propias empresas.

Para comprender bien esto es esencial reconocer que el capitalista no solamente invierte su capital en aquellas empresas que ofrecen un alto interés o buenas ganancias; también trata de alcanzar un equilibrio entre sus deseos de ganancias y su riesgo de pérdidas. Tiene que tener visión. Si no la tiene, sufre pérdidas, pérdidas que llevan a que su gerencia sobre los factores de producción sea transferida a manos de otros que sepan medir en forma eficiente los riesgos y perspectivas de la especulación.

Si ha de permanecer socialista, el Estado socialista no puede entregar a otras manos esa gerencia sobre el capital, que permite la expansión de empresas ya existentes, la contracción de otras y la creación de empresas totalmente nuevas. No se puede suponer que los socialistas propondrían seriamente que esa función "simplemente" hiciera lo que los capitalistas y especuladores hacen bajo condiciones capitalistas, con la única diferencia que el producto de su visión no los beneficiaría a ellos sino a su comunidad. Proposiciones de esta índole podrían ser hechas a los gerentes de sociedades de accionistas. En cambio no podrían ser hechas a capitalistas y especuladores, porque ningún socialista discutiría que la función que ejecutan los capitalistas y especuladores bajo el Capitalismo —es decir, dirigir el empleo de los bienes de capital hacia la forma en que satisfagan mejor la demanda del consumidor— sólo la hacen porque los incentiva el preservar su propiedad y lograr ganancias para acrecentarla o, por lo menos, para poder vivir sin descapitalizarse.

De lo expuesto se desprende que la comunidad socialista no tiene otra alternativa que colocar su disponibilidad de capital en manos del Estado, o para ser más exacto, en manos de los hombres que, al detentar la autoridad, llevan los negocios del Estado. Esto significa la eliminación del mercado, que es en realidad la meta fundamental del Socialismo, porque el dominio de la actividad económica por el mercado implica organización de la producción y distribución del producto según las disponibilidades del poder adquisitivo de los miembros individuales de la sociedad que influyen sobre el mercado; es decir, implica precisamente aquello que el Socialismo se ha propuesto eliminar.

Si los socialistas tratan de menospreciar el significado del problema del cálculo económico dentro de la comunidad socialista, aduciendo que las fuerzas del mercado no llevan a arreglos justificables, demuestran simplemente que no entienden el problema. No es cuestión de elegir entre producir cañones o ropas, viviendas o iglesias, lujos o la mera subsistencia. En un orden social, hasta bajo el Socialismo, se puede decidir fácilmente qué clase y qué cantidad de bienes de consumo se deberían producir. Nadie pone esto en duda. Pero una vez que se toma la decisión, persiste el problema de descubrir en qué forma podrían emplearse mejor los medios de producción para producir los bienes en cuestión. Para solucionar dicho problema tiene que existir un cálculo económico, y tal cálculo económico sólo puede efectuarse dentro de una sociedad que está basada en la propiedad de los medios de producción, por medio de precios en dinero para los bienes de producción que salen al mercado. Lo que equivale a decir que tienen que existir precios en dinero para la tierra, para la materia prima, para los productos semifabricados. Tienen que existir salarios en dinero y tasas de interés.

Por lo tanto, la alternativa sigue siendo: socialismo o economía de mercado.

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[i] Ver la crítica de Kelsen, "Staat und Gesellschaft", en Sozialismus ud Staat, (Leipzig, 1923), págs. 11 y siguientes.
[ii] Engels, Herrn Engen Dührings Umwälzung der Wissenschaft, págs. 335 y siguientes Nota del editor: En la edición inglesa, Anti-Dühring: Herrn Eugen Dühring's y su Revolución en la Ciencia, págs. 429 y siguientes
[iii] Marx, Das Kapital, Vol. 1, págs. 5 y siguientes. Nota del Editor: En inglés, ver Marx, Karl. Capital: A Critique of Political Economy. 3 volúmenes. Vol. 1. El Proceso de Producción Capitalista. Traducido de la tercera edición alemana por Samuel Moore y Edward Aveling. Editado por Frederick Engels. Revisado v ampliado de acuerdo a la cuarta edición alemana por Ernest Untermann. Chirago: (Charles H. Kerr & Co., 1906. (Nota: E.ste Volumen I, también reimpreso por Random House como Modern Library Ciant, con las mismas páginas que la edición de Kerr). Vol. I I . The Process of Circulation of Capital. The Process of Capitalist Production as a Whole. Ambos volúmenes U y III fueron traducidos por Ernest Untermann y editados por Frederick Engels. Ambos fueron publicados por el mismo Charles H. Kerr & Co. de Chicago en 1909. En esta nota, págs. 5 y siguientes se refieren a págs. 45 y siguientes en el inglés.
[iv] Ibid., págs. 5 y siguientes. Nota del Editor: págs. 50 y siguientes en la traducción inglesa.
[v] Ibid., págs. 10 y siguientes. Nota del Editor: págs. 55 y siguientes en la traducción inglesa.
[vi] 19 Böhm-Bawerk, Kapital und Kapitalzins, Vol. I, 3ª edic. (lnnsbruck, 1914), pág. 531. Nota del Editor: Bohm-Bawerk, obra en 3 volúmenes en ingles: Böhm-Bawerk, Eugen von Capital and Interest. 3 volúmenes. (South Holland, Illinois: Libertarian Press, 1959). Vol. I. History and Critique of interest Theories. Traducido por George D. Huncke y Hans F. Sennholz.
[vii] 20 Podemos indicar aquí que ya en 1854 Gossen sabía que "sólo a través de la propiedad privada se encuentra la medida para determinar la cantidad de cada bien que convendría producir bajo determinadas condiciones. Por lo tanto, la autoridad central, propuesta por los comunistas, para la distribución de las diversas tareas y para su recompensa, descubriría muy luego que había emprendido un trabajo cuya solución sobrepasa las habilidades del hombre individual". (Gossen. Entwicklung der Gesetze des menschlichen Verkehrs, nueva edición [Berlín, 1889], pág. 231). Pareto (Cours d'Economie Politique, Vol. II, Lausanne, 1897, págs. 364 y siguientes) y Barone (Il Ministro della Produzione nello Stato Colectivista in Giornale degli Economisti, Vol. XXXVII, 1908, págs. 409 y siguientes) no legaron al meollo del asunto. Pierson reconoció, abierta y completamente, el problema en 1902, Ver su Das Wertproblem in der sozialisttichen Gesellschaft (traducción alemana porHayek, Zeitschrift für Volkswirtschaft, New Series, Vol. IV, 1925, págs. 607 y siguientes). Nota del Editor: Tanto el artículo de Barone ("The Ministry of Production in the Collectivist State", págs. 245-290) como el artículo de Pierson ("The Problem of Valué in the Socialist Society", págs. 41-85) están incluidos en el Collectivist Economic Planning, editado por Hayek.
[viii] He discutido brevemente las más importantes réplicas en esos dos ensayos: "Neue Beiträge zum Problem der sozialistischen Wirtscha chnung" (Archiv für SoziWtomfn.se/ifl/>, Vol. LI, págs. 488-500) y "Nene Schriften zum Problem der sozialút Wirtfschaftfirechnung" (Ibid., Vol. LX, págs. 187-190). Nota del Editor: “Nette Beitrage zum Problem der sozialistischen Wirtschaftsrechnting” aparece como apéndice de este libro en la pág. 473. El segundo ensayo mencionado por Mises en esta nota fue publicado en 1928 y no ha sido traducido al inglés. El ensayo era una revisión de la moderna y reciente literatura sobre el cálculo económico bajo el Socialismo.
[ix] Ya no cabe duda dentro de la literatura científica acerca de esto. Ver Max Weber, "Wirtschaft nnd Cesellschaft" (Grundriss der Sozialökonomik, Vol. III), Tübingen, 1922, págs. 45-49; Adolf Weber, "Allgemeine Volkfiwirtschaftslehre", 4a edición, Munich y Leipzig, 1932, Vol. II, págs. 369 y siguientes; Brutzkus, "Die Lehren des Marxismus ira. I.ichte der russischen Revolution", Berlín, 1928, págs. 21 y siguientes; C. A. Verrijn Stuart, "Winstbejag txr.sw hehoeftenbevrediging" (Overdruk Economist, 76, Jaargang Aflevering 1), págs. 18 y siguientes; Pohle-Halm, "Kapitalismus nnd Sozialismns", 4? edición, Berlín, 1931, págs. 237 y siguientes.
[x] Característica de esta rama de la literatura es la obra recientemente publicada de C. Landauer Planwirtschaft und Verkehrswirtschaft" (Munich y Leipzig, 1931). Aquí el autor trata el problema del cálculo económico muy ingenuamente, al principio asegurando que en una sociedad socialista "las empresas individuales... podrían comprarse mutuamente, tal como las empresas capitalistas comercian entre ellas" (pág. 114). Pocas páginas más adelante explica que, "además de esto", el Estado socialista tendrá que "organizar alguna especie de auditoría de control"; el Estado será "el único capaz de hacerlo, porque a diferencia del Capitalismo, controla la producción misma" (pág. 122). Landauer no logra comprender por qué no es permitido sumar y restar cifras de diferentes denominaciones. Un taso así, evidentemente, es imposible de ser auxiliado.


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