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LA FRASE

"Los españoles pertenecemos a la categoría de colectivos a los que tradicional e históricamente preocupó mucho más la diferencia de clases y la injusticia socialque las libertades individuales.

Se perdona mal a los ricos y empresarios la ostentación y el agravio, mientras que los funcionarios públicos pueden difundir secretos, realizar escuchas, propagar infamias y otras mil maneras pergeñadas para el abuso del poder."

miércoles, febrero 28, 2007

Lectura: El cálculo económico en el sistema socialista (por Ludwig Von Mises) (y 2)


LA ORGANIZACIÓN DE LA PRODUCIÓN BAJO EL SOCIALISMO

1. La Socialización de los Medios de Producción

Todos los medios de producción pertenecen a la comunidad bajo el Socialismo. La comunidad dispone de ellos y decide en qué forma utilizarlos en la producción. La comunidad produce, los productos retornan a la comunidad, y ésta decide qué se va a hacer con ellos.

Los socialistas modernos, especialmente aquellos de tendencias marxistas, dan mucha importancia a designar como Sociedad a la comunidad socialista y a describir la transferencia de los medios de producción al control de tal comunidad como "socialización de los medios de producción". La expresión es aceptable en sí, pero no en el sentido en que se la utiliza, ya que permite ocultar uno de los principales problemas del Socialismo.

La palabra "sociedad" —y su adjetivo correspondiente "social"— tiene tres significados distintos. Primero, implica la idea abstracta de interrelaciones sociales, y segundo, la concepción concreta de la unión de los individuos mismos. Entre estos dos significados completamente diferentes, el lenguaje corriente ha adoptado un tercero: la sociedad abstracta se personifica en expresiones tales como "sociedad humana" o "sociedad civil".

Marx emplea el término con todos sus significados, lo que no importaría si dejara muy en claro la distinción. Pero hace justamente lo contrario. Los intercambia con la destreza de un prestidigitador si lo estima necesario. Cuando se refiere al carácter social de la producción capitalista, está empleando el término "social" en el sentido abstracto. Cuando habla de la sociedad que sufre durante los períodos en crisis, se está refiriendo a la sociedad personificada de la humanidad. Pero cuando habla de la sociedad que expropiará a los expropiadores y socializará los medios de producción, está hablando de un sindicato social de hecho. Y todos los significados se intercambian en los eslabones de sus argumentos cada vez que tiene que probar lo imposible de probar. La razón para ello es evitar el término "Estado" o su equivalente, ya que ese término les suena mal a todos aquellos que aman la libertad y la democracia, cuyo apoyo es necesario inicialmente para los marxistas. Un programa que entregara al Estado la responsabilidad general y la dirección de toda la producción no sería aceptado entre aquella gente. Es por ello que el marxismo tiene que encontrar en todo momento una fraseología que disfrace la esencia del programa, que logre esconder el abismo que separa a la democracia del Socialismo. No habla muy bien de los hombres que vivieron durante las décadas previas a la Guerra Mundial, el hecho que no supieran detectar tales sofismas.

La moderna doctrina del Estado entiende por "Estado" una unidad autoritaria, un aparato de compulsión caracterizado, no por sus metas, sino por su forma. Pero el Marxismo ha limitado arbitrariamente el significado de la palabra "Estado" para que no incluya al Estado Socialista. Sólo se denominan "Estados" aquellos estados o formas de organizaciones estatales que despiertan el disgusto de los escritores socialistas.
Para la organización futura a la cual aspiran, el término es rechazado furiosamente, por deshonorable y degradante. Se le llama "Sociedad". En esta forma la democracia social marxista podría al mismo tiempo contemplar la destrucción de la maquinaria del Estado existente, combatir ferozmente todos los movimientos anarquistas y desarrollar una política que llevara directamente a un estado omnipotente[i].

No importa en lo más mínimo qué nombre se da al aparato coercitivo de la comunidad socialista. Si empleamos la palabra "Estado", tenemos un término de uso corriente —excepto para la poco crítica literatura marxista—, una expresión que es generalmente comprendida y que evoca la idea que se intenta evocar. Pero no hay inconveniente en evitar tal término, ya que despierta sentimientos encontrados en mucha gente, y en reemplazarlo por la palabra "comunidad". La elección de la terminología es simplemente cuestión de estilo y no tiene importancia práctica.

Lo que sí es importante es el problema de la organización de este Estado o comunidad socialista. Cuando se trata de la expresión concreta de la voluntad del Estado, la lengua inglesa ofrece una distinción más sutil, permitiendo el uso del término gobierno en vez del de estado. Nada más indicado para evitar el misticismo extremo inspirado por las costumbres marxistas en ese sentido. Porque los marxistas se refieren locuazmente a expresar la voluntad de la sociedad, sin dar la menor indicación acerca de cómo la "sociedad" procedería a actuar. Sin embargo, la sociedad sólo puede actuar a través de aquellos órganos que ha creado.

Del concepto mismo de la comunidad socialista se desprende que el órgano de control debe ser unitario. Una comunidad socialista sólo puede tener un órgano definitivo de control que combine todas las funciones económicas y gubernativas. Evidentemente se podría subdividir y podría haber oficinas subordinadas a las cuales transmitir instrucciones definitivas. Pero la expresión unitaria de la voluntad común, que es el objeto esencial de la socialización de los medios de producción y de la producción misma, necesariamente implica que todas las oficinas encargadas de la supervisión de diferentes asuntos estarán subordinadas a una oficina. Esta tendrá la autoridad suprema para resolver todas las variaciones del objetivo común y unificar la meta ejecutiva.

Cómo se constituye y cómo logra expresarse la voluntad común a través de ella resulta secundario en la investigación de nuestro problema específico. No importa que tal órgano sea un príncipe absoluto o una asamblea de ciudadanos organizada como democracia directa o indirecta. No importa en qué forma concibe ese órgano su voluntad y cómo la expresa. Para nuestros propósitos debemos considerarlo real y no necesitamos gastar más tiempo pensando si podrá cumplirse, cómo podrá lograrse o si el Socialismo estará condenado a desaparecer porque es irrealizable.

Al comienzo de nuestra investigación deberemos postular que la comunidad socialista no cuenta con relaciones exteriores. Abarca el mundo entero con todos sus habitantes. Si la concibiéramos como limitada, de manera que sólo abarcara una parte del mundo y los habitantes de ella, deberemos suponer que no tiene relaciones económicas con los territorios y con los pueblos ajenos a esos límites. Discutiremos el problema de la comunidad socialista aislada. Las implicancias de la existencia contemporánea de varias comunidades socialistas las discutiremos cuando hayamos estudiado el problema general a fondo.

2. El Cálculo Económico en la Comunidad Socialista

La teoría del cálculo económico demuestra que en la comunidad socialista es imposible el cálculo económico.

En cualquiera empresa grande los departamentos individuales son independientes en cuanto a su contaduría. Pueden presupuestar el costo de materiales y de obra de mano, y resulta posible que un grupo individual efectúe un balance separado y sume los resultados de su actividad en cifras. Es así como es posible asegurarse cuán eficientemente han funcionado los departamentos por separado y tomar las decisiones correspon dientes respecto a la organización, limitación o expansión de dichos departamentos o la creación de nuevos departamentos. Naturalmente es inevitable que se produzcan algunos errores en tales cálculos. Ellos surgen en parte de la dificultad para fijar los costos de funcionamiento. Otros errores surgen de la necesidad de calcular en base a informaciones indefinidas, por ejemplo: cuando se calcula la posibilidad de ganancias de ciertos procesos, la depreciación de la maquinaria utilizada se determina adjudicando a esa maquinaria cierto plazo de vida útil. Pero todos esos errores pueden mantenerse dentro de límites estrechos que no influyen en el resultado total del cálculo. La duda que queda es atribuida a la incertidumbre de las condiciones futuras, inevitables en cualquier estado de cosas.

Parece natural, entonces, preguntar por qué los diferentes departamentos de producción de una comunidad socialista no podrían manejar cuentas separadas en la misma forma. Pero eso es imposible. Las cuentas separadas para un solo departamento de una misma empresa sólo son posibles cuando se establecen en el mercado precios de toda clase de bienes y servicios, dando una base para los cálculos. Allí donde no hay mercado no existe el sistema de precios, y allí donde no hay sistema de precios no puede haber cálculo económico.

Algunos pensarán que es posible permitir el intercambio entre los diferentes grupos de empresas para establecer un sistema de relaciones de intercambio (precios) y crear así una base para el cálculo económico dentro de la comunidad socialista. Sería posible organizar departamentos de industrias con administración separada dentro del marco de un sistema económico unitario que no reconoce la propiedad privada en los medios de producción, sometidos, naturalmente, a la suprema autoridad económica, pero capacitados para transferirse mutuamente bienes y servicios por un precio calculado en un medio común de intercambio. Así es como concibe la gente la organización productiva de la industria socialista cuando se habla de socialización completa y cosas semejantes. Pero nuevamente se evade el punto decisivo. Las relaciones de intercambio de bienes de producción sólo pueden establecerse en base a la propiedad privada de los medios de producción. Si el Sindicato del Carbón entrega carbón al Sindicato del Hierro, puede fijarse el precio sólo si ambos sindicatos son propietarios de los medios de producción de la industria. Pero eso ya no sería socialismo sino sindicalismo.

Para aquellos escritores socialistas que aceptan la teoría del valor de la mano de obra, el problema es, naturalmente, muy simple.

Dice Engels: "Apenas la sociedad toma posesión de los medios de producción y los aplica a la producción directamente social, la obra de mano de todos, por diferente que sea su utilidad específica, pasará a ser de inmediato obra de mano directamente social. La cantidad de trabajo social inherente a cualquier producto no requiere ser confirmada en forma indirecta; la experiencia diaria demostrará cuánto trabajo será necesario como término medio. La sociedad puede fácilmente calcular cuántas horas de trabajo requiere un motor a vapor, un hectolitro de trigo de la última cosecha o cien metros cuadrados de paño de cierta calidad. Evidentemente, la sociedad tendrá que averiguar cuánta obra de mano es necesaria para la fabricación de cada artículo de consumo. Tendrá que basar sus planes en un estudio de los medios de producción con que puede contar, y claro que la fuerza de trabajo cae dentro de esa categoría. La utilidad de los diferentes bienes de consumo comparados entre sí y contra la obra de mano necesaria para su producción determinará finalmente el plan a seguir. El pueblo decidirá fácilmente todo, sin la intervención del tan mentado valor"[ii].

No nos interesa repetir aquí los argumentos críticos contra la teoría del valor de la obra de mano. Sólo nos interesa en cuanto nos sirvan de ayuda para juzgar la posibilidad de hacer de la obra de mano la base del cálculo económico dentro de una comunidad socialista.

A primera vista parecería que los cálculos basados en la obra de mano toman en cuenta las condiciones naturales de la producción, como también las condiciones que surgen del elemento humano. El concepto marxista del tiempo de mano de obra socialmente necesario considera la ley de los rendimientos decrecientes en cuanto a resultados de diferentes condiciones naturales de producción. Si la demanda por un bien aumenta y hay que explotar condiciones naturales menos favorables, también aumenta el tiempo social necesario para la producción de una unidad. Si se descubren mejores condiciones de producción, entonces baja la porción de trabajo social[iii]. Pero eso no basta. La computación de los cambios en los costos de trabajo marginal sólo toma en cuenta las condiciones naturales hasta donde influyen en los costos de trabajo. Más allá de eso, el cálculo del trabajo falla. Por ejemplo, deja fuera el consumo de factores materiales de producción. Supongamos que el tiempo de trabajo socialmente necesario para producir dos bienes P y Q es de diez horas, y que la producción de una unidad de P y Q exige el material A, una unidad del cual requiere una hora de trabajo socialmente necesario, y que la producción de P involucra dos unidades de A y ocho horas de trabajo, y la de Q una unidad de A y nueve horas de trabajo. En el cálculo basado en tiempo de trabajo, P y Q son equivalentes, pero en el cálculo basado en el valor, P debería ser más valioso que Q. Este primer cálculo es falso. Sólo el último corresponde a la esencia y objetivo del cálculo económico. Es cierto que ese exceso con que P sobrepasa a Q, este substratum material "es proporcionado por la naturaleza sin ayuda del hombre"[iv]; pero siempre que sólo esté presente en cantidades tales que pase a ser un factor económico, también tiene que entrar en alguna forma en el cálculo económico.

La segunda deficiencia de la teoría del cálculo de trabajo es que no toma en cuenta las diferencias en la calidad del trabajo. Todo trabajo humano es económicamente homogéneo para Marx, porque siempre es "el gasto productivo del cerebro, músculos, nervios, manos, etc., humanos". "El trabajo especializado es tan sólo el trabajo simple intensificado, o mejor dicho multiplicado, de manera que una pequeña cantidad de trabajo especializado equivale a una mayor cantidad de trabajo simple". La experiencia demuestra que esta solución de trabajo especializado a trabajo simple sucede constantemente. Un bien podrá ser el producto de trabajo altamente especializado, pero su valor lo iguala con el producto del trabajo simple y representa sólo una cierta cantidad de trabajo simple[v]. Boehm- Bawerk tenía razón al describir este argumento como una genialidad de sorprendente candidez[vi]. Al criticarlo, puede convenientemente dejarse en suspenso el posible descubrimiento de una medida fisiológica unitaria de todo trabajo humano, tanto físico como "mental". Porque es un hecho que entre los mismos hombres existen diferencias de capacidad y de conocimientos que dan como resultado distintas calidades en los bienes y servicios producidos. Lo que finalmente resulta decisivo para la solución del problema de la factibilidad de emplear el trabajo como base para el cálculo económico es la interrogante acerca de si es posible asimilar diferentes clases de trabajo a un denominador común sin una evaluación de los productos por los consumidores. Es evidente que el argumento esgrimido por Marx sobre este punto ha fracasado. La experiencia demuestra que los bienes se intercambian sin considerar si son producto del trabajo especializado o del trabajo simple. Esto sólo probaría que una cantidad definida de trabajo simple es igual a una cantidad definida de trabajo especializado, siempre que se demuestre que la fuente del valor de intercambio fue el trabajo. Cosa que no se ha podido probar y es exactamente lo que Marx se dedicó a demostrar. El hecho que en el intercambio haya surgido una nueva relación entre el trabajo especializado y el trabajo simple bajo la forma de tasas de salario, punto al cual no se refiere Marx, no aporta una prueba de esa homogeneidad. Este proceso de igualación es el resultado del movimiento de mercado y no depende de la previa suposición. Los cálculos basados en el costo de la obra de mano, más que en valores monetarios, tendrían que establecer una relación puramente arbitraria para reducir el trabajo especializado a trabajo simple, lo que haría de ellos un instrumento inútil para la organización económica de los recursos. Por mucho tiempo se pensó que la teoría del valor del trabajo proporcionaba la base ética necesaria para la exigencia de socializar los medios de producción. Sabemos que fue un error. Aunque la mayoría de los socialistas han adoptado tal punto de vista y aunque el mismo Marx, con su opinión abiertamente no-ética, no pudo deshacerse de él, es evidente que, por una parte, las exigencias políticas de introducir el método socialista de producción no necesitan ni reciben apoyo de la teoría del valor del trabajo; mientras que, por otra parte, aquellos que piensan en distinta forma respecto a la naturaleza y causa del valor pueden también tender al socialismo. Desde otro punto de vista, empero, la teoría del valor del trabajo sigue siendo un dogma para los que abogan por el método socialista de producción. La producción socialista dentro de una sociedad basada en la división del trabajo sólo parece practicable si existe una unidad objetiva reconocida del valor, lo que permitiría el cálculo económico en una comunidad sin intercambio ni dinero. Y el trabajo parecería ser lo único que serviría ese propósito.

3. Las Recientes Doctrinas Socialistas y los Problemas del Cálculo Económico

El problema del cálculo económico es el problema fundamental del Socialismo. El hecho que durante décadas se haya hablado y escrito sobre Socialismo sin tocar tal problema demuestra claramente lo funestos que fueron los efectos de la renuencia de Marx de estudiar científicamente la naturaleza y el funcionamiento de una economía socialista[vii].

Probar que el cálculo económico sería imposible dentro de la comunidad socialista es probar también que el Socialismo es impracticable. Todo lo que se ha dicho a favor del Socialismo, durante los últimos cien años, en miles de discursos y artículos, toda la sangre derramada por sus partidarios no hacen del Socialismo algo que funcione bien. Las masas podrán desearlo ardientemente, se podrán producir revoluciones y guerras, pero nunca triunfará. Cada tentativa por implantarlo llevará al sindicalismo, o por otro camino, al caos, que muy pronto disolverá la sociedad, basada en la división del trabajo, en pequeños grupos
autosuficientes.

El descubrimiento de este hecho es evidentemente muy poco conveniente para los partidos socialistas, y socialistas de todo tipo han intentado refutar mis argumentos e inventar un sistema de cálculo económico para el Socialismo. No han tenido éxito. No han podido presentar un solo argumento que yo ya no hubiera descartado[viii]. Nada ha logrado descalificar las pruebas de que el cálculo económico es imposible bajo el Socialismo[ix].

Las tentativas de los bolcheviques rusos de hacer del Socialismo algo de la vida real y no un simple programa de partido, no se han enfrentado con el problema del cálculo económico bajo el Socialismo porque las Repúblicas Soviéticas existen en un mundo que crea precios en dinero para todos los medios de producción. Los gobernantes de las Repúblicas Soviéticas basan en esos precios los cálculos de acuerdo a los cuales toman sus decisiones. Si no fuera por esos precios, sus acciones carecerían de objetivos y de planificación. Sólo pueden calcular, llevar libros de contaduría y hacer planes si tienen como referencia ese sistema de precios. Su posición es la misma que la del estado y de las municipalidades socialistas de otros países: no ha surgido aún para ellos el problema del cálculo económico socialista. Las empresas estatales y municipales calculan en base a los precios de los medios de producción y de bienes de consumo que crea el mercado. Pero sería precipitado deducir que porque existen empresas estatales y municipales, es posible el cálculo económico socialista.

Sabemos que las empresas socialistas de un solo rubro de producción resultan únicamente porque reciben ayuda de su entorno no socialista. El estado y las municipalidades pueden mantener sus empresas propias porque los impuestos pagados por las empresas capitalistas cubren sus pérdidas. En la misma forma, Rusia ya se habría derrumbado si no hubiera sido apoyada financieramente por los países capitalistas. Pero mucho más importante que esta ayuda material prestada por la economía capitalista a las empresas socialistas es la asistencia mental. Sin las bases para el cálculo que el Capitalismo pone a disposición del Socialismo bajo la forma de precios de mercado, las empresas socialistas no podrían mantenerse, ni siquiera en rubros únicos de producción o en países individuales.

Los escritores socialistas podrán seguir publicando libros acerca de la decadencia del Capitalismo y el advenimiento del milenio socialista; podrán describir los males del Capitalismo en tonos dramáticos y compararlos con tentadores informes de las bendiciones de una sociedad socialista. Sus escritos podrán seguir impresionando a los insensatos, pero todo eso no cambiará el destino de la idea socialista[x]. El intento de reformar al mundo en tal sentido podría destruir la civilización, pero nunca lograría establecer una comunidad socialista que resultara exitosa.

4. El Mercado Artificial como Solución para el Problema del Cálculo Económico

Algunos entre los socialistas más jóvenes creen que la comunidad socialista solucionaría el problema del cálculo económico mediante la creación de un mercado artificial para los medios de producción. Reconocen que fue un error de los viejos socialistas el tratar de establecer el Socialismo por medio de la suspensión del mercado y de la abolición de los precios fijos para los bienes de orden más elevado. Sostienen también que fue un error ver en la supresión del mercado y del sistema de precios la esencia misma del ideal socialista. Insisten en que si no queremos caer en un caos sin sentido en el cual desaparecería nuestra civilización, tanto la comunidad socialista como la comunidad capitalista deberían crear un mercado en el que todos los bienes y servicios tengan su precio. En base a ese arreglo, creen que la comunidad socialista podría hacer sus cálculos tan fácilmente como los empresarios capitalistas.

Desgraciadamente, aquellos que apoyan esas proposiciones no ven (o no quieren ver) que no es posible el divorcio entre el mercado y sus funciones como regulador de precios, del rodaje de una sociedad basada en la propiedad privada en cuanto a medios de producción, en la cual y de acuerdo a las reglas de tal sociedad, los propietarios, capitalistas y empresarios pueden disponer de su propiedad en la forma que les parezca mejor. Porque la fuerza impulsora de todo el proceso que crea los precios de mercado para los factores de producción es la incesante búsqueda de los capitalistas y empresarios por aumentar sus ganancias acatando los deseos de los consumidores. Sin el esfuerzo de los empresarios (incluyendo a los accionistas) por aumentar sus ganancias, los propietarios sus rentas, los capitalistas los intereses y los trabajadores sus salarios, sería imposible que funcionara con éxito el mecanismo. Sólo la perspectiva de una buena ganancia lleva a la producción hacia esos canales en los cuales la demanda del consumidor se satisface al menor costo. Si la perspectiva de ganancias se pierde, falla el resorte que mueve el mecanismo del mercado, porque es esa perspectiva la que lo mueve y lo hace funcionar. Es así como el mercado constituye el punto focal del orden capitalista de la sociedad; es la verdadera esencia del Capitalismo. Sólo es posible bajo el Capitalismo, y no puede ser imitado "artificialmente" bajo el Socialismo.

Los que abogan por el mercado artificial opinan, sin embargo, que se puede crear un mercado artificial instruyendo a los contralores de las diferentes unidades industriales a actuar como si fueran empresarios de un estado capitalista. Sostienen que hasta en un régimen capitalista, los gerentes de las sociedades de accionistas trabajan no para ellos mismos, sino para las compañías, es decir, para los accionistas. Por lo tanto sería posible para ellos actuar en la misma forma, con la misma circunspección y dedicación al deber. La única diferencia sería que bajo el Socialismo el producto del trabajo del gerente iría a la comunidad y no a los accionistas. Es así como, en contraste con todos los socialistas que escribieran en el pasado sobre el tema, especialmente los marxistas, ellos creen que sería posible construir un Socialismo descentralizado, a diferencia del Socialismo centralizado.

Para poder juzgar tales proposiciones es necesario reconocer que, en primer lugar, esos contralores de las unidades industriales individuales tendrían que ser designados. Bajo el Capitalismo, los gerentes de las sociedades de accionistas son designados directa o indirectamente por los accionistas. Dando a esos gerentes el poder para producir por medio de las acciones de la compañía (de los accionistas mismos), ellos están arriesgando su propiedad o parte de ella. La especulación (porque es una especulación) puede tener éxito y originar ganancias, pero también puede fallar y causar la pérdida de todo o parte del capital. Este riesgo de poner el propio capital a disposición de una empresa cuyo resultado es inseguro, y de hombres cuya habilidad y capacidad no está probada, aunque se conozcan sus actuaciones anteriores, representa la esencia misma de las empresas de accionistas.

Constituye una absoluta falacia suponer que el problema del cálculo económico en la comunidad socialista se refiere sólo a asuntos de rutina diaria para los gerentes de las sociedades de accionistas. Es obvio que tal creencia sólo puede surgir de la concepción exclusiva de un sistema económico estacionario, sistema que, indudablemente, permite solucionar muchos problemas teóricos, pero que no tiene contrapartida en la vida real y que en forma excluyente podría llevar a error. Es evidente que en condiciones estacionarias no surge el problema del cálculo económico. Cuando pensamos en la sociedad estacionaria, pensamos en una economía en la cual todos los factores de producción están utilizados en tal forma que, en las debidas condiciones, proporcionen el máximo de las cosas más solicitadas por el consumidor. Es decir, bajo condiciones estacionarias no existe el problema que requiera el cálculo económico para su solución. La función esencial del cálculo económico ya ha sido efectuada "por hipótesis". No hay necesidad de un aparato calculador. Para emplear un término popular, pero insatisfactorio, podríamos decir que el problema del cálculo económico es de dinámica económica; no es un problema de estática económica.

El problema del cálculo económico es una situación que surge en una economía que está cambiando perpetuamente, una economía que se enfrenta cada día con nuevos problemas que hay que resolver. Ahora bien, para resolver esos problemas es necesario, antes que nada, que se retire el capital de ciertas líneas de producción, de ciertas empresas particulares, para ser aplicado a otras líneas de producción, a otras empresas. No es asunto de los gerentes de las sociedades de accionistas, es esencialmente asunto de los capitalistas, aquellos que venden y compran acciones, que efectúan préstamos y que los recuperan, que hacen depósitos en los bancos y los retiran, que especulan con toda clase de bienes. Son estas operaciones de capitalistas especuladores las que crean las condiciones en el mercado del dinero, en las bolsas de comercio y los mercados al por mayor, que tienen que ser aceptadas por el gerente de la sociedad de accionistas, el que, de acuerdo a los escritores socialistas que estamos analizando, debe concebirse nada más que como el empleado confiable y concienzudo de la compañía. Son los capitalistas especuladores los que crean la información que él tiene que ajustar a sus asuntos y que, por lo tanto, definen la dirección de sus operaciones comerciales.

De todo esto se desprende que la deficiencia fundamental de todas aquellas construcciones socialistas que invocan el "mercado artificial" y la competencia artificial para solucionar el problema del cálculo económico, estriba en que se basan en la creencia de que el mercado para los factores de producción sólo es afectado por los productores que venden y compran bienes. Es imposible eliminar de esos mercados la influencia del abastecimiento de capital por parte de los capitalistas y la demanda de capital por parte de los empresarios sin destruir el mecanismo mismo.

Frente a esta dificultad, el socialista probablemente propondrá que el Estado socialista, como propietario de todo el capital y de los medios de producción, sencillamente aplique el capital a aquellas empresas que ofrecen más ganancias. El capital disponible, sostendrá, debería destinarse a aquellas empresas que den más ganancias, pero eso significaría simplemente que los gerentes menos cautos y más optimistas recibirían capital para expandir sus empresas, en tanto que los gerentes más escépticos y más cautos no obtendrían nada. Bajo el Capitalismo, el capitalista decide a quién le va a confiar su propio capital.

No son en absoluto decisivas las opiniones de los gerentes de sociedades de accionistas respecto a las perspectivas futuras de sus empresas y las esperanzas de los programadores acerca de las posibilidades de ganancias de sus planes.

Lo que decide es el mecanismo del mercado del dinero y del mercado de capitales. De hecho, ésa es su principal función: servir al sistema económico en conjunto, juzgar las posibilidades de ganancias de diferentes alternativas y no obedecer ciegamente lo que proponen los gerentes de determinadas empresas, limitados por el estrecho horizonte de sus propias empresas.

Para comprender bien esto es esencial reconocer que el capitalista no solamente invierte su capital en aquellas empresas que ofrecen un alto interés o buenas ganancias; también trata de alcanzar un equilibrio entre sus deseos de ganancias y su riesgo de pérdidas. Tiene que tener visión. Si no la tiene, sufre pérdidas, pérdidas que llevan a que su gerencia sobre los factores de producción sea transferida a manos de otros que sepan medir en forma eficiente los riesgos y perspectivas de la especulación.

Si ha de permanecer socialista, el Estado socialista no puede entregar a otras manos esa gerencia sobre el capital, que permite la expansión de empresas ya existentes, la contracción de otras y la creación de empresas totalmente nuevas. No se puede suponer que los socialistas propondrían seriamente que esa función "simplemente" hiciera lo que los capitalistas y especuladores hacen bajo condiciones capitalistas, con la única diferencia que el producto de su visión no los beneficiaría a ellos sino a su comunidad. Proposiciones de esta índole podrían ser hechas a los gerentes de sociedades de accionistas. En cambio no podrían ser hechas a capitalistas y especuladores, porque ningún socialista discutiría que la función que ejecutan los capitalistas y especuladores bajo el Capitalismo —es decir, dirigir el empleo de los bienes de capital hacia la forma en que satisfagan mejor la demanda del consumidor— sólo la hacen porque los incentiva el preservar su propiedad y lograr ganancias para acrecentarla o, por lo menos, para poder vivir sin descapitalizarse.

De lo expuesto se desprende que la comunidad socialista no tiene otra alternativa que colocar su disponibilidad de capital en manos del Estado, o para ser más exacto, en manos de los hombres que, al detentar la autoridad, llevan los negocios del Estado. Esto significa la eliminación del mercado, que es en realidad la meta fundamental del Socialismo, porque el dominio de la actividad económica por el mercado implica organización de la producción y distribución del producto según las disponibilidades del poder adquisitivo de los miembros individuales de la sociedad que influyen sobre el mercado; es decir, implica precisamente aquello que el Socialismo se ha propuesto eliminar.

Si los socialistas tratan de menospreciar el significado del problema del cálculo económico dentro de la comunidad socialista, aduciendo que las fuerzas del mercado no llevan a arreglos justificables, demuestran simplemente que no entienden el problema. No es cuestión de elegir entre producir cañones o ropas, viviendas o iglesias, lujos o la mera subsistencia. En un orden social, hasta bajo el Socialismo, se puede decidir fácilmente qué clase y qué cantidad de bienes de consumo se deberían producir. Nadie pone esto en duda. Pero una vez que se toma la decisión, persiste el problema de descubrir en qué forma podrían emplearse mejor los medios de producción para producir los bienes en cuestión. Para solucionar dicho problema tiene que existir un cálculo económico, y tal cálculo económico sólo puede efectuarse dentro de una sociedad que está basada en la propiedad de los medios de producción, por medio de precios en dinero para los bienes de producción que salen al mercado. Lo que equivale a decir que tienen que existir precios en dinero para la tierra, para la materia prima, para los productos semifabricados. Tienen que existir salarios en dinero y tasas de interés.

Por lo tanto, la alternativa sigue siendo: socialismo o economía de mercado.

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[i] Ver la crítica de Kelsen, "Staat und Gesellschaft", en Sozialismus ud Staat, (Leipzig, 1923), págs. 11 y siguientes.
[ii] Engels, Herrn Engen Dührings Umwälzung der Wissenschaft, págs. 335 y siguientes Nota del editor: En la edición inglesa, Anti-Dühring: Herrn Eugen Dühring's y su Revolución en la Ciencia, págs. 429 y siguientes
[iii] Marx, Das Kapital, Vol. 1, págs. 5 y siguientes. Nota del Editor: En inglés, ver Marx, Karl. Capital: A Critique of Political Economy. 3 volúmenes. Vol. 1. El Proceso de Producción Capitalista. Traducido de la tercera edición alemana por Samuel Moore y Edward Aveling. Editado por Frederick Engels. Revisado v ampliado de acuerdo a la cuarta edición alemana por Ernest Untermann. Chirago: (Charles H. Kerr & Co., 1906. (Nota: E.ste Volumen I, también reimpreso por Random House como Modern Library Ciant, con las mismas páginas que la edición de Kerr). Vol. I I . The Process of Circulation of Capital. The Process of Capitalist Production as a Whole. Ambos volúmenes U y III fueron traducidos por Ernest Untermann y editados por Frederick Engels. Ambos fueron publicados por el mismo Charles H. Kerr & Co. de Chicago en 1909. En esta nota, págs. 5 y siguientes se refieren a págs. 45 y siguientes en el inglés.
[iv] Ibid., págs. 5 y siguientes. Nota del Editor: págs. 50 y siguientes en la traducción inglesa.
[v] Ibid., págs. 10 y siguientes. Nota del Editor: págs. 55 y siguientes en la traducción inglesa.
[vi] 19 Böhm-Bawerk, Kapital und Kapitalzins, Vol. I, 3ª edic. (lnnsbruck, 1914), pág. 531. Nota del Editor: Bohm-Bawerk, obra en 3 volúmenes en ingles: Böhm-Bawerk, Eugen von Capital and Interest. 3 volúmenes. (South Holland, Illinois: Libertarian Press, 1959). Vol. I. History and Critique of interest Theories. Traducido por George D. Huncke y Hans F. Sennholz.
[vii] 20 Podemos indicar aquí que ya en 1854 Gossen sabía que "sólo a través de la propiedad privada se encuentra la medida para determinar la cantidad de cada bien que convendría producir bajo determinadas condiciones. Por lo tanto, la autoridad central, propuesta por los comunistas, para la distribución de las diversas tareas y para su recompensa, descubriría muy luego que había emprendido un trabajo cuya solución sobrepasa las habilidades del hombre individual". (Gossen. Entwicklung der Gesetze des menschlichen Verkehrs, nueva edición [Berlín, 1889], pág. 231). Pareto (Cours d'Economie Politique, Vol. II, Lausanne, 1897, págs. 364 y siguientes) y Barone (Il Ministro della Produzione nello Stato Colectivista in Giornale degli Economisti, Vol. XXXVII, 1908, págs. 409 y siguientes) no legaron al meollo del asunto. Pierson reconoció, abierta y completamente, el problema en 1902, Ver su Das Wertproblem in der sozialisttichen Gesellschaft (traducción alemana porHayek, Zeitschrift für Volkswirtschaft, New Series, Vol. IV, 1925, págs. 607 y siguientes). Nota del Editor: Tanto el artículo de Barone ("The Ministry of Production in the Collectivist State", págs. 245-290) como el artículo de Pierson ("The Problem of Valué in the Socialist Society", págs. 41-85) están incluidos en el Collectivist Economic Planning, editado por Hayek.
[viii] He discutido brevemente las más importantes réplicas en esos dos ensayos: "Neue Beiträge zum Problem der sozialistischen Wirtscha chnung" (Archiv für SoziWtomfn.se/ifl/>, Vol. LI, págs. 488-500) y "Nene Schriften zum Problem der sozialút Wirtfschaftfirechnung" (Ibid., Vol. LX, págs. 187-190). Nota del Editor: “Nette Beitrage zum Problem der sozialistischen Wirtschaftsrechnting” aparece como apéndice de este libro en la pág. 473. El segundo ensayo mencionado por Mises en esta nota fue publicado en 1928 y no ha sido traducido al inglés. El ensayo era una revisión de la moderna y reciente literatura sobre el cálculo económico bajo el Socialismo.
[ix] Ya no cabe duda dentro de la literatura científica acerca de esto. Ver Max Weber, "Wirtschaft nnd Cesellschaft" (Grundriss der Sozialökonomik, Vol. III), Tübingen, 1922, págs. 45-49; Adolf Weber, "Allgemeine Volkfiwirtschaftslehre", 4a edición, Munich y Leipzig, 1932, Vol. II, págs. 369 y siguientes; Brutzkus, "Die Lehren des Marxismus ira. I.ichte der russischen Revolution", Berlín, 1928, págs. 21 y siguientes; C. A. Verrijn Stuart, "Winstbejag txr.sw hehoeftenbevrediging" (Overdruk Economist, 76, Jaargang Aflevering 1), págs. 18 y siguientes; Pohle-Halm, "Kapitalismus nnd Sozialismns", 4? edición, Berlín, 1931, págs. 237 y siguientes.
[x] Característica de esta rama de la literatura es la obra recientemente publicada de C. Landauer Planwirtschaft und Verkehrswirtschaft" (Munich y Leipzig, 1931). Aquí el autor trata el problema del cálculo económico muy ingenuamente, al principio asegurando que en una sociedad socialista "las empresas individuales... podrían comprarse mutuamente, tal como las empresas capitalistas comercian entre ellas" (pág. 114). Pocas páginas más adelante explica que, "además de esto", el Estado socialista tendrá que "organizar alguna especie de auditoría de control"; el Estado será "el único capaz de hacerlo, porque a diferencia del Capitalismo, controla la producción misma" (pág. 122). Landauer no logra comprender por qué no es permitido sumar y restar cifras de diferentes denominaciones. Un taso así, evidentemente, es imposible de ser auxiliado.


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Nota del autor del blog: La reproducción de este texto se hace sin ánimo de lucro y con fines exclusivamente divulgativos.

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Ludwig Von Mises Institute

lunes, febrero 26, 2007

Lectura: El cálculo económico en el sistema socialista (por Ludwig Von Mises) (1)

EL CÁLCULO ECONÓMICO Y LA ECONOMÍA CAPITALISTA


1. Contribución a la Crítica del concepto "actividad económica"

La ciencia económica tuvo su origen en la discusión sobre el precio, en dinero, de bienes y servicios. Sus inicios se encuentran en investigaciones sobre el acuñamiento de monedas, que derivaron hacia investigaciones sobre las fluctuaciones de precios. El dinero, los precios en dinero y todo lo concerniente a cálculos en dinero, constituyen los problemas de los cuales surgió la ciencia de la economía. Tales intentos de investigación econ6mica, discernibles ya en tratados sobre administración casera y organización de la producción, especialmente de tipo agrícola, no siguieron desarrollándose en la misma dirección. Pasaron a ser sólo el punto de partida para diversos departamentos de tecnología y de ciencias naturales. No sucedió así por accidente, pues solo a través de la racionalización inherente a los cálculos económicos basados en el empleo del dinero podía la mente humana comprender y seguir la huella de su acción.

Los primeros economistas no se preguntaron qué significaban en realidad "economía" y "actividad económica". Ya tenían suficientes problemas con las grandes tareas que presentaban los temas específicos que los preocupaban. No los inquietaba la metodología. Sólo mucho después empezaron a lidiar con los métodos y objetivos finales de la economía y con su lugar dentro del sistema general de conocimientos.

Fue entonces cuando se encontraron con un obstáculo aparentemente insuperable: el problema de definir el tema mismo de la actividad económica.

Todas las investigaciones teóricas, tanto las de los economistas clásicos como las de los modernos, se inician con el principio económico. Sin embargo, como se vio muy luego, éste no proporciona una base para definir claramente el tema mismo de la economía. El principio económico es un principio general de acción racional y no un principio específico de la acción que constituye el tema de la investigación económica [i]. El principio económico es un principio que dirige toda acción racional, toda acción capaz de llegar a ser el tema base de una ciencia. En cuanto a lo que a problemas económicos tradicionales se refiere, parecía absolutamente ineficaz para separar lo "económico" de lo "no económico"[ii] .

Por otra parte, era igualmente imposible dividir las acciones racionales de acuerdo a los fines inmediatos a los cuales estaban dirigidas y a considerar como tema de la economía sólo aquellas acciones dirigidas a proporcionar a la humanidad artículos de comercio del mundo exterior. La objeción decisiva contra tal procedimiento es que, en último análisis, la provisión de bienes materiales no sólo sirve aquellos fines generalmente denominados "económicos", sino también otros fines.

Tal división de los motivos de acción racional involucra una doble concepción de la acción: por una parte, la acción basada en motivos económicos y, por otra, la acción fundada en motivos no-económicos, concepto que es absolutamente irreconciliable con la necesaria unidad de voluntad y acción. Una teoría de la acción racional debe concebir esa acción como unitaria.

2. Acción racional

La acción basada en la razón, que por lo tanto sólo puede ser comprendida por la razón, sólo tiene un objetivo: el mayor placer del sujeto actuante. Sus intenciones son: lograr el placer y evitar el dolor. Naturalmente, al hablar de placer y dolor no usamos estos términos en el sentido tradicional.

En la terminología del economista moderno, por placer se entiende todo aquello que los hombres encuentran deseable, todo aquello por lo cual luchan y se esfuerzan. No cabe, por lo tanto, ninguna comparación entre la "noble" ética del deber y la baja ética hedonista. El concepto moderno del placer, de la felicidad, de la utilidad y de la satisfacción incluye todos los fines humanos, sean los motivos de la acción morales o inmorales, nobles o innobles, altruistas o egoístas[iii].

En general, los hombres actúan porque no están totalmente satisfechos. Si gozaran siempre de felicidad completa, carecerían de voluntad, de deseos, de acción. En el país de los comedores de lotos no existe la acción. La acción surge de la necesidad, de la insatisfacción. Es una lucha por conseguir algo. Su objetivo final es salir de una condición considerada deficiente, llenar una necesidad, lograr una satisfacción o aumentar la felicidad. Si los hombres contaran con todos los recursos de la naturaleza en abundancia, para lograr la satisfacción completa por medio de la acción, utilizarían esos recursos indiscriminadamente; sólo tendrían que considerar sus propios poderes y el tiempo limitado del cual dispondrían. Porque, comparada con la suma de sus necesidades, sólo tendrían una fuerza y un plazo de vida limitado con el cual contar. Tendrían que economizar siempre tiempo y trabajo, pero permanecerían indiferentes a la economía de materiales. De hecho, los materiales también son limitados, por lo cual deben ser empleados en forma tal que se satisfagan primero las necesidades más urgentes, con el gasto mínimo de materiales para satisfacer cada necesidad.

Por lo tanto, las esferas de acción racional y de acción económica son coincidentes. Toda actividad económica es una acción racional. Toda acción racional es, ante todo, una acción individual. Sólo el individuo piensa. Sólo el individuo razona. Sólo el individuo actúa. Lo que demostraremos más adelante en nuestra exposición es cómo de la acción de los individuos surge la sociedad.

3. Cálculo económico

Hasta donde es racional, toda acción humana aparece como el intercambio de una condición por otra. El hombre invierte bienes económicos, tiempo y trabajo en aquello que en determinadas circunstancias le promete un mayor grado de satisfacción, abandonando la satisfacción de necesidades menores para satisfacer necesidades más urgentes. Esta es la esencia de la actividad económica: la ejecución de actos de intercambio[iv].

Todo hombre que en el curso de la actividad económica elige entre dos necesidades, de las cuales sólo puede satisfacer una, está ejerciendo un juicio de valor[v]. Este juicio se refiere en primer lugar y directamente a las satisfacciones mismas; de ellas pasa a reflejarse sobre los bienes. En general, toda persona en pleno uso de sus sentidos es capaz de evaluar bienes dispuestos para el consumo. En condiciones simples, tampoco le sería muy difícil formarse un juicio respecto al significado relativo de los factores de producción. Sin embargo, cuando las situaciones se complican y se hace más difícil detectar la relación entre las cosas, tendremos que efectuar operaciones más delicadas si pretendemos evaluar esos instrumentos. El hombre individualmente puede decidir fácilmente si aumentará sus cacerías o sus cultivos. Los procesos de producción que tiene que tomar en cuenta son relativamente breves. Los gastos que demandan y el producto que entregan pueden calcularse simplemente en conjunto. Pero decidir si se utilizará una caída de agua para la producción de electricidad, o para expandir una mina de carbón y aprovechar la energía contenida en el carbón, ya es cosa muy distinta. En tal caso los procesos de producción son tan largos y variados, las condiciones requeridas para el éxito de la empresa son tan múltiples, que ya no bastan las ideas vagas. Para averiguar si una empresa es segura, tenemos que efectuar cálculos minuciosamente.

La computación exige unidades. No puede haber unidad de valor-uso subjetivo de las necesidades. La unidad marginal no da unidades de valor. El valor de dos determinadas necesidades no es necesariamente el doble de una, aunque es forzosamente mayor o menor que la de una. Los juicios de valor no constituyen una medida: sólo ordenan y gradúan[vi]. Hasta el individuo aislado, en aquellos casos en que la solución no es evidente a primera vista, no logrará llegar a una decisión basada en computaciones más o menos exactas si sólo cuenta con una evaluación subjetiva. Para apoyar sus cálculos tiene que establecer relaciones de sustitución entre las necesidades. En general, no le será posible reducir todos los elementos de computación a una unidad común, pero podría lograr reducirlos a aquellas necesidades que pueden evaluarse inmediatamente, es decir, a bienes listos para el consumo y a la inutilidad del trabajo, para luego basar su decisión sobre esas evidencias. Hasta eso, obviamente, es imposible, salvo en casos muy sencillos. No podría aplicarse en procesos de producción largos y complicados.

En una economía de intercambio, el valor objetivo de intercambio de los bienes de consumo pasa a ser la unidad de cálculo. Esto encierra tres ventajas. En primer lugar, podemos tomar como base del cálculo la evaluación de todos los individuos que participan en el comercio. La evaluación subjetiva de un individuo no es directamente comparable con la evaluación subjetiva de otros. Sólo llega a serlo como valor de intercambio surgido del juego de las evaluaciones subjetivas de todos aquellos que participan en la compra y venta. En segundo lugar, los cálculos de esta índole proporcionan control sobre el uso apropiado de los medios de producción. Permiten a aquellos que desean calcular el costo de complicados procesos de producción, distinguir inmediatamente si están trabajando tan económicamente como otros. Si a los precios del mercado no logran sacar ganancias del proceso, queda demostrado que los otros son más capaces de sacar provecho de los bienes instrumentales a que nos referimos. Finalmente, los cálculos basados sobre valores de intercambio nos permiten reducir los valores a una unidad común. Desde el momento que las variaciones del mercado establecen relaciones sustitutivas entre los bienes de consumo, se puede elegir para ello cualquier bien de consumo que se desee. En una economía de dinero, el dinero es el bien elegido. Mas, los cálculos de dinero tienen su límite. El dinero no es una medida de valor o de precios. El dinero no "mide" el valor. Tampoco se miden los precios en dinero: son cantidades de dinero. Y aunque aquellos que describen el dinero como "standard de pago diferido" lo crean ingenuamente, un bien de consumo no es un valor estable. La relación entre el dinero y los bienes de consumo no sólo fluctúa en cuanto a los bienes de consumo, sino también en cuanto al dinero. En general, tales fluctuaciones no son muy violentas. No perjudican en forma importante a los cálculos económicos, porque en un estado de continuo cambio de las condiciones económicas, este cálculo sólo abarca períodos relativamente cortos, en los que la "moneda dura", por lo menos, no cambia su valor adquisitivo en forma importante.

Las deficiencias de los cálculos en dinero surgen, generalmente, no porque se hayan hecho en términos de un medio de intercambio general, sino porque se basaron en valores de intercambio más que en valores subjetivos de uso. Por ejemplo, si estamos estudiando las conveniencias de una planta hidroeléctrica, no podremos incluir en los cómputos el perjuicio que ella podría significar en la belleza misma de la caída de agua, salvo que tomáramos en cuenta la baja del valor que produciría la disminución del movimiento turístico en esa región. Sin embargo, tendremos forzosamente que tomarlo en cuenta cuando decidamos si se llevará a cabo la empresa.

Tales consideraciones son frecuentemente juzgadas como "no-económicas". Aceptaremos la terminología, porque la discusión respecto a términos no nos llevaría a ninguna parte. Pero no se puede decir que todas las consideraciones de esa índole sean irracionales. La belleza de un lugar o de un edificio, la salud de toda una raza, el honor de los individuos o de todo un país, aun cuando no tienen relaciones de intercambio (porque no se comercian en el mercado), son otros tantos motivos de acción racional, siempre que la gente las considere significativas como aquellas llamadas normalmente económicas. El que ellas no entren en los cálculos de dinero se debe a la naturaleza misma de tales cálculos. Pero eso no disminuye en absoluto el valor de los cálculos de dinero en los asuntos generales de la economía. Porque todos esos bienes morales son bienes de primer orden. Podemos valorizarlos directamente y luego no encontrar dificultad para tomarlos en cuenta, aunque no caigan dentro de la esfera de los cómputos de dinero. El hecho de que escapen de dichos cómputos no presenta mayores dificultades para tomarlos en cuenta. Si sabemos exactamente cuánto hay que pagar por la belleza, por el honor, por la salud, por el orgullo, etc., nada nos impide tomarlos en cuenta. La gente muy sensible sufrirá al tener que elegir entre lo ideal y lo material, pero no se puede culpar de ello a la economía del dinero. Está dentro de la naturaleza misma de las cosas. Cuando logramos llegar a juicios de valor, sin recurrir a cómputos de dinero, no podemos evitar esa elección. Tanto el individuo como las comunidades socialistas tendrían que hacer lo mismo, y las personas verdaderamente sensibles no lo encontrarían doloroso. Llamados a elegir entre el pan y el honor, sabrán siempre cómo actuar. Si no se puede comer el honor, se puede, por lo menos, dejar de comer por el honor. Sólo aquellos que temen la angustia de la decisión, porque saben en su fuero interno que no pueden prescindir de lo material, considerarán la necesidad de elección como una profanación.

Los cómputos de dinero sólo tienen significado en cuanto a cálculos económicos. Son utilizados para que la distribución de los bienes de consumo se haga de acuerdo al criterio económico. Tales cálculos sólo toman en cuenta las necesidades en la proporción en que, bajo determinadas condiciones, sean intercambiables por dinero. Toda expansión de la esfera de cálculos de dinero induce a error. En la investigación histórica, llevan a error cuando se les utiliza como medida pretérita de valores de bienes de consumo. Inducen a error cuando se utilizan para evaluar el capital o la renta nacional de un país. Igualmente, llevan a error cuando se emplean para calcular el valor de cosas que no son intercambiables, como, por ejemplo, cuando se trata de calcular las pérdidas ocasionadas por la emigración que sigue a una guerra[vii]. Todo eso es diletantismo, aunque sea llevado a cabo por los economistas más competentes. Pero dentro de esos límites —y en la vida práctica no son sobrepasados—, los cálculos de dinero hacen todo aquello que podemos exigirles. Proporcionan un guía dentro de la desconcertante inmensidad de posibilidades económicas. Nos permiten aplicar juicios de valor que se refieren directamente sólo a los bienes de consumo o, cuando mucho, a los bienes de producción más comunes, hasta los bienes más elevados. Sin ellos, toda producción por medio de largos y complicados procesos sería como avanzar en la oscuridad.

Dos cosas son necesarias si van a llevarse a cabo cómputos de valor en términos de dinero. Primero, se intercambiarán no sólo bienes listos para el consumo, sino también bienes de naturaleza más elevada. Si no fuera así, no surgiría un sistema de relaciones de intercambio. Es cierto que si un hombre está "intercambiando" su trabajo por harina para pan dentro de su propia casa, las consideraciones que tiene que tomar en cuenta no son diferentes de aquellas que dirigirían sus actos si se tratara de cambiar pan por ropa en el mercado. Por lo tanto, es perfectamente correcto considerar toda actividad económica, hasta la actividad económica del hombre solo, como intercambio. Pero ningún hombre, aunque fuese un genio, tiene la capacidad intelectual para decidir la importancia relativa de cada uno de un número infinito de bienes de naturaleza más elevada. Ningún individuo podría discriminar tan bien entre el número infinito de métodos alternativos de producción como para aplicar juicios directos acerca de su valor relativo sin cálculos auxiliares. En sociedades basadas en la división del trabajo, la distribución de los derechos de propiedad lleva a una especie de división mental del trabajo, sin la cual sería imposible la economía o la producción sistemática.

En segundo lugar, tiene que haber un medio general de intercambio, de dinero, en uso. Y éste tiene que servir como intermediario en el intercambio de bienes de producción, al igual que del resto: si no fuera así, sería imposible reducir todas las relaciones de intercambio a un denominador común.

Sólo en condiciones muy simples se puede prescindir de cálculos de dinero. En el círculo estrecho del hogar, donde el padre es capaz de supervisarlo todo, puede que éste logre evaluar alteraciones en los métodos de producción sin tener que recurrir a cálculos de dinero, porque en esas circunstancias la producción se lleva a cabo con relativamente poco capital. Se utilizan pocos métodos de producción complicados. En general, la producción se concentra en bienes de consumo o bienes de orden más elevado, que no difieren mucho de los bienes de consumo. La división del trabajo está aún en las primeras etapas. El trabajador saca adelante la producción de un bien de comienzo a fin. Todo esto cambia en una sociedad desarrollada. Es imposible argumentar, de acuerdo a la experiencia de las sociedades primitivas, que en las actuales condiciones modernas podemos desentendernos del dinero.

En las condiciones simples de un hogar es posible vigilar todo el proceso de producción desde su iniciación hasta el final. Es posible juzgar si un determinado proceso entrega más bienes de consumo que otro. Pero en las infinitamente más complicadas condiciones actuales eso ya no es posible. Cierto es que una sociedad socialista vería que 1.000 litros de vino son mejor que 800 litros. Podría decidir si no serían preferibles 1.000 litros de vino a 500 litros de aceite. Esa decisión no exigiría cálculo alguno. La voluntad de un hombre tomaría la decisión. Pero la verdadera administración económica, la adaptación de los medios a los objetivos, sólo empieza cuando esa decisión ya se ha tomado. Esa adaptación sólo es posible mediante el cálculo económico. La mente humana se encontraría perdida en el desconcertante caos de alternativas de materiales y procesos. Al tener que decidir entre diferentes procesos o centros de producción, nos encontraríamos desconcertados[viii].

Suponer que una sociedad socialista podría reemplazar los cálculos en dinero por cálculos en especies, es tan solo una ilusión. Dentro de una comunidad que no practica el intercambio, los cálculos en especies sólo pueden abarcar los bienes de consumo. Fallan por completo cuando se trata de bienes de orden más elevado. Cuando una sociedad abandona la libertad de precios de los bienes de producción, se hace imposible la producción racional. Cada paso que aleja de la posesión privada de los medios de producción y el uso del dinero es un paso más que nos aleja de la actividad económica racional.

Todo esto fue posible porque el socialismo, como sabemos, sólo existe en oasis socialistas, por decirlo así, dentro de lo que para el resto del mundo es un sistema basado en la libertad de intercambio y del uso del dinero. Hasta allí podríamos estar de acuerdo con el otro argumento socialista, empleado sólo para efectos de propaganda: que las empresas nacionalizadas y municipalizadas, dentro de un sistema capitalista en lo demás, no constituyen socialismo. La existencia de un sistema de libertad de precios simultáneo significa tanto apoyo para esas empresas, que no aflora para ellas la particularidad esencial de la actividad económica del socialismo. En las empresas estatales y municipales es posible llevar a cabo mejoras técnicas, porque es posible observar los efectos de mejoras similares en empresas privadas nacionales y extranjeras. En tales asuntos es posible asegurarse acerca de las ventajas de la reorganización, porque están rodeadas de una sociedad que permanece aún basada en la propiedad privada en cuanto a medios de producción y empleo del dinero. Para ellas sigue siendo posible llevar libros y sacar cálculos que estarían absolutamente fuera de lugar en un medio puramente socialista.

La actividad económica es absolutamente imposible sin cálculos. Desde el momento en que los cálculos económicos son imposibles bajo el socialismo, quiere decir que en el socialismo no puede haber actividad económica tal como nosotros la entendemos. La acción racional podría persistir en cosas pequeñas e insignificantes. Pero, en general, no sería posible hablar de producción racional. En ausencia de una racionalidad de criterio, la producción no podría ser conscientemente económica.

Quizás si la tradición acumulada a través de miles de años de libertad económica podría preservar el arte de la administración económica de la desintegración total. Los hombres mantendrían los antiguos procesos, no por ser racionales, sino por estar santificados por la tradición. Sin embargo, las condiciones cambiantes en el intertanto los haría irracionales. Pasarían a ser antieconómicos, como resultado de los cambios impuestos por la decadencia general del pensamiento económico.

Es cierto que la producción ya no sería "anárquica". La autoridad suprema gobernaría el abastecimiento. En vez de la economía de producción "anárquica", pasaría a regir el orden sin sentido racional. Las ruedas girarían, pero sin efecto.

Tratemos de imaginar la posición de una comunidad socialista. Habrá cientos de miles de establecimientos que trabajan continuamente. Una minoría de éstos producirá bienes listos para el consumo. La mayoría producirá bienes de capital y productos semimanufacturados. Todos estos establecimientos estarán estrechamente relacionados entre sí. Cada bien pasará por una serie de establecimientos antes de estar listo para el consumo. Sin embargo, la administración económica no tendrá realmente una dirección en medio de la presión de tantos procesos diferentes. No tendrá manera de asegurarse si tal o cual parte del trabajo es realmente necesaria, o si no se estará gastando demasiado material para completar su fabricación. ¿Cómo podría descubrir cuál de los dos procesos es más satisfactorio? Cuando más, podría comparar la cantidad de productos entregados, pero sólo en contados casos podría comparar los gastos incurridos en su producción. Sabría exactamente, o creería saberlo, qué es lo que está tratando de producir. Por lo tanto, tendría que obtener los resultados deseados con el gasto mínimo. Pero para lograrlo tendría que sacar cálculos, y esos cálculos tendrían que ser cálculos del valor. No podrían ser tan sólo "técnicos", ni podrían ser cálculos sobre el valor-uso de los bienes y servicios. Esto es tan obvio que no necesita pruebas adicionales.

Bajo un sistema basado en la propiedad privada de los medios de producción, la escala de valores es el resultado de las acciones de cada miembro independiente de la sociedad. Todos, hacen un doble papel en ella, primero como consumidores y segundo como productores. Como consumidor, el individuo establece el valor de bienes listos para el consumo. Como productor, orienta los bienes de producción hacia aquellos usos que rendirán más. Es así como los bienes de un orden más elevado también se gradúan en forma apropiada a las condiciones existentes de producción y de la demanda dentro de la sociedad. El juego de estos dos procesos garantiza que el principio económico sea observado tanto en el consumo como en la producción. Y en esta forma surge el sistema exactamente graduado que permite a todos enmarcar su demanda dentro de las líneas económicas.

Bajo el socialismo, todo esto no ocurre. La administración económica puede establecer exactamente qué bienes son más urgentemente necesarios, pero eso es sólo parte del problema. La otra mitad, la evaluación de los medios de producción, no se soluciona. Puede averiguar exactamente el valor de la totalidad de tales instrumentos. Obviamente, ése es igual al valor de las satisfacciones que pueden darse. Si se calcula la pérdida en que se incurriría al retirarlos, también se podría averiguar el valor de instrumentos únicos de producción. Pero no puede asimilarlos a un denominador común de precios, como podría ser bajo un sistema de libertad económica y de precios en dinero.

No es necesario que el socialismo prescinda totalmente del dinero. Es posible concebir arreglos que permitan el empleo del dinero para el intercambio de bienes de consumo. Pero desde el momento en que los diversos factores de producción (incluyendo el trabajo) no pudieran expresarse en dinero, el dinero no jugaría ningún papel en los cálculos económicos[ix].

Supongamos, por ejemplo, que la comunidad de países socialistas estuviera planeando un nuevo ferrocarril. ¿Sería ese nuevo ferrocarril realmente conveniente? Si lo fuera, ¿cuánto terreno debería servir? Bajo el sistema de propiedad privada podríamos decidir esas interrogantes por medio de cálculos en dinero. La nueva red de ferrocarril abarataría el transporte de determinados artículos, y en base a ello podríamos calcular si la diferencia en los cargos de transporte justificaría los gastos de construcción y funcionamiento del ferrocarril. Un cálculo así sólo podría hacerse en dinero. No podríamos hacerlo comparando gastos y ahorros en especies. Es absolutamente imposible reducir a unidades corrientes las cantidades de trabajo especializado y no especializado, el hierro, carbón, materiales de construcción, maquinaria y todas las demás cosas que exige el mantenimiento de un ferrocarril, por lo cual es imposible también reducirlos a unidades de cálculo económico. Sólo podremos trazar planes económicos cuando todo aquello que acabamos de enumerar pueda ser asimilado a dinero. Es cierto que los cálculos de dinero no son completos. Es cierto que presentan grandes deficiencias, pero no contamos con nada mejor para reemplazarlos, y, bajo condiciones monetarias seguras, satisfacen todos los objetivos prácticos. Si los dejamos de lado, el cálculo económico se hace absolutamente imposible.

No queremos decir con esto que la comunidad socialista se encontraría totalmente desorientada. Tomaría decisiones a favor o en contra de la empresa propuesta y dictaría una orden. Pero, en el mejor de los casos, esa decisión se basaría tan sólo en vagas evaluaciones. No podría basarse en cálculos exactos de valor.

Una sociedad estacionaria podría, efectivamente, prescindir de esos cálculos. En tal caso, las operaciones económicas sólo se repetirían. Por lo tanto, si aceptamos que el sistema socialista de producción estaría basado en el último estado del sistema de libertad económica que había superado, y que no habría más cambios en el futuro, podríamos concebir un socialismo racional y económico. Pero sólo en teoría. Un sistema económico estacionario no puede existir. Las cosas cambian constantemente, y el estado estacionario, aunque necesario como apoyo para la especulación, es una suposición teórica que no existe en la realidad. Además, el mantener lazos con el último estado de economía de intercambio sería imposible, ya que la transición hacia el socialismo, con su nivelación de rentas, transformaría necesariamente todo el juego de consumo y producción. Tenemos entonces una comunidad socialista que debe navegar en un océano de todas las permutas económicas posibles e imaginables sin la brújula del cálculo económico.

Por lo tanto, todo cambio económico involucraría operaciones cuyo valor sería imposible predecir con anticipación o de averiguar después. Todo se reduciría a un salto al vacío. El socialismo es la negación de la economía racional.

4. La Economía capitalista

Los términos "Capitalismo" y "Producción Capitalista" son expresiones políticas. Fueron inventadas por los socialistas no para aumentar el conocimiento, sino para ridiculizar, criticar y condenar. Hoy en día, basta pronunciarlos para evocar un cuadro de la inexorable explotación de los asalariados por los implacables ricos. Se les utiliza muy poco, si no es para insinuar algún grave mal en el cuerpo político. Desde un punto de vista científico son tan poco claros y tan ambiguos, que no tienen ningún valor. Los que los usan sólo están de acuerdo en que indican las características del sistema económico moderno, aunque sigue siendo motivo de discusión en qué consisten esas características. Por lo tanto, su empleo es completamente pernicioso, y habría que tomar muy en cuenta la proposición de eliminarlos de la terminología económica y dejárselos a los agitadores profesionales[x].

Sin embargo, si quisiéramos descubrir para ellos una aplicación precisa, deberíamos partir de la idea de cálculos de capital. Dado que sólo nos preocupa el análisis de los fenómenos económicos actuales (excluida la teoría económica en que "capital" se usa frecuentemente en un sentido que responde a fines específicos), debemos antes que nada averiguar qué significado se da al término en el comercio. Así veremos que sólo se emplea para fines de cálculo económico. Sirve para reunir bajo un denominador común las propiedades originales de una empresa, sean ellas de dinero o estuvieren solamente expresadas en dinero[xi]. El objetivo de sus cálculos es permitirnos saber cuánto ha cambiado el valor de esa propiedad en el curso de operaciones comerciales. El concepto de capital es un derivado del cálculo económico. Su verdadero lugar está en la contaduría, el principal instrumento de la racionalidad comercial. El cálculo en términos de dinero es el elemento esencial del concepto de capital[xii].

Si se emplea el término "capitalismo" para designar un sistema económico en que la producción es gobernada por cálculos de capital, adquiere un significado especial para definir la actividad económica. Una vez entendido esto, no es de ninguna manera errado hablar de Capitalismo y de métodos capitalistas de producción; y expresiones como "espíritu capitalista" y "disposición anticapitalista" adquieren una connotación rígidamente circunscrita. "Capitalismo" define mejor la antítesis del socialismo que el término "Individualismo" que se emplea tan frecuentemente. En general, aquellos que se refieren al individualismo como antítesis del socialismo, lo hacen suponiendo tácitamente que .hay una contradicción entre los intereses del individuo y los intereses de la sociedad, y que mientras el Socialismo tiene como fin el bien común, el individualismo tiene como fin los intereses de determinadas personas solamente. Dado que ésta es una de las más graves falacias sociológicas, deberemos evitar cuidadosamente toda expresión que pueda dar cabida a ella.

Según Passow, se emplea correctamente el término "capitalismo" cuando se trata de expresar el desarrollo y extensión de grandes empresas en gran escala[xiii]. Podemos admitirlo, aunque resulta difícil reconciliarlo con el hecho de que la gente generalmente se refiere a "Grosskapital" y "Grosskapitalist" y "Kleinkapitalisten". Pero si consideramos que sólo el cálculo de capital hizo posible el crecimiento de grandes empresas, ello no invalida en absoluto las definiciones que proponemos.

5. Concepto más escueto de lo "Económico"

La costumbre de los economistas de hacer distinciones entre acciones "económicas" o "puramente económicas" y "no-económicas" es tan poco satisfactoria como la vieja distinción entre bienes ideales y bienes materiales. Porque la voluntad y la acción son unitarias. Todos los fines están en conflicto entre sí y es ese mismo conflicto el que los coloca en una escala. La satisfacción de deseos e impulsos puede lograrse por medio de la interacción con el mundo externo, lo mismo que la satisfacción de necesidades más ideales, pero ambas deben ser sometidas a un mismo criterio. En la vida hay que elegir entre lo ideal y lo material. Por lo tanto es esencial someterlos a las mismas alternativas. Al elegir entre pan y honor, fe y fortuna, amor y dinero, estamos sometiendo ambas alternativas al mismo test. En consecuencia, no es legítimo considerar lo "económico" como una esfera específica de la acción humana que puede ser claramente delimitada de otras esferas de acción. La actividad económica es actividad racional. Siendo imposible la satisfacción completa, la esfera de la actividad económica es colimitante con la esfera de la acción racional. Consiste en primer lugar en la evaluación de los fines y luego en la evaluación de los medios que llevan a esos fines. Por lo tanto, toda actividad económica depende de la existencia de fines. Los fines dominan la economía y son lo único que le dan sentido.

Desde el momento en que los principios económicos se aplican a todas las acciones humanas, es necesario ser muy cuidadoso al distinguir dentro de su esfera entre lo "puramente económico" y otras clases de acción. Tal división es indispensable para muchos objetivos científicos. Destaca un solo fin y lo compara con todos los demás. Ese fin (a estas alturas no discutiremos si es definitivo o no) es el logro del mayor producto posible, medido en dinero. Es, por lo tanto, absurdo delimitarlo dentro de una esfera de acción. Es cierto que cada individuo ya tiene tal esfera delimitada, pero eso varía de acuerdo al punto de vista general del individuo en cuestión. Será una cosa para el hombre que aprecia antes que nada el honor, y otra será para aquel que es capaz de vender a su mejor amigo por dinero. No es ni la naturaleza del fin ni la particularidad de los medios lo que justifica la distinción, sino la naturaleza específica de los métodos empleados. Lo único que distingue lo "puramente económico" de otras acciones es que utiliza el cálculo exacto.

La esfera de lo "puramente económico" no es otra cosa que la esfera del cálculo de dinero. El hecho de que dentro de cierto campo nos permita comparar medios con la mayor exactitud, hasta en sus más mínimos detalles, significa tanto para el pensamiento como para la acción que tendemos a investir esa clase de acción de especial importancia. No se destaca el hecho de que tal comparación es sólo una distinción dentro de la técnica de pensamiento y acción y no una distinción del objetivo final de la acción, que es unitario. El fracaso de todos los intentos por mostrar lo "económico" como un capítulo especial de lo racional, y luego destacar dentro de él otro capítulo como "puramente económico", no es culpa del método empleado. No cabe duda de que se ha desplegado gran sutileza de análisis en este problema, y el hecho de que no se haya resuelto indica claramente que la pregunta no tiene contestación satisfactoria. Evidentemente la esfera de lo "económico" es la misma que la esfera de lo racional; y la esfera de lo "puramente económico" no es otra cosa que la esfera en la cual es posible el cálculo de dinero. En última instancia, el individuo puede reconocer un solo fin: el logro de la mayor satisfacción. Esta expresión incluye la satisfacción de todos los deseos y necesidades humanas, sean ellas "materiales" o "inmateriales" (morales). En lugar de la expresión "satisfacción" podríamos quizás emplear la palabra "felicidad", si no temiéramos los malentendidos que originaron las controversias sobre Hedonismo y Eudemonismo.

La satisfacción es subjetiva. La filosofía social moderna ha puesto tanto énfasis en esto frente a anteriores teorías, que hay tendencia a olvidar que la estructura filosófica del género humano y la unidad de puntos de vista y de emoción que surgen de la tradición crean una extensa similitud de opiniones respecto a las necesidades y a los medios de satisfacerlas. Y es esa similitud de opiniones lo que hace posible la sociedad. Por el hecho de tener metas comunes, los hombres pueden vivir en comunidad. Frente a esta situación de que la mayoría de los fines (los más importantes) son comunes a la gran masa humana, el hecho de que existan fines que sólo interesan a unos pocos, reviste escasa importancia.

La división habitual entre motivos económicos y no-económicos queda, por lo tanto, invalidada por el hecho que, por una parte, el objetivo de la actividad económica queda fuera del ámbito económico, y por otra, que toda actividad racional es económica. Sin embargo, hay buenas razones para separar las actividades "puramente económicas" (actividades que pueden evaluarse en dinero) de otras formas de actividad. Porque, como ya lo hemos visto, fuera de la esfera de cálculos de dinero sólo quedan fines intermedios, que se pueden evaluar inmediatamente, y una vez que esta esfera se abandona, hay que recurrir a juicios de esa índole. Es la aceptación de esta necesidad la que nos proporciona ocasión de hacer la distinción que hemos expuesto.

Si, por ejemplo, un país desea ir a la guerra, es ilegítimo considerar irracional ese deseo porque el motivo de guerra yace más allá de los motivos normalmente considerados "económicos", como podría ser el caso en las guerras de religión. Si la nación decide ir a la guerra, con el total conocimiento de todos los hechos, porque considera que el objetivo final es más importante que el sacrificio que involucra, y porque cree que la guerra es el mejor medio de conseguirlo, la guerra no puede ser considerada irracional. No es necesario en este punto decidir si las suposiciones son ciertas o si alguna vez podrían ser ciertas. Es precisamente esto lo que se examina cuando se trata de elegir entre la guerra y la paz. Y es precisamente para aclarar tal examen que hemos introducido la distinción que estamos discutiendo.

Baste recordar cuán frecuentemente se recomiendan guerras o tarifas como "buen negocio", desde el punto de vista "económico", para darse cuenta hasta qué punto esto se olvida. ¡Cuánto más claras habrían sido las discusiones políticas del siglo pasado si se hubiera tenido presente la distinción entre lo "puramente económico" y lo "no-económico" en los campos de acción!

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[i] Le correspondió a la escuela empírico-realista, con toda su horrible confusión de todos los conceptos, explicar el principio económico como específico de la producción bajo la economía de dinero. Lexis, Allgcrneine Volkswirtschaftslehre (Berlín y Leipzig, 1910), p. 15.
[ii] Amonn, Objekt und Grundbegriffe der the oretischen Nationalökonoinie (Viena y Leipzig, 1927), p. 185.
[iii] Mili, Daz Nützlichkeitsprinzip, trans. Wahrmund, Gesammelte Werke, Edición alemana Th. Gomperz (Leipzig, 1869), Vol. 1, pp. 125-200. Nota del editor: Una traducción alemana de Utilitarismo.
[iv] Schumpeter, Das Wesen und der Hauptinhalt der theoretischen Nationalökonamie (Leipzig, 1908), pp. 50, 80.
[v] Los siguientes comentarios reproducen parte de mi ensayo Die Wirtschaftsrechnung in sozialistischen Gemeinwesen (Archiv für Socialwissenschaft, Vol. XLVII. pp. 86-121). Nota del editor: El ensayo de Mises fue traducido al inglés por S. Adler e incluido en el Collectivist Econorme Planning: Critical Studies on the Possibilities of Socialism, por N.G. Pierson, Ludwig von Mises, Georg Halm y Enrico Barone; editado con una introducción y un ensayo final por F.A. Hayek. Londres Routledge & Kegan Paul Ltd., 1935. 293 pp. Bibl. ensayo de Mises titulado "Cálculo Económico en la Comunidad Socialista", en inglés, aparece en pp. 87-130.
[vi] Cuhel, Zur Lehre von den Bedürfnissen (Innsbruck, 1907), p. 198.
[vii] Wieser, Über den Ursprung und die Hauptgesetze des wirtschaftlichen Wertes, Viena, 1884, pp. 185 y siguientes.
[viii] Gotti-Otthlienfeld, "Wirtschaft und Technik", Grundriss der Sozialökonomik, II (Tübingen, 1914), p. 216.
[ix] Neurath también aceptó esto. (Durch die Kriegwirtschaft zur Naturalwirtschaft [Munich, 1919], pp. 216 y siguientes). Asegura que toda la economía administrativa completa (economía planificada) es finalmente una economía natural (sistema de trueque). "Socializar significa, por lo tanto, adelantar la economía natural". Sin embargo, Neurath no reconoció las insuperables dificultades que el cálculo económico enfrentaría en la comunidad socialista.
[x] Passow, Kapitalismus, cine begrifflich-terminologische Studie (Jena, 1918), pp. 1 y siguientes. En la segunda edición, publicada en 1927, Passow expresó la opinión (p. 15, nota 2), en vista de la más reciente literatura, que el término "Capitalismo" podría perder gradualmente el color moral.
[xi] Carl Menger, "Zur Theorie des Kapitals" (Jahibüchern für Nationalökonomieund Statistik), Vol. XVII, p. 41.
[xii] Passow, op. cit. (2ª edición), pp. 49 y siguientes.
[xiii] 13 Passow, op. cit. (2ª edición), pp. 132 y siguientes.


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Nota del autor del blog: La reproducción de este texto se hace sin ánimo de lucro y con fines exclusivamente divulgativos.

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jueves, febrero 22, 2007

Estreno de mi columna en DEBATE21

A partir de ahora podréis leerme en Debate21, en la columna que periódicamente publicaré bajo el título de "El rincón del Escocés".

El artículo que abre esta colaboración es, además, el primero de un total de cuatro en los que analizaré las bases que deben guiar las "relaciones" entre una banda terrorista como es la ETA y un Estado democrático como es el español. La primera entrega trata de lo que, a mi juicio, es el principal error del Estado, pensar que puede y debe “negociar” con una banda terrorista con el fin de alcanzar la paz.

miércoles, febrero 21, 2007

George Washington, Aznar y Zapatero

“Como primer presidente de Estados Unidos sentó el precedente que define lo que significa ser un ejecutivo constitucional: fuerte y enérgico, consciente de los límites de su autoridad pero defendiendo las prerrogativas de su cargo. Como escribió un delegado a la Convención, los amplios poderes de la presidencia no habrían sido tan grandes "si muchos de los miembros no hubiesen tenido los ojos puestos en el general Washington como presidente; ellos moldearon sus ideas acerca de los poderes que se le debían otorgar al presidente por la opinión que tenían sobre las virtudes de Washington".

Y el ingrediente principal de todas estas cosas era el carácter moral, algo que Washington se tomaba muy en serio y que dio a su poder de decisión una calidad profundamente prudente y a su autoridad una magnanimidad incomparable. "Su integridad era pura, su justicia la más inflexible que he conocido nunca, no había motivos de consanguineidad, amistad u odio que fueran capaces de influenciar en su decisión", observó posteriormente Jefferson. "En efecto, era, en todo el sentido de la palabra, un hombre sabio y bueno, un gran hombre".

No es una coincidencia, por tanto, que el legado más importante de Washington llegara en los momentos de tentación, cuando tuvo ante sí la seducción del poder. Dos veces durante la Revolución, en 1776 y nuevamente en 1777 cuando el Congreso se vio forzado a abandonar Filadelfia ante el avance de las tropas británicas, se le concedió al general Washington poderes prácticamente ilimitados para mantener la campaña bélica y preservar la sociedad civil, poderes no muy distintos de los asumidos en épocas anteriores por dictadores romanos. Él cargó con la responsabilidad pero devolvió esa autoridad tan pronto como fue posible.

Después de la guerra, hubo llamamientos para que Washington exigiese el poder político de manera formal. En efecto, siete meses después de la victoria en Yorktown, uno de sus oficiales sugirió lo que muchos pensaban que era más que razonable dentro del contexto del siglo XVIII: que Estados Unidos debería establecer una monarquía y que Washington debería convertirse en rey. Un Washington horrorizado rechazó sin más la oferta de forma inmediata considerándolo algo inapropiado y deshonroso, exigiendo que nunca más se volviera a tocar el tema.”

Es un recurso fácil el hacer paralelismos entre figuras políticas, más cuando estas vivieron circunstancias y habitaron tiempos tan diferentes de los actuales. No obstante, la glosa que Matthew Spalding dedica a George Washington, el que fuera 1er Presidente de los Estados Unidos, me sirve para hablar de un tema que parece hemos olvidado en los últimos tiempos: la ética del gobernante.

Por mi parte, desearía que los limites al poder político fuesen siempre de índole legal, pero mientras no sea así, mientras existan ámbitos para la discrecionalidad (y puede que sea imposible su total erradicación) es obligación del ciudadano en democracia el valorar la integridad moral de sus representantes, más aun la de su Presidente del Gobierno. Al comparar a los dos últimos presidentes españoles, José María Aznar y José Luis Rodriguez Zapatero, observamos lo que diferencia a unos hombres de otros en su forma de percibir el ejercio del poder político.

Casi sin excepción, Aznar demostró gran integridad en el ejercicio del cargo, con un respeto a las instituciones y una fe en España como nación y en sus gentes inaudita en nuestro país. Sobre Aznar se levantan más sombras relacionadas con lo que
no hizo en materia de reformas que sobre su actitud personal hacia el poder. Podrá criticarse la forma de designar a su sucesor, Mariano Rajoy, pero al fin y al cabo esto sigue siendo un asunto de partido y no tanto de Estado. También se habla sobre su endiosamiento a raíz de la Guerra de Irak, que marcaria la etapa final de su segunda legislatura, pero suponiendo que tuviera que pagar sus errores, ya lo ha hecho con la antipatía de un buen número de españoles y algún que otro repaso de periodistas afines como Losantos y Pedro J.

Pero en todo su magnificencia, teniendo como tenia, un poder tan grande: mayoría absoluta, una economía saneada, un papel internacional cada vez mas destacado,… se mantuvo en la decisión de no volver a presentarse como candidato a la Presidencia. Al igual que Washington, llevaba ya tiempo avisando a propios y extraños de que no aspiraría a una nueva reelección, ni a un poder perpetuo, aunque eso fuera lo que otros muchos españoles quisieran. Como Washington, se resistió a todas y cada una de las maniobras orientadas a convencerle de lo contrario. No funcionaron.

En cambio, en donde no se atisba ni de lejos una ética del estilo de la washingtoniana es en Zapatero. Aún no acabada la primera legislatura, todas sus declaraciones públicas desde el 14 de marzo de 2004 evidencian que se presentara a la reelección, en uso del "derecho a dos legislaturas" que tendría todo presidente. Pero, ¿y después?

Cuando escuchabamos las alocuciones de Aznar desde el atril del Congreso podía esperarse algo de arrogancia, pero en sus intervenciones institucionales y entrevistas con los medios no era difícil entrever a alguien que creía de verdad en su papel como servidor público. Zapatero, con su cara amable parlamentaria (aunque se le empieza a ver el plumero) demuestra por lo general una arrongacia extrema en la distancia corta. Puede que sea la forma en que llego al poder, en medio del mayor atentado teorrista que hemos sufrido. En las entrevistas que le hacen los medios afines reluce un rencor y un odio soterrado hacia la derecha política que nunca se le vio a Aznar hacia la izquierda, y nada que ver con el fair play washingtoniano, quien debio bregar con los partidarios de Hamilton y Jefferson. Es más se presupone que varios de los ministros de Aznar continuaron políticas de los socialistas (en Economia y Exterior), algunas además contrarias a su propio programa electoral (servicios secretos; pacto con los partidos nacionalistas, Justicia). Por su parte el gobierno de Zapatero se lanzo, desde el primer momento, a la destrucción del legado de Aznar, como paso previo y necesario para destrozar el legado de la Constitución democratica del 78. De la sucesión leal a la transformación institucional y social en toda regla.

Pero volviendo al plano más intimo, el ético, Zapatero no se ha pronunciado sobre sus planes de futuro, no ha dicho que va ha hacer dentro de un tiempo. Está clara su intención de permanecer una legislatura mas, pero ¿solo una? Cuando habla de que el “proceso de paz”, por poner un ejemplo, será largo, no dice si piensa en acabarlo él o lo dejará a un sucesor, de su partido o de otro; si fuese de su mismo partido ¿quién sería ese sucesor? cuando va dejando tras de si a las personas más valiosas que le rodeaban. En cuanto a la ética, por desgracia, Zapatero se acerca más a la orbita de personajes como Chávez o Castro que a la de Washintong.

Si nos remontamos a los tiempos de otra pareja de opuestos políticos: Adolfo Suárez y Felipe González,  cuyas diferencias eran tan grandes como entre Aznar y Zapatero; Suárez, que fue fundamental para la Transición de la Dictadura a la Democracia, abandono el poder voluntariamente cuando creyó que no podría hacer mas por el país, rechazando continuar en la poltrona gracias al crédito adquirido, fue el líder indiscutible del primer "centro político", con un prestigio y un carisma inigualable entre votantes de izquierda y derecha (en eso fue más que Aznar, aunque también menos efectivo como líder). Su sucesor, Felipe González, su opuesto politico durante años, no vaciló en presentarse a una tercera legislatura, aún cuando el descrédito de su labor de gobierno era ya enorme, y solo a la cuarta intentona, la anticipada de 1996, fue expulsado del poder precisamente por Aznar. Gonzalez abandono, por fin, el Palacio de la Moncloa, pero no la priemera línea política, para eso habría que esperar un año mas cuando Aznar lo destrozó metaforicamente durante el Debate sobre el Estado de la Nación de 1997, en un formato que el socialista había creado para su mayor gloria (en EEUU que el Presidente se dirigiera las Cámaras no fue aceptado hasta muchos años despues de la fundación).

Pero seria injusto concluir que cuanto mas se acerca uno a la izquierda mayor es gusto por el poder y menos ganas de abandonarlo se tienen (aunque a veces lo parezca). Tenemos ejemplos tambien a la derecha del espectro político de quienes no se baja del sillón ni a tiros, véase si no Manuel Fraga, quien en su irresponsabilidad opositora fue culpable de 13 años ininterrumpidos de hegemonia socialista.
 
No nos engañemos, el poder corrompe y cuanto más se tiene mas corrompe. Todo político, que se supone está sometido a la vigilancia del pueblo y de las leyes, puede con facilidad escaquearse de su responsabilidad aprovechando el vacío legal o la pasividad ciudadana. Por eso una ética mínima sobre el poder es necesaria entre nuestros representantes públicos. Sus opiniones sobre el poder o los limites del gobierno, mas allá de lo que algunos desconfiemos de que el Estado puede hacer pocas cosas útiles por todos nosotros, son importantes. Incluso los más liberales de entre ellos deben ser claros al respecto (nunca lo serán del todo). Solo en esas opiniones puede y debe hacerse una primera elección del líder de un país. Que menos que el poder tener un poco de seguridad en que la persona que asume la presidencia sea alguien que este dispuesto, y lo exprese claramente, a desprenderse del poder por razones de higiene moral. En otras cosas podremos discrepar, pero no en que en Aznar tuvimos un presidente así, fue un poco Washington. De Zapatero, ni creo, ni espero, lo mismo, y sino tiempo.